Por cuarto trimestre consecutivo, es decir, a lo largo de un año, los
salarios, más concretamente los salarios brutos percibidos por trabajador, han
bajado.
nuevatribuna.es
| 03 Enero 2014 - 11:17 h.
Economistas Frente a la Crisis | Por cuarto trimestre consecutivo,
es decir, a lo largo de un año, los salarios, más concretamente los salarios
brutos percibidos por trabajador, han bajado. Ello se confirma, si se utilizan
para estimar los salarios brutos el coste salarial por trabajador obtenido de
la Encuesta Trimestral de Coste Laboral (ETCL), que incluye a todos los
asalariados, excepto los empleados del hogar, los trabajadores del sector
agrario y los funcionarios no adscritos al régimen general de la seguridad
social. En efecto, según esa encuesta, elaborada por el INE, el coste salarial
por trabajador en el cuarto trimestre de 2012 se redujo en tasa interanual, en
relación con igual trimestre del año precedente, el 3,6%. Lo mismo ocurrió en
los tres trimestres transcurridos de 2013, al disminuir el 1,8% en el primero,
el 0,6% en el segundo y el 0,2% en el tercero. En el conjunto de 2012 el coste
salarial por trabajador se aminoró el 0,6% y en el promedio de los tres
primeros trimestres de 2013 la reducción ascendió al 0,9%.
Esta
evolución negativa de los salarios brutos por trabajador refleja la importante moderación
de los salarios pactados en los convenios colectivos que en 2012, incluyendo la
aplicación de las cláusulas de garantía salarial, crecieron el 1,2%, 1,1 puntos
porcentuales menos que en 2011, y en 2013, con los convenios registrados hasta
el 30 de noviembre, y, sin obviamente, la aplicación de esas cláusulas de
garantía por no haber finalizado el año, aumentaron el 0,6%. Además, este
crecimiento salarial puede estar ligeramente sobrevalorado porque las
inaplicaciones de los convenios colectivos, que a lo largo de 2013 han afectado
al 151.034 trabajadores (el 3,3% de los trabajadores con convenio con efectos
económicos en ese año), repercute, en muchos casos, a la baja el crecimiento
salarial pactado inicialmente sin que, posteriormente, se corrija la
estadística de los convenios colectivos. En cualquier caso, en el 41,9% del
total de los convenios colectivos con efectos económicos en 2013, que cubren al
29,4% de los trabajadores con convenio colectivo, los salarios pactados no
aumentan, si no que, incluso, en algún caso disminuyen.
De todos
modos, el que en los convenios colectivos se produzca un ligero aumento del
salario pactado, mientras que los salarios brutos percibidos por trabajador
disminuyen, se justifica porque los salarios percibidos no se explican en su
totalidad por la negociación colectiva, si no que existen otras razones
adicionales, como los complementos salariales, la jornada efectivamente
trabajada, las horas extraordinarias realizadas, los acuerdos salariales al
margen de los convenios o las inaplicaciones de los convenios colectivos, que
pueden explicar esas diferencias. En concreto, en una situación de crisis
económica como la actual se producen una serie de hechos que pueden hacer que
los crecimientos de los salarios brutos sean inferiores a los de los salarios
pactados y hasta, como ocurre en la actualidad, aquellos sean negativos, como
el descenso o desaparición de determinados complementos salariales, como los
vinculados a los beneficios o las ventas de las empresas, la reducción o
eliminación de las horas extraordinarias, la disminución de la jornada laboral
por debajo de la pactada o las inaplicaciones de lo acordado en materia
salarial en el convenio colectivo correspondiente.
Por otra
parte, si se compara el coste salarial por trabajador con el IPC medio del
periodo correspondiente, el salario bruto real percibido por trabajador
disminuyó en 2012 el 2,9% y en el conjunto de los tres primeros trimestres de
2013 el 2,7%, lo que supone una pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores
en menos de dos años de 5,6 puntos porcentuales. Si a este retroceso del poder
adquisitivo de los trabajadores se añade el que se originó en 2010 (dos puntos)
y en 2011 (1,4 puntos), desde 2010 se ha producido una pérdida total del poder
adquisitivo de los trabajadores de nueve puntos porcentuales, es decir, el
salario bruto real por trabajador ha disminuido el 9%.
Pero el
salario bruto percibido por los trabajadores no representa el coste laboral
total por trabajador del empresario, puesto que al primero hay que sumar, para
obtener el segundo, los otros costes laborales no salariales, que incluyen,
entre otros, las cotizaciones empresariales a la seguridad social y las
indemnizaciones por despido. Estos otros costes por trabajador descendieron en
2012 el 0,8%, pero aumentaron en el promedio de los tres primeros trimestres de
2013 el 0,5%. Este diferente comportamiento en 2013 entre el coste salarial por
trabajador, que se redujo, y los otros costes por trabajador, que crecieron, se
debe, principalmente, al aumento de la base máxima de cotización a la seguridad
social del 5% y al descenso de las bonificaciones de la seguridad social por la
desaparición en 2012 y 2013 de muchos de los incentivos a la contratación que,
en cambio, existían anteriormente. Por otra parte, las indemnizaciones por
despido, que habían disminuido a raíz del abaratamiento del despido que supuso
la reforma laboral de 2012, aprobada en febrero de ese año, han aumentado
en el último trimestre, el tercero de 2013, como consecuencia de que, al
persistir y acentuarse la crisis económica, los trabajadores despedidos cada
vez tienen más antigüedad en las empresas, tienen un mayor nivel de
cualificación o sus salarios son cada vez más elevados.
Como
resultas de la evolución del coste salarial y de la de los otros costes, el
coste laboral por trabajador se redujo en 2012 el 0,6% (lo mismo que el coste
salarial por trabajador) y en la media de los tres primeros trimestres de 2013
(en relación con igual periodo de 2012) disminuyó el 0,5% (descenso inferior al
0,9% del coste salarial por trabajador).
Ahora bien,
también la Contabilidad Nacional Trimestral de España (CNTR), cuyo objetivo
principal es la estimación de la producción interior bruta (PIB), proporciona
información sobre la masa salarial o la remuneración de los
asalariados que intervienen en esa producción. El cociente entre la
remuneración de los asalariados y el número de estos es la remuneración por
asalariado, concepto que es equivalente al del coste laboral por trabajador (no
al coste salarial por trabajador) y que en 2012 creció el 0,2% y en los tres
primeros trimestre de 2013 descendió el 0,2%. Las diferencias entre la
evolución de la remuneración por asalariado de la CNTR y de la del coste
laboral por trabajador de la ETCL se pueden explicar por las distintas
metodologías de ambas estadísticas (encuesta la segunda y estadística de
síntesis, que incluye a todas las estadísticas existentes, la primera) y por la
diferente cobertura, ya que la contabilidad abarca a todas las actividades
económicas y la encuesta excluye a los empleados del hogar, los trabajadores
agrarios y los empleados públicos no adscritos al régimen general de la
seguridad social. Pero estas diferencias se deben también a otras discrepancias
importantes entre las dos estadísticas, entre las que sobresalen que la CNTR
considera como asalariados a los autónomos que son propietarios de sociedades y
que trabajan en ellas (incluidos los cooperativistas) y que en la remuneración
de los asalariados se consideren las pensiones de los trabajadores públicos.
Pero ni el
coste laboral por trabajador ni la remuneración por asalariado mide el coste
efectivo del empresario por cada trabajador. Para ello, las magnitudes
anteriores hay que compararlas con lo que produce cada trabajador, la
productividad por ocupado (PIB real o en volumen / población ocupada), con lo
que se obtiene el coste laboral unitario (CLU) o coste laboral por unidad de
producción. Como la única estadística que estima la productividad por ocupado
es la Contabilidad Nacional, el CLU se obtendrá dividiendo la remuneración por
asalariado por la productividad por ocupado. Según este cálculo, el CLU, que ya
venía descendiendo desde 2010 (el 1,7% en 2010 y el 1% en 2011), se redujo el
3% en 2012 y el 2,5% en el conjunto del periodo enero-septiembre de 2013.
El retroceso
del CLU nominal es consecuencia tanto del freno o incluso retroceso del coste
laboral por trabajador (que figura en el numerador del cociente que calcula la
magnitud) como del mayor aumento de la productividad por ocupado (que figura en
el denominador del cociente) en las situaciones de crisis que en las de
expansión económica, ya que la evolución de esta variable tiene un
comportamiento claramente anticíclico porque, a diferencia de otros países, en
España el ajuste de las empresas ante los cambios de la situación económica es
preferentemente vía el empleo, que en nuestro país es muy fluctuante, en vez,
como en otros países, como Alemania, vía la jornada laboral, por lo que en
estos países el empleo es más estable.
A su vez, el
coste laboral unitario real, que es igual al coste laboral unitario nominal
dividido por el deflactor del PIB (indicador de los precios de la producción
interior), que venía disminuyendo desde 2001 con las únicas excepciones de
2007, 2008 y 2009, se redujo en 2012 el 3% (igual que el CLU monetario) y en el
período transcurrido de 2013 el 3,3% (descenso superior en ocho décimas
porcentuales al del CLU nominal), debido a que el deflactor del PIB se mantiene
en 2012 y aumenta en 2013, lo que supone que el descenso del CLU monetario no
se ha trasladado a los precios de la producción interior.
La
devaluación salarial, que, independientemente de la información relativa a los
salarios o los costes laborales que se utilice, se está produciendo en España y
que se refleja en el descenso de los salarios reales y del coste laboral
unitario desde 2010 y en el retroceso de los salarios monetarios que perciben
los trabajadores desde 2012, es la consecuencia del deterioro y debilitación de
la capacidad negociadora de los trabajadores, relacionado, primero, con el
efecto de la crisis económica en el derrumbe del empleo y en el fortísimo
aumento del paro que se produce en nuestro país, y, después, con la incidencia
en el agravamiento de la crisis y en la destrucción del empleo de las
estrategias de política económica seguidas por los distintos gobiernos desde la
primavera de 2010. En este sentido, destaca, por un lado, la política de
austeridad y de ajuste fiscal que afecta negativamente a la demanda interna y,
por otro lado, la contrarreforma laboral de 2012, aprobada apenas dos meses
después de constituido el gobierno del partido popular, y que ha provocado un
enorme desequilibrio en el marco de las relaciones laborales, en beneficio de
los empresarios y en perjuicio de los trabajadores, como consecuencia, entre
otros cambios, de la mayor facilidad y abaratamiento del despido, de las
mayores posibilidades de los empresarios para modificar las condiciones de
trabajo, incluidas las salariales, y de la degradación y empeoramiento para los
trabajadores y sus representantes de las condiciones y posibilidades de la
negociación colectiva.
Pero, a
pesar de lo que defienden los economistas y los organismos económicos
nacionales e internacionales (como el Banco de España, el FMI, la OCDE, el BCE,
la Comisión europea y el Consejo europeo) que propugnan la devaluación
salarial, esta no ha tenido efectos positivos sobre la producción y el empleo
sino que, al contrario, el impacto negativo del descenso de los salarios sobre
el consumo privado ha sido el efecto predominante. Y ello por dos razones
principales. La primera razón porque el salario tiene dos dimensiones, como
coste laboral de las empresas (que suele ser la que preferentemente, por no
decir únicamente, se considera por parte de los defensores de la devaluación
salarial), pero también como ingreso de los trabajadores (los asalariados
representan el 85% de la población ocupada) y, por lo tanto, como determinante
de una parte muy relevante del consumo privado (que supone casi el 60% del PIB
corriente o nominal). Esta influencia en el consumo privado del retroceso del
salario real e incluso del monetario supone un importante freno y limitación a
la producción (el PIB real o en volumen), que ha disminuido en términos
intertrimestrales desde el segundo trimestre de 2011 hasta el mismo trimestre
de 2013, con el consiguiente efecto en la destrucción del empleo y en el
aumento, hasta niveles difícilmente soportables, del paro. Esta situación es
consecuencia del incumplimiento de la Ley de Say tanto a corto como a largo
plazo, que toda oferta genera su propia demanda, porque las empresas no
aumentarán su producción, aunque se reduzcan sus costes laborales, si no se
crea la demanda suficiente.
Y la segunda
razón para explicar que la devaluación no está influyendo positivamente en la
actividad económica es que el retroceso del coste laboral unitario que acompaña
a dicha devaluación no implica necesariamente (como se propugna continuamente
por los defensores de la devaluación salarial) la mejora de la competitividad
de la economía española y ello porque ese retroceso no se traslada a una
reducción paralela y proporcional de los precios de la producción interior
(deflactor del PIB) sino que, como ya se ha señalado, se mantienen e
incluso aumentan. Y no se traslada a los precios por varios motivos, como la
apreciación o sobrevaloración del euro respecto de otras monedas, como el
dólar, la posible compensación, al menos parcial, por el aumento de otros
costes (principalmente energéticos por las subidas de las tarifas eléctricas y
financieros por las dificultades para conseguir créditos bancarios y el aumento
del tipo se interés sobre todo para las pequeñas y medianas empresas) y porque
la falta de competencia en muchos mercados de bienes y servicios (en
particular, en los sectores más estratégicos de la economía española) y el
control monopolista que imponen en muchos de esos mercados las grandes empresas
provoca el aumento del margen de ganancia empresarial lo que impide que se
refleje el descenso de los costes laborales en menores precios.
Esa
dificultad de la economía española para mejorar su competitividad se constata
en la evolución de los precios reales relativos de producción (que son los
verdaderamente significativos para medir la competitividad potencial de una
economía) respecto de otras economías, lo que se conoce como tipo de cambio
efectivo real, que se obtiene multiplicando, cuando la moneda del país
extranjero es diferente a la nacional, el cociente entre los precios de
producción nacionales y los precios de producción extranjeros por el tipo de
cambio nominal. Este indicador de la posición competitiva de la la economía
muestra que empeora esa posición si aumenta (crecimiento de los precios
relativos nacionales y/o apreciación del tipo de cambio) o que mejora si
disminuye (descenso de los precios relativos nacionales y/o depreciación del
tipo de cambio). Pues bien, esos precios reales relativos han crecido en 2012 y
en 2013 en relación con el conjunto de los países de la zona del euro y con el
de los países de la UE (destino de casi las dos terceras partes de las
exportaciones españolas), lo que supone un empeoramiento de la competitividad
de la economía española respecto de esos dos grupos de países. Por otra parte, los
precios reales relativos han crecido también respecto del conjunto de los
países desarrollados en 2013, aunque han disminuido en 2012, pero en este caso
el descenso se debe a la depreciación del euro respecto de otras monedas,
principalmente el dólar, algo que no ha ocurrido en 2013, y no a la disminución
de los precios relativos de producción nacionales que siguieron aumentando en
ese año.
Por todo
ello, la devaluación salarial, que se intensifica en 2012 y se produce
principalmente por la pérdida de capacidad negociadora de los trabajadores como
consecuencia, por un lado, del efecto en la destrucción del empleo y el aumento
del paro de la crisis y de las políticas de austeridad desarrolladas desde la
primavera de 2010, y, por otro lado, del desequilibrante efecto sobre las
relaciones laborales que supone la reforma laboral de 2012, al contrario de lo
que propugnan el gobierno y los defensores de esa estrategia de devaluación
salarial, ni ha mejorado la competitividad de la economía española ni ha alterado
significativamente la evolución del PIB ni del empleo, si no que, incluso, la
ha podido agravar y deteriorar aún más.
Por José
Ignacio Pérez Infante | Economista | Miembro de la Asociación Española de
Economía del Trabajo y de Economistas Frente a la Crisis
Fuente: ww.nuevatribuna.es

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