José Manzanares | Miembro de la corriente Izquierda
Socialista (PSOE)
nuevatribuna.es
| 07 Enero 2014 - 13:40 h.
En estos
aciagos y desconcertantes días de inicio de 2014, en los que se nos anuncia la
recuperación de la economía (la Bolsa ha ganado en 2013 un 21%, los mejores
resultados, después de la de Frankfurt, con una previsión de todavía
mejores resultados para 2014), al tiempo que el empleo precario, la pobreza y
la desigualdad seguirán instalados en nuestra sociedad durante una o dos
décadas, según diferentes Informes (OCDE, Banco Mundial, EUROSTAT). Incluso,
que en España sea donde la desigualdad más ha crecido y seguirá creciendo
de toda la Unión Europea (UE), según EL PAIS de 6 Enero 2014. Además, se
presenta la ley del aborto más represiva en democracia; se anuncia una versión
renovada de “Ley de Orden Público”… En resumen, el balance de la situación
económica, social y democrática de estos últimos cinco largos de crisis
nos llevan a una crítica radical de las políticas conservadoras y neoliberales
que nos vienen de la UE y, sobre todo, del Gobierno del Partido Popular
(PP).
La pregunta
obligada y recurrente en diferentes círculos progresistas, de una u otra forma,
es la siguiente: “¿Por qué la izquierda, especialmente el PSOE, no emerge como
alternativa ante el PP a pesar de sus políticas antisociales, gobernando sólo
para una minoría privilegiada y de ultra conservadora, cercana al Tea Party
norteamericano?”
Es cierto
que los votantes de derecha no son tan exigentes (manteniendo un voto más fiel)
con sus representantes como lo son los votantes de izquierda. En este
sentido, merece la pena pararnos y repensar algunas “claves diferenciadoras”
que siempre han caracterizado a la izquierda.
Recuperando
el pensamiento de Luis Gómez Llorente en la “Ética socialista del pablismo” y
en “Educación Pública y Socialismo” (Los Libros de la Catarata, 2013), en
homenaje del primer aniversario de su fallecimiento, se destaca la “ética del
pablismo” como: austeridad en las costumbres; el amor y rigor por las
ideas, plasmado en el inefable afán de difundirlas: el cuidadoso respeto a las
normas de la democracia interna de las organizaciones; la radicalidad de su
ambición revolucionaria, atemperada por la prudencia de una estrategia
gradualista; así como la entrega tenaz y total en la lucha por la
emancipación de la clase obrera, demostrando hasta qué punto puede vertebrarse
una ética rigurosa de la solidaridad basada en un ideario estrictamente laico,
plenamente válida para dar sentido de la vida a los militantes, así como para
difundir sentimientos de dignificad y de razonable esperanza de mejora para
todos los trabajadores y trabajadoras.
Al concepto
de competitividad entre individuos, países…, propio de la concepción liberal se
oponía el concepto de opresores y oprimidos, explotadores y
explotados… que con otras y diversas manifestaciones (desigualdades, exclusión,
pobreza…) son consecuencia del viejo/”nuevo modelo” neoliberal. Para la
izquierda, no se podrá establecer un verdadero “interés común” de toda la
sociedad en tanto no desaparezca esa causa de escisión radical de la
convivencia que consiste en la compra de trabajo ajeno y la consecuente
apropiación unilateral del beneficio, sin ninguna intervención “reguladora” de
los poderes públicos. ”La republica social ya no es simplemente aquellas
libertades (individuales), sino que la república social indica alguna forma en
la que los intereses sociales se anteponen a los interese individuales”.
De ahí surge
la idea de Igualdad (hoy diríamos preferentemente Igualdad/libertad). La
Igualdad quizás sea la principal línea divisoria que separa el liberalismo del
socialismo: La desigualdad de riqueza y de poder ha engendrado la subordinación
de unos seres humanos a otros, su infelicidad, sufrimiento… y muy
frecuentemente la anulación de su libertad. La Igualdad es, por tanto, una
condición posibilitante de la Libertad individual que sería el bien a proteger
mediante la Igualdad: “igual libertad”. La izquierda siempre tuvo muy claro
que en tanto no existiera una igual condición económica, no podía existir
una igual libertad, un igual acceso al ejercicio de las libertades o libertad
real.
Pero, “la
aspiración de igualdad” debe concretarse día a día en la acción
tendente a la reducción de las desigualdades. Mediante la implantación de
servicios universales y gratuitos que garanticen a todos por igual el acceso a
algunos bienes básicos como la educación, la salud y la vivienda (estado de
Bienestar/fiscalidad). La obsesión por la escuela universal, única y gratuita
tuvo mucho que ver con el afán de combatir lo que hoy llamamos desigualdad de
origen.
De ahí, la
importancia o el “culto a las ideas” como valor ético de practicar y
difundir entre los ciudadanos y ciudadanas el aprecio por las ideas, el gusto
por aprender, el afán de difundir la cultura, el respeto hacia los maestros y
la justa estimación de la ciencia, de la literatura y del arte. Todo lo cual se
plasmó con sumo entusiasmo y como acción prioritaria del Gobierno durante el
primer bienio del II República. El analfabetismo en el que estaba sumida
durante el primer tercio del siglo XX la mayor parte de la población rural,
barriadas humildes (especialmente entre las mujeres)… constituía un freno al
progreso de los ideales democráticos y un serio obstáculo al funcionamiento de
las instituciones representativas. Amén de ser el analfabetismo caldo de
cultivo para el oscurantismo y la superstición.
Igualmente
el trabajo, en la concepción marxista, ni es un castigo bíblico, ni un mandato
divino, ni es una mercancía. Sino la capacidad que los seres humanos tienen
para transformar el mundo para recrearlo conforme a sus necesidades:
“humanización“del mundo y creación de una “cultura” con la que, simultáneamente,
se remodela a sí mismo. El ser humano se realiza en el trabajo. Trabajando
exterioriza sus capacidades más específicas y materializa de algún modo
(“valor del trabajo”), el fruto del trabajo que lleva en él
(“autoestima”)… Sustraídos por el pensamiento neoliberal y por el trato
habitual de menosprecio recibido en el “mercado de trabajo”.
Por
ello, para la izquierda, las ideas transformadoras siempre han ido acompañadas
de la tenacidad: “Nuestros adversarios habrán de convencerse de que nuestra
firmeza espiritual y moral es invencible… Aspiramos en nuestro siglo a liberar
a la Humanidad sometida a la esclavitud económica para que las fuerzas del
espíritu, hoy cohibidas, se expansionen y produzcan las grandes obras de la
creación humana en una civilización fraternal, grande y fuerte”. (Julián
Besteiro en el Cine Pardiñas de Madrid, el 5 noviembre de 1933).
Luis Gomez
Llorente destaca en el “pablismo” la racionalización de la rebeldía:
Racionalización del malestar mediante la reflexión y la acción política que
evite mucha violencia innecesaria, mucho sacrificio estéril… encauzándolo hacia
la lucha mediante una acción concertada. Esto supone una pedagogía intelectual
y moral a través de la Organización. El valor de la Organización se ha considerado
desde la I Internacional como el respeto a la democracia interna (debate
plural, derecho a las minorías…), al cumplimiento de los acuerdos, dando
especial importancia al funcionamiento interno (Estatutos, reglamentos…) y a la
“ Organización metódica” (Actas de las reuniones, Estados de cuentas… )
considerando a las Organizaciones, con su práctica, verdaderas escuelas de
educación ético-cívica, a través de la “ayuda mutua” entre compañeros y
compañeras, más allá de la competitividad interna y la lucha por los cargos.
En resumen,
se trata de recuperar ideas y valores; aquellos ideales clásicos de la
emancipación humana a través de una profundización en la democracia, la
redistribución de la riqueza (el “salario social”), la justicia social, el
trabajo decente… que las organizaciones de izquierda deberíamos ser portadores.
Para los socialistas de la época, que estaban totalmente ciertos y seguros de
que llegaría el momento en que la clase obrera habría de hacerse cargo de
dirigir la sociedad, era vital la “educación ética”. Intencionalmente se quiso
hacer de las organizaciones un “microcosmos” del tipo de sociedad al que se
aspiraba. Si se quería una organización igualitaria y democrática, las
organizaciones obreras tenían que serlo desde ya.
Entre ello,
un escrupuloso rigor en la administración de los recursos públicos. Citando a
Luis: “Ni en el momento más terrible de la posguerra civil, se pudo acusar a
ningún dirigente de izquierdas de ningún delito económico… A pesar de
haber estado en importantes responsabilidades en la Administración de la II
República”.

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