Juan Antonio Molina | Periodista y escritor
nuevatribuna.es
| 05 Enero 2014 - 18:19 h.
Después de
Auschwitz, se lamenta Adorno, es imposible escribir poesía y Walter Benjamín
nos transmite su dramática concepción de la historia como catástrofe. Porque
Auschwitz no es un acto irracional, sino una muestra de la eficacia
administrativa al servicio del poder. Y el poder crea la verdad, ya que, como
nos advertía Nietzsche, no hay hechos, sino interpretaciones. Un poder que nos
somete mediante la confusión. Joseph K. Fue detenido sin saber por qué... Es el
inicio del relato de Kafka “El Proceso.” Y todos nos convertimos al mismo
tiempo en el habitante y en el piloto que descarga la bomba sobre Hiroshima.
Las víctimas han de ser los culpables. Hoy la verdad es la economía porque el
poder es económico y el Auschwitz social consiste en dotar de racionalidad, de
eficacia y productividad, al enorme desequilibrio humano que supone empobrecer
a las mayorías, depauperarlas, quitarles los más elementales instrumentos de
supervivencia para el enriquecimiento abusivo de unas élites sin escrúpulos.
El acto
económico como ideología oligárquica pretende influir en todos los ámbitos de
la vida de la gente para constituirse en instrumento de dominación. El
individuo es pensado por el sistema y, como consecuencia, le presenta como
realidad inconcusa la quiebra de su propia autonomía, la fatalidad de su
cosificación en una sociedad donde el orden objetivo de las cosas se sustancia
en la irracionalidad de una racionalidad que tiene como paradigma de eficacia
el beneficio plutocrático a costa de la exclusión y marginalidad de las
mayorías sociales. Como ha escrito Alain Touraine, el comportamiento de los muy
ricos, dominado por la obsesión del máximo beneficio, desempeñó y sigue
desempeñando el papel principal en la disgregación del sistema social, es
decir, “de toda posibilidad de intervención del Estado o de los asalariados en
el funcionamiento de la economía.”
Todo ello,
bajo la falacia conceptual del mercado, que en la praxis es un mercado
intervenido por los poderes económicos, donde los gobiernos, y en el caso del
Viejo Continente, las instituciones europeas regulan su propia dejación para
influir en su funcionamiento. Es la paradoja de unas instituciones que legislan
y ordenan su propia incompetencia en los asuntos que tratan. El Estado, como
consecuencia, asume la única función de órgano represor de cualquier elemento
que se oponga a los intereses de las minorías organizadas y donde las clases
populares deben asumir, como la única realidad posible, el rol de aquellos
animales que entraban voluntariamente en la cocina del rey Salomón por el honor
de servir de alimento al monarca.
Es Auschwitz
convertido en teoría económica, en la cual se apela a una eficacia y una
productividad que aboca a la consolidación de una sociedad desigual e injusta.
El dolor humano es síntoma de eficiencia pues demuestra que cuanto más se
genere por el sistema menos recursos improductivos para las élites se habrán
“derrochado.” Es un régimen de poder donde las mayorías sociales sólo pueden
sobrevivir como víctimas mientras los verdugos pudibundos, los que además de
ejecutar predican, las señalan como culpables de su propio genocidio social.
Roídos los
huesos de los principios y los ideales ya no hay respuestas porque tampoco
existen preguntas, todo se sustancia en el vacío y la codicia. La historia ha
terminado, no tiene sentido, proclaman los apologistas del neoliberalismo
económico, la filosofía ya ha dicho todo lo que tenía que decir y se encuentra
en una angostura ante la ambigüedad del lenguaje. La razón no puede enfrentarse
a la realidad, el capitalismo es el sistema económico definitivo y el
liberalismo la única forma política. Ha llegado el fin de las narraciones que
explicaban el mundo, pues, como afirma Fukuyama, la historia no existe. “Para
qué queremos narraciones si la gestión nos basta”, dice Lyotard, el profeta de
la nueva era. Se acabaron los antagonismos entre clases sociales, entre el
Norte y el Sur, entre países ricos y países pobres, nadie es responsable de las
desigualdades y la miseria sino aquellos que las sufren. Si la historia no
existe sólo queda naturaleza, pero la naturaleza, como afirma Adorno, es
estiércol.
Fuente: www.nuevatribuna.es
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