José M. Roca | Escritor
nuevatribuna.es | 24 Enero 2014 - 15:04 h.
El
triunfal discurso del Gobierno sobre la recuperación señala un luminoso pero
vago horizonte, al que, si aceptamos los nuevos sacrificios que desde Europa
nos piden con urgencia, pronto llegaremos, y las cosas volverán a ser como
antes. Pero es una mentira descarada, una falacia, pues, con los hechos, el
Gobierno está haciendo todo lo posible para que eso, precisamente eso, no suceda.
Así
que no volveremos a la situación previa al inicio de la crisis, a la casilla de
salida, pues la partida sigue con los mismos tahúres y con las cartas todavía
más marcadas.
Ante
la crisis, la disyuntiva era depreciar la moneda o depreciar la sociedad. Como
la moneda no se podía depreciar -no es nuestra, la usamos pero son otros sobre
los que deciden sobre su valor-, se optó por depreciar la sociedad, lo cual
exige recomponer la relación de fuerzas sociales a favor del capital y en
detrimento del trabajo. Es decir, utilizar las aparentes medidas coyunturales
contra la crisis para reorganizar el sistema económico a favor del poder de los
empresarios, en particular de los grandes y de los oligopolios, y en perjuicio
de las pequeñas y medianas empresas, las microempresas, los autónomos y los
asalariados.
El
objetivo del Gobierno no es sacar al país de la crisis, sino que salgan de ella
quienes deben salir -y que nunca entraron-, pero mantener en situación de
emergencia a las clases subalternas, en particular a los estratos medio y bajo
de la clase media y a los trabajadores. Es decir, a través de las medidas
exigidas por la devaluación competitiva (Estado social mínimo, impuestos
altos, paro extenso, empleo escaso, precario y mal pagado) y de una legislación
de excepción dentro y fuera de las empresas, convertir la crisis en una forma
de vida permanente para la mayor parte de la población.
Desde
2010, las millonarias sumas de dinero público para sanear bancos y cajas de
ahorros, las contrarreformas laborales, el empeoramiento del sistema de
pensiones, la rebaja de salarios y prestaciones por desempleo, los recortes
sucesivos en educación, sanidad, dependencia y demás servicios públicos, las
privatizaciones, la corrupción (otra forma de llevar dinero público a bolsillos
privados) y la pérdida de derechos civiles y sociales han pretendido rebajar
drásticamente el nivel de vida de gran parte de la población y quitar poder de
decisión y expectativas a los ciudadanos, para que se cumpla la profecía
thatcheriana de que no hay alternativa.
En
esta remodelación, que lleva a una sociedad más desigual y a un Estado
confesional y menos democrático, efectuada al amparo de lo que parece ser sólo
una reforma del mercado, no hay que perder vista los motivos ideológicos del
Partido Popular, como heredero político del franquismo, que animan la vieja
desconfianza hacia los derechos civiles y la secular animadversión de las
élites españolas hacia las clases subalternas -¡que se jodan!-,
culpables, ahora, de haber votado a partidos de izquierda por moderados que
fueren, y con ello haber mantenido a la derecha alejada del poder del Estado,
que, por derecho de conquista, cree que le pertenece para siempre.
Los
ricos se han hecho más ricos, pero España como país es más pobre, y los niveles
de pobreza a los que hemos llegado no son fáciles de remontar. Pero tampoco es
lo que el gobierno pretende. Su modelo es la España escindida; por un lado las
rentas altas, que se benefician del desequilibrado modo de repartir la
riqueza y de un sistema tributario a su medida, y por otro, una gran masa de
ciudadanos obligados por el trabajo precario, los salarios bajos, malos
servicios públicos, que apechugan con impuestos directos e indirectos y viven
con miedo a perder el empleo, la casa, el consumo, y con miedo, además, a
protestar, porque para eso se han abolido derechos y se han endurecido las
leyes, como garantía del orden público y laboral.
El
Gobierno pretende instalarnos en la crisis permanente, en una situación de
excepción continua, en la inestabilidad estable, en la que el trabajo precario
suponga también una vida en precario, que obligue a la población asalariada a
resignarse y a estar dispuesta a dejarse explotar sin defenderse, impunemente,
aceptando cualquier empleo, en cualquier lugar, por cualquier salario y con
cualquier horario; es decir, intentar que los trabajadores estén siempre a
disposición de lo que exijan las necesidades del capital. Y esta situación no
es un accidente, ni una etapa pasajera, sino el efecto de la apuesta a largo
plazo de la derecha neoliberal española para asegurarse el disfrute del poder
durante largo tiempo, a costa de subordinar España como país de servicios en la
remodelación de la eurozona, que se efectúa bajo la hegemonía de la derecha
neoliberal alemana.
Fuente:
www.nuevatribuna.es
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