La ingratitud histórica con los comunistas españoles
Lunes, 13 de enero de 2014
Por Máximo
Relti / Canarias Semanal
La pasada semana murió Leopoldo Valido, al que en Canarias conocíamos por “Polo, el mecánico". Su nombre no apareció ni en la prensa, ni en la radio. Tampoco los tertulianos, tan elocuentes cuando algún poderoso la diña, comentaron nada acerca de él ni de su biografía. Y estas cosas suceden pese a que "Polo, el mecánico" había consagrado una buena parte de su vida en la defensa de los trabajadores, de los desgraciados, de los que nada tienen. Ni siquiera la organización a la que habia pertenecido, el PCE, se dignó a enviar un triste ramo de rosas rojas, un gesto que forma parte de la tradición que durante años han mantenido los militantes de ese Partido.
La verdad es que los apellidos de "Polo, el mecánico" solo se habían asomado a los medios de comunicación hace la friolera de cuarenta y cinco años, cuando en 1968 un Consejo de Guerra sumarísimo lo condenó a dar con sus huesos en prisión por "rebelión militar". Todo parece indicar, desafortunadamente, que el nombre y los apellidos de Polo se borrarán, sin duda, de la memoria de la ciudad a la que entregó los mejores años de su vida
UNA
PERSECUCIÓN SIN TREGUA
Y es que la historia ha sido ingrata con los comunistas españoles. Cuando en el
año
LEOPOLDO VALIDO
1939
concluyó la Guerra Civil con la derrota sin paliativos de la II
República, simultáneamente se desencadenó una despiadada persecución sin
precedentes históricos contra todos aquellos que por acción o pensamiento
habían defendido el ideario de los comunistas. No es esta una afirmación
gratuita. Enemigos tan furibundos del comunismo, como fueron el Ministro de
Propaganda del gobierno de Hitler, Joseph Goebbels, o el titular
de la Cartera de Exteriores de la dictadura fascista de Mussolini, Galeazzo
Ciano, dejaron constancia en sus respectivos diarios personales la
consternación que les había producido la crudeza que exhibía en el ejercicio de
la represión el gobierno del general Franco.
La "caza del comunista" se convirtió en la obsesión de aquella máquina de matar que fue el aparato del estado fascista en España. Decenas de miles de ellos fueron liquidados en el curso de los primeros años de la postguerra. La "victoria" de las tropas insurrectas se trocó en un aviso de que contra los comunistas todo estaba permitido
La "caza del comunista" se convirtió en la obsesión de aquella máquina de matar que fue el aparato del estado fascista en España. Decenas de miles de ellos fueron liquidados en el curso de los primeros años de la postguerra. La "victoria" de las tropas insurrectas se trocó en un aviso de que contra los comunistas todo estaba permitido
El desenlace final de la
II Guerra Mundial, con el decisivo papel que en el mismo jugó la Union
Sovietica, disminuyó considerablemente el torrente de fusilamientos de militantes
comunistas en España, pero no dio tregua a la persecucion y a las
torturas de aquellos que pese haber sido derrotados durante el
conflicto civil se empeñaron en dar continuidad a su combate. Durante dos
décadas y media el PCE, contra viento y marea, fue curtiendo
laboriosamente sus redes sociales a lo largo y ancho de todo el Estado. Entre
1945 y 1965 el PC era la única organización política capaz de suscitar la
preocupación de la Dictadura de Franco. Su peso en la sociedad
española creció de tal manera que para todos se convirtió en "el
Partido". Para la mayoría estaba claro que cuando se hablaba de "el
Partido" no se podía tratar de otro que del Partido Comunista,
porque el PCE había quedado situado frente al aparato represivo del
franquismo en la más absoluta de las soledades. En justicia hay que decir
que durante aquellos años no existió otra organización política en la
oposición antifranquista que fuera capaz de recoger las banderas
abandonadas en los barrizales de la pavorosa derrota de Abril de 1939.
INGRESO
EN EL PARTIDO
Fue en la primera parte de la década de los sesenta cuando Leopoldo Valido,
al que conocíamos con el sobrenombre de "Polo", ingresó
en las filas clandestinas del PCE. No era propiamente un
asalariado, sino que se ganaba la vida con la propiedad de un modesto taller de
mecánica de automóviles, ubicado en las inmediaciones del barrio de
Arenales de la capital grancanaria. Arenales había sido
históricamente un barrio convulso. A principios del siglo XX la sangre de
once trabajadores corrió por sus calles cuando la Guardia Civil disparó
a quemarropa contra una protesta popular motivada por un descarado fraude
electoral. Fue precisamente en ese barrio también donde en los años de la
postguerra se constituiría un importante núcleo de células del Partido que permitió
que la vida de este no se apagara durante los periodos más obscuros de la
represión. Allí comenzó "Polo, el mecánico", su militancia en
el Partido en la década de los sesenta.
Pero la década de los sesenta había dejado ya muy atrás
los años sombríos de la postguerra, aunque todavía en 1963 la dictadura
de Franco se atreviera a arrastrar hasta el paredón a Julián Grimau García,
un miembro destacado del Comité Central del PCE, que se encontraba
en aquellas fechas en una misión partidaria en España. Las nuevas
generaciones, desconocedoras de la tragedia de la guerra y de sus dramáticos
efectos ulteriores, se incorporaban paulatinamente a la sociedad española,
introduciendo cambios radicales en el panorama demográfico del país
y en sus costumbres. Fue en ese contexto en el que "Polo" se
incorpora a la actividad política clandestina, cuando ya había cumplido la
treintena.
EL
PCE SALE DE LAS CATACUMBAS. LATITUD 28
En esa época, en la organización del PCE en Canarias se produjo
un enconado contencioso en torno a cuál debía ser la táctica a seguir en la
lucha contra el franquismo. Por una parte, se encontraban los militantes más
viejos de la organización, curtidos en una férrea disciplina de clandestinidad,
resultado de experiencias propias de los años más duros de la represión. Por
otra, las nuevas generaciones que se iban incorporando al PC, pugnaban
por lo que ellos denominaban "la salida la superficie",
consistente en el abandono de la clandestinidad de catacumbas, y la apertura
del Partido a nuevas formas de vinculación con la sociedad. "Polo",
aunque por entonces sobrepasaba con creces los treinta años, se incorporó a la
lucha con esos sectores juveniles que encontraron su más representativa
expresión en el movimiento cultural conocido con el nombre de "Latitud
28". Alrededor de esta iniciativa legal, cuyo principal promotor fue
el escultor Tony Gallardo, se nuclearon una gran cantidad de jóvenes.
Latitud 28, utilizando el pretexto - imprescindible entonces - de la cultura
se fue filtrando en determinadas áreas de la sociedad canaria, alcanzando una
influencia social y política que como organización clandestina no podía
obtener. Leopoldo Valido jugó un papel importante en el curso de esta
faceta del PCE en la isla de Gran Canaria.
Fue a finales de esa década, concretamente en septiembre de 1968, cuando de forma abrupta y dramática concluyó esta rica etapa del Partido Comunista en la isla, a través de la cual la organización había logrado un estimable asentamiento social del que hasta entonces había carecido.
Fue a finales de esa década, concretamente en septiembre de 1968, cuando de forma abrupta y dramática concluyó esta rica etapa del Partido Comunista en la isla, a través de la cual la organización había logrado un estimable asentamiento social del que hasta entonces había carecido.
LA CAÍDA
DE SARDINA
En el tórrido verano de 1968, más de un centenar de personas se reunió el
15 de septiembre en la Caleta de Martorell, en la localidad de Sardina
del Norte, con la finalidad de prestar su apoyo solidario a los
trabajadores de una empresa con cuya dirección tenían disputas
salariales. La organización del Partido solía encubrir su actividad tras
coberturas que tuvieran apariencias de legalidad. En este caso la concentración
se presentada como una mera "excursión". En el curso de
estos eventos se producían intercambios de opinión e intervenciones públicas
sobre el problema que los convocaba. Entre otros objetivos estos
encuentros servían también para establecer relaciones
más sólidas con los colectivos afectados que se pudieran
proyectar en acciones futuras.
Pero en esta ocasión la Guardia Civil estaba al corriente de lo que se escondía
tras aquella "excursión". Pronto las negras siluetas de
los tricornios acharolados se dibujaron a lo largo de todo el perfil de la cima
que rodeaba la playa. Aquél fue un momento tenso, en el que una mezcla de rabia
y miedo turbaban los pensamientos de los allí presentes. Todos comprendieron lo
que había entrado en juego. Algunos, los que no pudieron o no supieron resistir
el reto, huyeron a través del mar de un escenario que no auguraba
un final pacífico.
Pronto la Guardia Civil les planteó un ultimátum inaceptable. Tres de
los allí concentrados, que ellos consideraban dirigentes, debían entregarse. La
respuesta de los cincuenta que todavía permanecían en el lugar fue
contundentemente solidaria: "¡O todos, o ninguno!”. Entre los
insolentes que se negaban a aquella propuesta vejatoria se encontraban "Polo,
el mecánico" y su compañera, José Montenegro Álamo, "Armandillo
León, Jesús Redondo Abuin, José del Toro… y otros
muchos. No solo se mantuvieron firmes ante los cuarteados
mosquetones amenazantes de los civiles, sino que, además, pretendieron
atravesar el cerco desfilando en manifestación hasta el pueblo más
próximo. El comandante que dirigía el destacamento, eructando aún los restos
del alcohol que había ingerido para poderse enfrentar con aquel grupo de
hombres, mujeres y niños desarmados, no dudó un instante: disparó a diestro y
siniestro contra aquella masa indomable que se negaba a obedecer sus
órdenes. Uno de ellos cayó fulminado al suelo por un disparo en una
pierna.
UNOS POCOS Y VIEJOS CAMARADAS EN EL ENTIERRO DE "POLO EL MECÁNICO"
Luego vino todo lo demás. Veinte de los detenidos fueron condenados en un Consejo
de Guerra sumarísimo a penas que iban de uno a once años de
prisión. A “Polo, el mecánico” lo condenaron a dos años que cumplió en
la prisión de Palencia.
Hay algunos que consideraron aquella acción como un error táctico de los
comunistas canarios. Es cierto que la caída de cualificados dirigentes de la
época y de no pocos militantes de base en aquella acción, permitió que la
dirección del PCE en las Islas cayera posteriormente en manos de
los sectores más derechistas de la organización. La aparición en el escenario
político de las Islas de José Carlos Mauricio, que pasaría de ser Secretario
General de la organización del PCE en el Archipiélago a diputado
de la derecha caciquil canaria, está vinculada a alguno de los efectos
letales de aquella acción. Pero ocurre también que en la lucha política
las carambolas históricas no son predecibles.
REFLEXIÓN
FINAL
Difícilmente se puede decir que el balance provisional de la lucha de los
comunistas españoles en general, y el de los canarios en particular, ha sido
históricamente positivo. La historia ha sido ingrata con ellos. Pero antes de
que la historia lo fuera, ya lo había sido la propia dirigencia del PCE que en
momentos cruciales para su futuro se rindió y vendió el patrimonio histórico
del Partido a cambio de un miserable plato de lentejas.
Los comunistas constituyeron la única fuerza política cuya acción cuarteó
definitivamente a la dictadura franquista. También es verdad que el
sacrificio de decenas de miles de militantes de ese Partido a lo largo
de los 40 años de Dictadura no se ha visto compensado por el
establecimiento de la sociedad más justa que perseguían, donde se dieran
las condiciones para impedir que el hombre continuara siendo un lobo para el
hombre. Pero a la luz del calamitoso desarrollo de la sociedad capitalista
actual ¿quién se atrevería hoy a asegurar que el balance de la lucha de
los comunistas por una sociedad diferente es el definitivo?



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