Vicenç Navarro | Catedrático de Políticas
Públicas de la Universidad Pompeu Fabra
nuevatribuna.es | 24 Enero 2014 - 12:50 h.
Existe
un problema grave en España, que los establishments políticos y mediáticos
españoles, radicados en su mayoría en Madrid, definen como el “problema
catalán”, que es, en realidad, el “problema español”, problema que se agudizó
como consecuencia de la enorme influencia que la derecha española (en realidad,
ultraderecha en el espectro político europeo) tuvo durante el mal llamado
“proceso modélico” de la Transición de la dictadura a la democracia. Como he
escrito en varias ocasiones, aquel proceso tuvo muy poco de modélico, pues se
hizo en condiciones sumamente favorables para las derechas (que controlaban el
aparato del Estado y la mayoría de los medios de información y persuasión), y
muy desfavorables para las izquierdas, que habían liderado las fuerzas
democráticas durante la resistencia frente a la Dictadura (que fue una de las
más represivas existentes en Europa) y que acababan de salir de la
clandestinidad. La Transición fue un proceso enormemente desequilibrado, que
determinó un producto –la Constitución- que reflejaba, en muchos de sus
componentes, esta falta de equilibrio de fuerzas, con dominio de las
ultraderechas. Fue este desequilibrio lo que explica la visión de España que se
desprende de este documento. España –según la Constitución- es una nación (sin
reconocer que haya varias naciones), y el Ejército tiene que garantizar que
ello sea así, recordando que el Ejército golpista (del cual el Ejército en
aquel momento era su continuador) realizó un golpe de Estado precisamente para
evitar una redefinición de España que se expresara a través de un Estado
plurinacional. La famosa llamada a la unidad de España era una llamada al
mantenimiento de un Estado uninacional.
No
debería olvidarse que aquel golpe militar se realizó para defender la
permanencia de un orden social y territorial injusto. Sus dirigentes llamaron
“separatistas” a aquellos que deseaban no separarse de España, sino
redefinirla. El Estado catalán, tanto el propuesto por Lluís Companys como el
propuesto por Francesc Macià, era un Estado que se consideraba parte de una
federación española, o incluso ibérica, que debía reconocer su
plurinacionalidad. En contra de la versión oficial de la Historia de España, el
objetivo de las fuerzas progresistas en Catalunya durante la República no fue
el separatismo, sino el establecimiento de un federalismo que permitiera la
convivencia entre iguales, compartiendo voluntariamente su existencia dentro de
un amplio colectivo, con un Estado federal plurinacional. Por cierto, el que
sintetizó mejor este sentimiento no fueron las figuras tradicionales del establishment
mediático y político nacionalista catalán, sino el dirigente del movimiento
obrero catalán El Noi del Sucre, autor prácticamente desconocido en los medios
de información de ese establishment.
Parece
ahora haberse olvidado que fueron todas las izquierdas, tanto las españolas
como las catalanas, las que siempre habían compartido esta visión, que
mantuvieron también durante la clandestinidad. Esta visión federalista
implicaba la autodeterminación de sus componentes. Tan recientemente como en el
Congreso de Octubre de 1974 de Suresnes, el PSOE subrayaba que “la
definitiva solución del problema de las nacionalidades y regiones que integran
el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho
de autodeterminación de las mismas, que comporta la facultad de que cada
nacionalidad y región pueda determinar libremente las relaciones que va a
mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español”
(Resolución sobre nacionalidades y regiones). Y más tarde, en el 27 Congreso
del PSOE en diciembre de 1976, se aprobó que “el Partido Socialista
propugnará el ejercicio libre del derecho a la autodeterminación por la
totalidad de las nacionalidades y regionalidades que compondrán en pie de
igualdad el Estado federal que preconizamos… La Constitución garantizará el
derecho de autodeterminación”, manteniendo que “el análisis histórico
nos dice que en la actual coyuntura la lucha por la liberación de las
nacionalidades… no es opuesta, sino complementaria con el internacionalismo de
la clase trabajadora”. “Autodeterminación” era la versión de entonces del
“derecho a decidir” de ahora. Este derecho a decidir –que permitía, si así se
deseaba, la separación- aseguraba que la permanencia –deseada por la mayoría-
era en condiciones de igualdad y voluntaria, no forzada o impuesta.
El
cambio de las izquierdas españolas gobernantes
Este
compromiso desapareció en la mal llamada “modélica” Transición. El cambio se
debió a las presiones (en realidad, imposiciones) del Ejército y del Monarca,
que impusieron estas cláusulas de España como la única nación, indivisible y
salvaguardada por el Ejército, que garantizaría la permanencia de este Estado
uninacional. Esta fue la condición de la Monarquía y del Ejército para permitir
el establecimiento de una democracia muy limitada. Varios protagonistas de
aquella Transición así lo han reconocido. Esta fue la causa de que las
izquierdas españolas cambiaran tan radicalmente. Y ahí se encuentran las
raíces de la falta de resolución del problema español. Su oposición a la
redefinición de España, todo ello bajo la argumentación de defender su unidad
(la misma justificación que habían utilizado las derechas para realizar el
golpe militar del 1936), impidió que se resolviera este problema. Las fuerzas
conservadoras ganaron la batalla otra vez. Y presentaron la aprobación de la
Constitución por parte de la población española en un referéndum como signo de
una aprobación a un supuesto consenso entre iguales que distó mucho de ser
entre iguales y de que fuera consenso. Las izquierdas, muy débiles y recién
salidas de la cárcel o del exilio, estaban ansiosas por tener democracia, por
muy limitada que fuera. Ahora bien, como me dijo en una ocasión Santiago
Carrillo, lo que las izquierdas consideraron como su gran éxito fue la admisión
del principio de que la soberanía procedía y derivaba de la ciudadanía, sin ser
plenamente conscientes, sin embargo, de que la misma Constitución dificultaba
que dicha soberanía se ejerciera en las distintas naciones que ocupan el
territorio del Estado español. El derecho a decidir (formas de democracia
directa como referéndums) apenas se permitió, desarrollando unas instituciones
democráticas muy poco representativas (el 72% de la población española está de
acuerdo con el eslogan del 15-M “no nos representan”) y muy poco
participativas. Este fue el resultado de aquella Transición claramente
inmodélica, que no permite ni siquiera referéndums de carácter consultivo, como
es el que ahora se propone en Catalunya.
Ahora
bien, el abandono por parte de las izquierdas españolas, tanto socialistas como
comunistas, de sus raíces y compromisos federalistas, dejó el problema español
sin resolver, agudizándose todavía más las tensiones cuando el Tribunal
Constitucional, controlado por los dos partidos mayoritarios, eliminó elementos
claves del Estatuto (el intento de recuperar la plurinacionalidad del Estado
español) después de ser refrendado por la población catalana, argumentando que
la Constitución no lo permitía. Por lo demás, la dirección del PSOE se convirtió
en la gran defensora, junto con las derechas, de esta versión uninacional de
España. Y cuando el intento de golpe militar de 1981 ocurrió, la Monarquía
acentuó la importancia de la unidad de España. En consecuencia, el PSOE decidió
que el Partido de los Socialistas de Catalunya dejara de tener su propio grupo
parlamentario, convirtiéndose en una rama del PSOE.
La
situación actual
Y
ahora, el comportamiento insultante del gobierno del PP (con la ayuda de los
sectores jacobinos dentro del PSOE), con su arrogancia y falta de sensibilidad
hacia las reivindicaciones de la mayoría de la población en Catalunya, que
favorece el derecho a decidir, está llevando a una situación de hartazgo que
explica el enorme crecimiento del sentimiento de separación respecto al Estado
español, creyendo imposible que esta España pueda cambiar. Y ahí está el
problema español, acentuado por las fuerzas conservadoras de ambas partes del
Ebro, que utilizan las banderas, una vez más, para ocultar su alianza de
clases.
Pero
se está cometiendo un gran error por parte de sectores de las izquierdas
españolas, al creerse que este movimiento pro “derecho a decidir” es un
movimiento de derechas, liderado por el gobierno catalán. Y también es un gran
error (que se repite maliciosamente y desvergonzadamente por parte de las
derechas, tanto el PP como UPyD) creerse que este movimiento es un movimiento
anti España. Es un movimiento anti Estado español (ver mi artículo “La Sagrera:
la Catalunya real”, Público, 26.11.13), lo cual es diferente a ser un
movimiento anti español. Naturalmente que hay de todo, pero la mayoría no se
siente anti española. En realidad, la mayoría o la minoría mayor, son catalanes
que se sienten españoles pero que quieren que se reconozca a Catalunya como
nación, con su derecho a decidir su articulación o separación con el Estado
español. Los insultos que se están promoviendo (acusando a este movimiento de
victimista, insolidario, y una larga retahíla de insultos predecibles), incluso
por personalidades de izquierda, están haciendo un gran daño, estimulado el
separatismo. En realidad, el fenómeno mas novedoso que está ocurriendo en
Catalunya es el sentir mayoritario de la población (el 81%) de que la población
en Catalunya tiene el derecho a decidir (es decir, a ser soberana) y que un
número cada vez mayor de personas que se sienten españolas, además de
catalanas, votaría, dentro del proceso de decisión, por la independencia, como
rechazo a un Estado cuya máxima expresión es el establishment político y
mediático radicado en Madrid, caracterizado por una extraordinaria arrogancia,
que cree que la única España posible es la que ellos están imponiendo cada día
al resto del país, incluyendo Catalunya.
Esto,
el establishment españolista, político y mediático, radicado en la capital del
Reino, nunca lo reconocerá. Pero el Estado español (del cual son portavoces) ha
alcanzado tal nivel de descrédito entre la población de las distintas naciones
y regiones de España que existe hoy una agitación constante a lo largo del
territorio español, también de rechazo hacia este Estado. Las encuestas
muestran como la población española es de las que está más distanciada de las
instituciones del Estado en la Unión Europea. Y están surgiendo elementos y
movimientos contestatarios (que se iniciaron con el movimiento 15-M) que son
radicales, en el sentido de que van a las raíces de los problemas, pidiendo y
exigiendo una segunda Transición, que permita el desarrollo de la España
republicana, alternativa a la que hoy existe, y que hermanada con los movimientos
soberanistas en Catalunya, consiga una España soberana, democrática y justa. La
alianza de los soberanistas catalanes y de los soberanistas españoles que
rechazan este Estado tan escasamente democrático es la condición para
conseguir, no solo lo que las izquierdas históricamente desearon, sino lo que
cualquier persona democrática debería desear.
La
importancia del derecho a decidir
Este
sentimiento por parte de la mayoría de la población que vive en Catalunya de
que el pueblo catalán tiene que tener el derecho a decidir no variará. Es un
sentimiento de una enorme importancia, pues equivale al reconocimiento de
Catalunya como una nación soberana.
Ahora
bien, en contra de lo que constantemente se presenta en círculos nacionalistas,
tanto españoles como catalanes, la demanda de este derecho no es lo mismo que
el deseo de que Catalunya sea independiente. Naturalmente que el derecho a
decidir implica la posibilidad de independizarse. Pero el derecho a decidir
debe tener, por mera coherencia democrática, otras alternativas para que sea el
pueblo catalán el que decida. Ofrecerle solo una alternativa limita este
derecho. De ahí el error de creerse que el derecho a decidir es lo mismo que
pedir la independencia. La famosa fiesta en el campo del Barça, erróneamente
definida como la fiesta del “derecho a decidir”, era en realidad una fiesta
independentista. Detrás de las declaraciones de la persona anfitriona que leyó
el manifiesto de la fiesta (que lo podría haber firmado la mayoría del 81% que
está a favor del derecho a decidir), había una bandera independentista
(mostrando un intento de instrumentalización de aquel sentimiento).
Pero
mientras que el 81% quiere que la población vote sobre su futuro, el porcentaje
de votantes a favor de la independencia, según las encuestas, sería menor
(52%), porcentaje que probablemente aumente más y rápidamente si el
establishment españolista radicado en Madrid continúa su oposición al derecho a
decidir, de lo cual los independentistas son conscientes, pues se están
beneficiando de este comportamiento.
Ahora
bien, aunque comprensible en su comportamiento, esta captación del derecho a
decidir por los independentistas puede dañar este derecho, pues, en caso de que
hubiera tal voto y la mayoría no votara a favor de la independencia, el
establishment españolista concluiría que el pueblo catalán no desea ser
soberano. Y será un flaco favor para aquellos que sostienen que Catalunya tiene
que ser una nación soberana.
Y es esta misma visión del derecho a decidir que lleva a
presentar por partidos nacionalistas (tanto catalanes como españoles) los
hechos heroicos de la población catalana del 1714 como un movimiento del pueblo
catalán contra España, cuando en realidad fue contra el Estado borbónico
español, que anuló las instituciones catalanas. Su derrota fue también la
derrota de las fuerzas progresistas españolas (lo cual nunca se dice) que
defendieron la visión de otra España, como bien indicaron los propios
dirigentes de la revuelta catalana. Aquella guerra la perdieron, además de
Catalunya, todas las fuerzas progresistas de toda España. La clarividencia de
los dirigentes catalanes de aquel momento fue extraordinaria, pues ya entonces
indicaron que la derrota de Catalunya significaría también “la derrota de
aquellos españoles engañados por el Estado borbónico”. Ni que decir tiene que
los paralelismos entre dos momentos históricos tan distantes son muy limitados,
pues incluso las categorías Catalunya y España tienen diferentes significados.
Pero debe, sin embargo, señalarse que ya entonces hubo dos visiones distintas
de España, y que la victoria de una –de la cual la España actual es heredera-
se hizo a costa de Catalunya y de la España progresista. Y de ello nunca se
habla. Si se conociera, habría un movimiento generalizado de las fuerzas progresistas
en España a favor del derecho a decidir en Catalunya y en el resto de España.
Fuente: http://www.nuevatribuna.es/
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