Enrique Viaña | Catedrático de Economía
Aplicada. Universidad de Castilla La Mancha
nuevatribuna.es | 24 Enero 2014 - 13:10 h.
He
podido contemplar el vídeo de una conferencia dada recientemente por Juan
Carlos Monedero con ocasión del lanzamiento, conjuntamente con Pablo Iglesias,
de la plataforma política PODEMOS. A Pablo no tengo el gusto de conocerlo pero
a Juan Carlos sí, desde que él era estudiante y yo un joven PNN, y a partir de
entonces he seguido su carrera con mayor interés, sin duda, que él la mía. Le
tengo simpatía y admiro el coraje con que ha defendido, por ejemplo, el
chavismo en los medios de comunicación españoles. En la conferencia que
menciono dijo cosas en las que coincido con él y otras en las que disiento
radicalmente. Entre las primeras, y es algo crucial, que hay que reivindicar la
política a pesar de los políticos al uso. Es, sin embargo, a las segundas a las
que dirigiré mi atención en este momento.
Dice
Juan Carlos que estamos en una crisis "de civilización" y la
importancia de las connotaciones de esta frase parece justificar el paso que
han dado con su plataforma. Podría estar yo de acuerdo en eso, y en seguida
aclararé este extremo; pero donde no puedo seguirle de ninguna manera es en la
inferencia de que dicha crisis además, o en la estructura profunda, es la
crisis final del capitalismo. Por suerte o por desgracia, no. Entiendo que su
posición parece más fácil de argumentar que la mía, toda vez que cualquiera
puede ver que estamos en una crisis económica de dimensiones planetarias (¿y
qué otra cosa es el capitalismo que el modo de producción dominante a escala
planetaria?) y que acabo de aceptar que la crisis es de civilización. Sumas dos
y dos y resulta cuatro.
Me
temo, sin embargo, que Juan Carlos y quienes como él razonan, bastantes en esta
crisis, incurren en un error producto de confundir sus deseos con la realidad.
Comprendo que son muchos los que denostan el capitalismo, y no seré yo quien
pretenda hacerles cambiar de opinión. Realmente, el capitalismo en esta hora
deja mucho que desear; en nuestro país, sin ir más lejos, no puede dar empleo a
casi seis millones de parados, ni puede dar empleo a la mayoría restante más
que con salarios insuficientes, ni garantiza las pensiones, la educación de
calidad para todos, ni la sanidad gratuita. Está en su lógica que los ricos
sean cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres (Marx llamó a eso
"ley de la miseria creciente del proletariado"), y, para colmo, la
democracia política construida sobre su base económica parece consustancial a
la corrupción. Entonces, ¿por qué digo que la crisis económica no es, ni puede
ser la crisis final del capitalismo? Para explicarlo, diré en qué sentido
entiendo la crisis de civilización.
La
crisis de civilización es, en realidad, un conflicto de civilizaciones. Diversas
civilizaciones (la budista-confuciana, la hinduista, la islámica, las indígenas
americanas de origen precolombino, las animistas africanas) habían coexistido
durante siglos, en un plano subordinado, con la principal, la
cristiano-occidental. Pero ésta perdió su protagonismo con el fin de la Guerra
Fría (en sí misma, un conflicto inherente a la civilización occidental). Pero,
con la llamada globalización, las restantes civilizaciones han pasado a
reclamar un papel protagonista acorde con sus dimensiones demográficas y su
pujanza económica; el recurso al capitalismo más salvaje por un régimen
comunista, como el chino, por ejemplo, no puede entenderse más que en el marco
de una civilización no occidental. Pese a lo supuesto por Huntington, el choque
de civilizaciones no ha pasado, ni previsiblemente pasará, de la fase
dialéctica porque ésta no es más que la primera fase de lo que, más que una
crisis de civilización, es una verdadera crisis de civilizaciones, pues todas
pugnan por hacerse un lugar en el espacio dejado por el retroceso, ya
irreversible, de la civilización occidental. La excepción en este proceso es el
integrismo islámico, precisamente porque busca en una vuelta al pasado la
salida a esa crisis, que las restantes civilizaciones buscan en una fusión
tendente al surgimiento de una verdadera civilización universal, la primera en
la historia de la humanidad que no busque imponer a las demás elementos
particulares, y que por fuerza tendrá que empezar siendo eminentemente
ecléctica y respetuosa con todos los particularismos. En ese proceso de fusión,
por ahí llamarlo, que puede prolongarse durante décadas y alargarse más allá
del siglo XXI, el único elemento verdaderamente universal, el lenguaje común de
la humanidad, es el capitalismo. El capitalismo es el único lenguaje que
entienden igual los chinos que los norteamericanos, los rusos que los europeos
occidentales, los latinoamericanos que los japoneses y surcoreanos. ¿Que es un
lenguaje imperfecto? Sin duda. ¿Que llegará el día en que haya que reemplazarlo
por otro capaz de expresar todas las realidades humanas y no sólo las de la
necesidad y la ambición? Es muy probable. Pero, en tanto llega ese día,
pretender ver el fin del capitalismo a la vuelta de la esquina es condenarse
uno mismo a razonar dentro de los parámetros de la civilización occidental,
como si ésta pudiera continuar dictando sus términos al resto de las
civilizaciones.
Entonces, ¿la actual crisis económica qué alcance histórico
tiene? En mi opinión, la actual crisis económica, en su origen y falta de
solución hasta la fecha, tiene el alcance de una crisis de reajuste de los
centros de decisión a escala mundial. El occidentalizado bloque Estados
Unidos-Europa-Japón definió las estructuras de poder internacional a su entera
conveniencia tras la crisis del petróleo, en los años 80 del siglo pasado; es
decir, a la conveniencia de una de cada siete personas que habitan el planeta.
Desde entonces, esas estructuras de poder, radicadas en Frankfurt, Londres,
Nueva York y Tokio, han permitido utilizar el ahorro de las seis restantes para
financiar no sólo la inversión, sino también el consumo de ese séptimo de
privilegiados. La crisis de 2007-2008 vino a decir con claridad que semejante
arreglo era insostenible, pero todavía nadie ha venido a proponer ningún otro.
Sea lo que sea que venga después, tendrá que situarse dentro del capitalismo,
pues de otra forma sólo se construirá una Babel que haría inviable la
coexistencia pacífica entre las naciones.
Fuente: www.nuevatribuna.es
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