nuevatribuna.es
| 07 Enero 2014 - 12:15 h.
Me siento
incapaz de pertenecer a un partido político al uso. Tengo mi corazón a la
izquierda desde jovencito, pero nunca he guardado en la cartera carnet alguno
que me adhiriera expresamente a una formación concreta. Respeto a la derecha
cuando ésta renuncia a sus raíces más hondas, aunque creo que hasta la fecha, y
después de treinta y tantos años de democracia, todavía sigue sin romper aquel
cordón primitivo que se le envolvió al cuello y que no le permite respirar el
aire nuevo de los tiempos. No me vale decir que hay dentro de la derecha
personas centradas y muy centradas. Como tampoco me vale que la derecha respete
a la izquierda cuando ésta ocupa un centro izquierda. Detesto el valor
atribuido a esa sentencia de que en el centro está la virtud. Me lo metió por
los ojos un profesor de mi niñez. Si la virtud es centro, ¿de qué debe guardar
equidistancia? El amor, decía mi viejo profesor, consiste en amar hasta
el extremo, hasta el fin, hasta el vértigo. La tibieza que caracteriza el
centro es nauseabunda. Y citaba no sé qué libro de la biblia: “porque no eres
frío ni caliente, sino tibio, tengo ganas de vomitarte” Y se me clavó
dentro, muy dentro. Y desde que usé mi sentido político y necesité definirme,
me repugna ese centrismo del que se enorgullecen nuestros partidos.
Ser de
centro-derecha o centro-izquierda encarna la cobardía de la indefinición. Sólo
se puede ser radicalmente de derechas o de izquierdas, sin que ello entrañe las
adherencias negativas que el término radicalidad encarna, para así poder
despreciar o denigrar al de enfrente. Cuando nuestra derecha gobernante califica
de radicales de izquierdas a los manifestantes que piden un trabajo, una
vivienda o simplemente un trozo de pan y de dignidad están afirmando de forma
prevaricadora la negatividad del término radical. El terrorismo es terrorismo.
El vandalismo es vandalismo. Los saboteadores son saboteadores. Se ignora la
riqueza del vocablo radical cargándolo de negatividad. Radical viene de raíz y
la raíz es la base de la vida, es aquella parte que humildemente se hunde en la
tierra para beber vida, renunciando incluso a la vistosidad exterior, para
alimentar ramas y flores y convertir los almendros en primavera de brazos
abiertos.
Cuando la
izquierda gira hacia el centro, está buscando el chiquero donde esconder su
cobardía, está abandonando las raíces que le dan seriedad y anda añorando
subterfugios para disimular el miedo que alberga en el estómago. No es lícito
disfrazar el miedo ni refugiarse en el centrismo para evitar el compromiso con
los más débiles de la sociedad. Una fuerza política de centro izquierda no es fuerza
y además está siempre dispuesta a congraciarse con los poderosos bajo la
premisa de que son los creadores de empleo, los que sostienen la economía, lo
que enriquecen a un país. Para eso ya está el centro derecha que se llama de
esa forma a sí misma para dar la impresión de su renuncia a orígenes turbios, a
padres desconocidos, porque es mejor la orfandad que las botas
abrillantadas de El Pardo.
Los
políticos de izquierdas no deben ser ejemplos de pobreza como a veces exigen
muchos ciudadanos. No son monjes ni pertenecen a sectas religiosas que orientan
sus enseñanzas hacia un cielo prometido o a hacia un infierno como castigo de
pecadores. Lo creo y lo digo con claridad: no tienen por qué ser pobres. Pero
deben tener muy claro que su acción política sí debe estar informada por una
visión del mundo donde hay que elevar a los más pobres a los altares de la
dignidad, de la vivienda, del trabajo, de los derechos sociales, de la
sanidad, la educación. Hay que luchar para que las oportunidades estén equitativamente
repartidas, para que los bienes de este mundo se distribuyan lo más
igualitariamente posible, para que nadie pueda convertir en esclavo a quien por
definición es centro del mundo como el que más. Un partido de izquierdas debe
desterrar la esclavitud ejercida por el poderoso, el adinerado. Y no debe
permitir que la riqueza de unos pocos descanse sobre la humillación de la
mayoría. Lo ricos ya se las arreglan solos. Son los de abajo los que necesitan
ayuda para luchar por su ascensión, instituyendo una justicia donde la riqueza
desempeñe un papel social en favor de los más necesitados.
Nada de esto
lo puede llevar adelante un centro izquierda. Hay que desnudarse de esa
ambigüedad para quedarse en el extremo único donde la lucha se ejerce hasta sus
últimas consecuencias.
Hay que
despegarse de esos centros que equilibran y pretenden compatibilizar la lucha
con la quietud, con la falsa prudencia. Reclamo la urgencia de una izquierda
transformadora. Lo que hoy padecemos en nuestro país no es culpa sólo de la
derecha gobernante, sino responsabilidad de una izquierda tan tibia que la
sociedad siente necesidad de vomitarla de su boca.

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