Cándido Marquesán Millán | Profesor de Secundaria. Zaragoza
nuevatribuna.es
| 07 Enero 2014 - 13:34 h.
Se ha
convertido en noticia estos días que el (GUPC) Grupo Unidos por el Canal,
liderado por la empresa española Sacyr (48%), junto con la italiana Impregilo,
la belga Jan de Nul y la panameña CUSA, que ganaron la puja para determinadas
obras de ampliación en el Canal de Panamá con una oferta de 3.118
millones de dólares, muy inferior al precio de salida estimado por la Autoridad
del Canal que era en 2006 de 3.481, amenazan con paralizar las obras, si esta
no compensa con 1.200 millones de dólares extra.
Conviene
hacer un poco de historia. En 2009, el entonces presidente de la constructora
española Sacyr, Luis del Rivero, se mostró eufórico al haber ganado a los
estadounidenses el concurso. Llegó a cantar al estilo futbolístico “Así, así,
así gana Sacyr”. La oferta de Sacyr fue la más barata, cuando los demás
competidores presupuestaban casi el doble. En aquel entonces, los competidores
manifestaron sus dudas de que el proyecto se pudiera llevar a cabo por ese
presupuesto. El Gobierno de Zapatero presionó para que la adjudicación del
conocido como “contrato grande”, fuera a parar a manos españolas. La operación
comenzó en el año 2007 con un viaje a Centroamérica. El 18 de julio de ese año,
José Luis Rodríguez Zapatero acudió a Panamá acompañado por los presidentes de
las principales constructoras: FCC, Acciona, Ferrovial, Adesa, Isolux, OHL y
Sacyr-Vallehermoso. El viaje de ZP fue para defender los intereses de unas
constructoras españolas privadas, no de la ciudadanía española. Lo mismo que
está haciendo ahora la ministra de Fomento en Panamá.
Sacyr
confiaba en repetir en Panamá el modelo de puja habitual en España en los
grandes concurso públicos: asegurarse la contrata ofreciendo un precio ínfimo
(conocido en el sector con el nombre de “baja temeraria”) y negociar,
recurriendo incluso a la presión, como acabamos de ver con la paralización de
las obras, un ajuste al alza con las autoridades locales, alegando desviaciones
imprevistas de costes, aprovechando conexiones personales o en otras vías,
vinculadas con la corrupción. Sacyr para ganar el concurso ya jugó la baza de
incorporar a su consorcio a una empresa panameña, CUSA, una constructora
propiedad de la familia del presidente de la Autoridad del Canal que adjudicaba
las obras.
Estas
prácticas han sido, reitero, las usuales en la política española. Y han sido
así, por la confabulación mafiosa entre las grandes constructoras con
el mundo de la alta política. Si pujaban por debajo del precio de
licitación era porque sus contactos políticos les garantizaban que las
administraciones que adjudicaban las obras aceptarían luego la revisión al alza
de los precios. Las pequeñas empresas que no cuentan con estos contactos no
podían pujar con precios tan bajos. Por ello, toda la geografía española
está salpicada de grandes obras públicas realizadas por estas grandes
constructoras, que han superado con creces el presupuesto inicial. En Aragón,
se denunció hace meses ante los juzgados el abono de supuestos sobreprecios
irregulares desde Plaza, la Plataforma logística en Zaragoza, a
empresas por valor de 15 millones de euros. El presupuesto inicial para el
soterramiento de la M-30 de Madrid fue de 1.700 millones de euros, después pasó
a 3.500 y acabó costando más de 6.000: casi cuatro veces más. La terminal T-4
de Barajas pasó de 1.033 a 6.200 millones, cinco veces más. La ampliación del
aeropuerto de El Prat duplicó su precio, de 1.471 millones a más de 3.000. El
AVE entre Madrid y Barcelona costó un 31,4% más de lo previsto, 1.400 millones
más. Y la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia pasó de 308 millones a
1.282, cuatro veces más. La construcción del AVE ha costado 50.000 millones de
euros. No quiero llegar a pensar en la cantidad de millones de dinero público
que se han ido por un sumidero en sobrecostos, mordidas y comisiones. Y todos
esos millones robados a las arcas públicas, hoy forman parte de la deuda
pública, mas deberían estar claramente incluidos en lo que se llama deuda odiosa,
por lo que no la deberíamos pagar los ciudadanos.
Esta
lamentable situación tiene un porqué. En la capital del Estado pululan unas
élites financieras, empresariales, mediáticas y políticas perfectamente
ensambladas e interconectadas entre sí e inaccesibles para otros sectores de la
sociedad, que comparten unos mismos intereses y tratan no solo de mantenerlos,
sino también de acrecentarlos. Determinados políticos forman parte de los
consejos de administración de las grandes empresas, de los grandes bancos, de
las grandes constructoras, en pago por los servicios prestados, conseguidos
muchas veces producto de la corrupción. Aquí en la capital del Estado es donde
se toman las grandes decisiones de política económica. Como el reparto, cual si
fuera un botín, de las grandes obras públicas, como estamos viendo, para
beneficio de estas grandes empresas constructoras. A estas élites se les podría
aplicar perfectamente un concepto mediático de éxito reciente, el de “élites
extractivas”, divulgado por los economistas Daron Acemoglu y James A.
Robinson en su libro Por qué fracasan los países. Estas élites, son
aquellas que se despreocupan totalmente del bien común y dedican exclusivamente
sus esfuerzos a su propio bienestar y al del grupo al que pertenecen. Las instituciones
extractivas concentran el poder en manos de una élite reducida. Estas élites
establecen un sistema de captura de rentas que les permite, sin crear riqueza,
detraer rentas de la mayor parte de la ciudadanía en beneficio propio. Por
supuesto, no creo sea necesario señalar que esas élites empresariales donaban
dinero a las cajas B de los dos grandes partidos. Todo esto es corrupción. Todo
esto es podredumbre. Esto es lo más parecido a un pozo negro.
Lo explica
muy bien también todo esto Cesar Molinas en su libro encomiable Qué
hacer con España “Desde que a Felipe II se le ocurrió colocar la capital en
Madrid, la única razón para ir a Madrid era ver al rey. Y a verle iban porque,
como gusta en señalar Luis Garicano, las únicas maneras de ser rico en España
eran ser hijo de rico o estar próximo al rey. Al calor de la corte se
desarrolló en España un capitalismo castizo, mal llamado capitalismo
financiero, basado en la captura de rentas y en la proximidad al poder, que es
típicamente madrileño y que sigue siendo hoy día la forma de capitalismo
dominante en nuestro país. Hay una continuidad histórica, de concepción de los
negocios y del mundo, entre personajes decimonónicos como Fernando Muñoz, el
general Serrano y el marqués de Salamanca, por una parte, y los que hoy se
sientan en el palco del Santiago Bernabeu, por otra. Es una misma manera de
prosperar por el favor del poder político, gracias al BOE, que se ha mantenido
inalterada a lo largo de los siglos.
Hasta ahora
he procurado mantener cierta compostura en mis palabras. Como estoy al final,
voy a tomarme la licencia de calificar a estas élites de auténticos buitres,
que con una voracidad insaciable se han enriquecido vergonzosamente a costa de
haber llevado a buena parte de la ciudadanía a un autentico genocidio social.
En esta España nuestra todo huele a podrido, como si fuera un albañal.
Por ello me
parecen muy oportuna la pregunta que se hizo Manuel Azaña en una
conferencia pronunciada el día 4 de febrero de 1911 en la Casa del Pueblo de
Alcalá de Henares, titulada El problema español: ¿Vamos a consentir que
la inmensa manada de vividores, de los advenedizos manchados de cieno usurpe la
representación de un pueblo y lo destroce para saciar su codicia? En nuestras manos está.

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