En todas las
directivas educativas de la Unión Europea se destaca que uno de los objetivos
principales es en conseguir una educación de calidad que responda a las nuevas
demandas sociales de modo eficaz y proporcione no sólo un incremento en la
calidad de vida de los ciudadanos sino, sobre todo, en justicia, equidad e
igualdad de oportunidades para todos.
nuevatribuna.es | Por Jesús
Parra Montero | 12
Enero 2014 - 12:14 h.
Siendo
la educación una de las claves para lograr la evolución y el progreso de la
sociedad, es imprescindible reflexionar sobre la educación del futuro, cuál
puede ser su contribución al desarrollo de la sociedad y si la LOMCE, aprobada
por el Partido Popular -con la oposición de todos los grupos parlamentarios- es
capaz de dar respuesta a los retos de una educación pública de calidad en unos
centros educativos también públicos renovados. Subrayo lo de “publica” porque,
sin una educación pública de calidad, cualquier intento y esfuerzo por lograr
la evolución y el progreso de la sociedad estarían abocados al fracaso.
Es
evidente que cuando un sistema educativo no consigue de modo suficiente los
objetivos pretendidos, se hace necesario un análisis profundo de las causas que
impiden alcanzarlos para intentar corregirlos. La LOE fue un intento serio y
responsable de dar solución a aquellos posibles fallos; pero el corto tiempo
transcurrido desde su aprobación hasta la llegada del Partido Popular al
gobierno no ha sido suficiente para evaluar su eficacia. El gobierno de Rajoy y
el ministro Wert, -a semejanza de lo que ocurrió a la LOGSE con Aznar como
presidente y Esperanza Aguirre como ministra de educación- con afán de
revancha, arremetieron contra la LOE, y con un cinismo sectario por resolver
los fallos del sistema educativo, enarbolaron el mantra de buscar una educación
de calidad, desde una pretendida exigencia: había que cambiar el sistema
educativo socialista sin más, con el insultante engaño, tácito y explícito, de
que ni el profesorado ni las leyes educativas anteriores educaban con esfuerzo
y rigor ni pretendían una educación de calidad. Sin embargo el ministro Wert,
en el marco de la verborrea que utiliza desde que se hizo cargo de la cartera
de educación, nunca dejó claras cuáles fueron las razones pedagógicas que
aconsejaban modificar el sistema educativo no universitario. Hemos ido
descubriendo, a posteriori, que aquella necesidad de cambio era parte de los
débitos ideológicos y religiosos a pagar por el apoyo electoral al PP de los
sectores más integristas y conservadores de la sociedad y más reaccionarios y
ultra-católicos de la Conferencia Episcopal española.
Cuando
desde el partido del gobierno se ha abordado una reforma, pretendidamente
profunda y de calidad del sistema educativo - con nula aceptación por parte de
amplios sectores de la sociedad-, trataré de ir dibujando, desde mi opinión y
en artículos sucesivos, algunas ausencias incomprensibles que debía incluir la
Ley recientemente aprobada y que no están contempladas sobre cómo afrontar el
futuro desde la educación y para qué tipo de sociedad queremos educar; son
ausencias que harán inviable la LOMCE (“ley Wert”), a la que auguro un dudoso
éxito, cuando no, un seguro fracaso.
Desde
la Conferencia Mundial, organizada por la UNESCO, sobre la Educación para
todos, celebrada en marzo de 1990 en Jontiem (Thailandia), existe
consenso de que la educación ya no puede ser considerada únicamente como un
derecho social e individual, sino además y, de modo importante, como un factor
necesario para lograr el progreso y el desarrollo de cada país, no sólo desde
la perspectiva económica sino también social y cultural; en las sociedades
progresistas un sistema educativo no puede conformarse sólo con ordenar
académicamente el currículo -por importante que sea- sino que debe responder de
manera justa y equitativa a las necesidades de sus ciudadanos, en cualquiera de
las circunstancias en las que éstos se encuentren.
En
todas las directivas educativas de la Unión Europea se destaca que uno de los
objetivos principales es en conseguir una educación de calidad que responda a
las nuevas demandas sociales de modo eficaz y proporcione no sólo un incremento
en la calidad de vida de los ciudadanos sino, sobre todo, en justicia, equidad
e igualdad de oportunidades para todos. El Programa “Europa 2020” hace
hincapié, en relación con la dimensión europea de los sistemas nacionales,
en que todos los países miembros deben considerar importante aumentar la
participación en la movilidad en la educación y la formación; y constata que, a
pesar de algunas iniciativas prometedoras, las estrategias nacionales, como
sucede en España, están siendo insuficientes.
Objetivo
básico de la educación es siempre educar para vivir en una determinada
sociedad. Las etapas infantil, primaria y secundaria obligatoria tratan de
desarrollar las capacidades básicas de convivencia social, mientras que los
niveles superiores de educación secundaria postobligatoria, formación
profesional y enseñanzas universitarias forman y preparan en competencias
básicas necesarias para determinados roles y profesiones.
En
gran parte del mundo -en la Europa comunitaria de modo especial- la sociedad
moderna se ha hecho más compleja, más amplia y más diversa. El entorno social
dentro del cual se desarrolla la vida de los hombres y de las mujeres de hoy ha
ampliado mucho sus posibilidades. No es ya la ciudad o la región, ni siquiera
el país. Actualmente son muchos los ciudadanos que viajan fuera de sus
fronteras o tienen frecuente comunicación con el exterior. Nuestros niños y
jóvenes se mueven en horizontes geográficos más amplios de los que en otros
tiempos tenían las personas adultas que podían permitirse el lujo de viajar.
Nuestra convivencia se ha ampliado en círculos concéntricos que definen
entornos sociales no inmediatos y culturalmente diversos.
La
ampliación de horizontes del entorno social y la diversificación de los niveles
de la convivencia se han producido en Europa con mayor intensidad que en otros
continentes. En Europa asistimos actualmente a un proceso acelerado de
diversificación social, económica, política, de convivencia, que se superponen
y jerarquizan entre sí en una gradación compleja donde los sentimientos y la conciencia
de patria, o los de pertenencia a un Estado, quedan no sólo relativizados sino
integrados en organizaciones varias de identidad social, estratificada y
polimórfica. La estructura rígida de los Estados, fuertemente centralistas,
nacida al liquidarse el régimen feudal y desarrollada a lo largo de las Edades
Moderna y Contemporánea, ha sufrido un proceso de honda mutación, donde
cuentan, por un lado, unidades menores de convivencia - las regiones, las
ciudades, las naciones, cuyos límites no coinciden con los del Estado-, y, de
otra parte, organizaciones mayores, supraestatales, como la Unión Europea. En
Estados de tradición centralista están cobrando peso creciente las regiones o
nacionalidades. España es un ejemplo claro de esta transformación; tiene un
planteamiento constitucional, que se separa del Estado centralista pero que no
coincide tampoco con la organización federal; está organizada, por la
Constitución de 1978, como Estado de las Autonomías. Lo que hay de común en
estos diferentes planteamientos -federales, autonómicos o meramente
regionalistas- es que el Estado ha dejado de constituir la única unidad
política y de convivencia, frente a la cual están los individuos. El nuevo auge
que, por otra parte, están adquiriendo la convivencia urbana, la vida cultural
y la toma de decisiones en las ciudades restituye a éstas un papel en la vida
civil y política que no habían tenido desde la Edad Media. Se dibuja, pues, un
complejo panorama en el que se jerarquizan distintos entornos sociales de
creciente generalidad: la ciudad, la región o acaso la nación (autonómica o
federalmente organizada) y el Estado. No querer ver esta realidad o, peor,
negarla y rechazar todo tipo de diálogo, es mantenerse en una situación
permanente de conflictos, como está sucediendo entre el Gobierno de Madrid y el
de la Generalitat catalana, que enfrenta a uno y o otro ejecutivo, con
posiciones muy distantes, en un clima de tensión y carentes de recíproca
responsabilidad.
Y
sin embargo, cualquier nueva configuración política y social ha de tener su
repercusión en los sistemas y los procesos educativos, cuya finalidad esencial
es favorecer la socialización de los individuos, contribuir a su maduración
como personas y a su conversión en ciudadanos capaces de vivir y convivir en sociedad.
Frente
a la boutade del señor Wert -con la política del “desden” que le caracteriza-
proclamando en sede parlamentaria de que uno de los objetivos de la LOMCE
era “españolizar a los alumnos catalanes”, otros tenemos claro que la
escuela y las instituciones educativas de hoy no han de educar sólo para ser
ciudadano de un Estado, nación o de un determinado pueblo o ciudad; han de
educar también en la identidad y la pertenencia a otras unidades humanas de
convivencia, de entornos más amplios, como por ejemplo, para esa Europa a la
que pertenecemos, que constituye una unidad histórica y cultural - todavía con
límites difusos y problemáticos- para la solidaridad entre los pueblos y para
ser ciudadanos del mundo; es decir, para la convivencia de la humanidad en
cuanto tal.
Europa
- y España en ella - es una realidad histórica y cultural multipolar, no
uniforme, cambiante y móvil, cuyos límites varían según los acontecimientos
históricos. Es verdad que en estos momentos existe una cierta desafección hacia
Europa cuya causa no está en el manifiesto interés que tiene la pertenencia al
eurogrupo, sino por la exclusividad mercantil, economicista y monetaria en la
que la han convertido muchos de los políticos; un ejemplo de este economicismo
utilitarista, por encima de otros valores, se detecta al leer el preámbulo de
la LOMCE.
Sostiene
Juan José Sebreli, filósofo argentino, en su obra El asedio a la modernidad,
que sólo es posible descubrir la nación como una entidad unitaria que aparece
en determinadas circunstancias históricas y que también puede desaparecer en
circunstancias distintas. No existe la historia natural de las naciones… Las
naciones son un acto de voluntad política; resulta inútil amontonar argumentos
para demostrar que toda sociedad está en el tiempo. Si algo caracteriza a lo
que llamamos Europa, - a España en ella - en cualquiera de sus delimitaciones
posibles, e incluso precisamente tanto en su periferia como en sus centros, es
el pluralismo de las etnias, de las tradiciones, de las ideologías, la
convivencia de credos distintos, la mezcla y el mestizaje tanto étnico como
ideológico. Europa es un espacio cultural polimorfo, caleidoscópico y también,
a menudo, sincrético, hecho de las aportaciones de multitud de fuentes, de
lenguas, de tradiciones, de sectores históricos. La riqueza -el privilegio, si
se quiere- y también el desafío -y, a veces, la tragedia- de Europa está en esa
pluralidad interna. Pocos espacios geopolíticos han sido tan trajinados por las
migraciones, la aculturación, la ósmosis entre culturas, y no sólo por las
invasiones y los imperios. Europa constituye, en eso, un posible laboratorio de
experimentación de la convivencia de grupos humanos diferentes y, más aún,
dispares. La creación de un espacio cultural europeo es creación de un espacio
de diversidad, de respeto, de tolerancia para con "los otros", y
asimismo un espacio de enriquecimiento, donde cada cual, cada grupo, cada
identidad, se deja no sólo cuestionar sino también enriquecer, por los demás.
Plantearse,
pues, el futuro de la educación en el contexto europeo es planteársela en el
marco de ese espacio cultural complejo, uno y diverso. Es educar a nuestros
alumnos para convivir dentro de ese espacio; consiste en introducir a las
nuevas generaciones de alumnos a un espacio de historia y de cultura plural; es
educar en el conocimiento de las tradiciones, las líneas históricas, las
aportaciones ideológicas y axiológicas que han venido a constituir esa
identidad europea que, en su nivel propio y sin confundirse con ellas, forma cuerpo
con otras identidades nacionales, lingüísticas, o de otra naturaleza, que
también nos configuran. Europa significa educar para la convivencia en un
espacio cultural y social múltiple, pluralista, de vecindad entre pueblos que
difieren en creencias, en lengua, en costumbres, en rasgos étnicos, pero que,
más allá de estas diferencias, comparten un patrimonio cultural común,
proyectos comunes de futuro, y, sobre todo, comparten la pertenencia a la
especie humana y se adhieren a la solidaridad que de esa común pertenencia se
deriva. Es por tanto, anacrónico, a estas alturas de la historia, tanto alentar
un españolismo trasnochado (como el “españolizar” del ministro Wert),
como un separatismo empobrecedor y aislante, como el que pretende el señor Mas,
sin explicar con claridad y trasparencia los serios problemas que se derivarían
de tal decisión.
Educar
en el contexto europeo no constituye algo adicional, un complemento
"extra" que deba añadirse a lo que ha de ser hoy una educación de
calidad o, sencillamente, una educación que merezca el nombre de tal. Europa no
es sólo una lonja de mercado, de intercambios, o una magna empresa económica de
producción internacional; tampoco, ni solamente, una Europa de los Estados, o
de las naciones, o de las ciudades; es también una Europa de las etnias, de las
tradiciones religiosas o laicas, de las herencias múltiples del pensamiento, de
la literatura y de las artes, que convergen en ella. Significa educación para
la convivencia de todos con todos, para la paz, para la tolerancia, para la
vida social en sociedades abiertas, en las que la libertad es un bien
inalienable, porque es la condición de posibilidad de cualesquiera otros bienes
sociales. Educar en Europa significa, por tanto, educar en actitudes que ayuden
a superar el localismo la visión estereotipada de un localismo mezquino, y
también la visión todavía limitada por unas miras exclusivas de Estado. Educar
en Europa ha de significar ayudar a desarrollar en las jóvenes generaciones
actitudes donde otras identidades sociales vienen asumidas, trascendidas e
integradas en una identidad que ni siquiera es ya sólo europea, sino que se
equipara al horizonte de la universalidad humana. Si la educación siempre lo es
en sociedad y para la sociedad, si se desarrolla siempre en una cultura y en
orden a la asimilación -una asimilación, por lo demás, crítica- de unos
determinados saberes, valores y pautas culturales, educar en este contexto
europeo es algo que debe ser inherente al mero hecho de educar; pero esta
visión europeísta está ausente del articulado de la LOMCE. Un ejemplo claro de
negación de estos valores lo ha puesto de manifiesto el Ministro Wert al
reducir, hasta casi eliminar, el Programa Erasmus que ha ido durante años
construyendo ese Espacio Europeo de Educación Superior.
Hay
que recordar al Partido Popular y al ministro Wert que frente a los numerosos
desafíos del porvenir, la educación constituye un instrumento indispensable
para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y
justicia social. Afirmo mi convicción respecto a la función esencial de la
educación en el desarrollo continuo de la persona y las sociedades, como una
vía importante, ciertamente más que otras, al servicio de un desarrollo humano
más armonioso, más genuino, para hacer retroceder la pobreza, la exclusión,
las incomprensiones, las opresiones, las guerras, etc.; aunque estoy convencido
de que frente a estas reflexiones, los políticos de la derecha europea y
española, anteponen los intereses económicos y financieros y, por mucho que
hablen de ella, la educación no entra en la categoría de sus prioridades. Si,
parafraseando las palabras del poeta, el niño es el futuro del hombre, y los
niños y los adolescentes son los que el día de mañana tomarán el relevo de las
generaciones adultas, habrá que recordar constantemente a los políticos el
deber elemental de que en sus decisiones políticas, económicas y financieras
lo tengan real y eficazmente en cuenta.
Acabo
estas reflexiones con una contundente denuncia de nuestro pensador y filósofo
Emilio Lledó: “Es evidente que nos encontramos en una época en la que se
está fomentando el miedo, la violencia, la crueldad, la insolidaridad, la
imposición caprichosa de que hago lo que quiero porque poseo la mayoría… Y así
no se educa. Este zumbido peligroso, en el que resuena el miedo cultivado, a
veces, como preparación y justificación de posibles cambios caprichosos, la
existencia se hace infeliz, y la mente, manipulada y angustiada, se empobrece y
apenas es capaz de pensar en libertad. Lo malo es que la mayoría de los seres
humanos, que no tenemos poder político, somos víctimas de personajes que, en
muchos momentos, nos parecen indignos y tramposos. Es terrible pensar que
estemos en manos de individuos y políticos, que sólo obedecen a los intereses
de las fuerzas económicas de los mercados y no a los imperativos de la
educación… Pero, a pesar de ello, hay que intentar superar esas crisis de desaliento.
No sé muy bien cómo. De todas formas, hay que mantener unos ciertos ideales de
inteligencia y generosidad; una cierta esperanza en la educación. Lo demás, por
mucho poder que tengan, es basura; lo que pasa es que, como es corrupción,
apesta”.

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