Pablo Iglesias
05
octubre 2013
No es
un secreto que las elecciones al parlamento europeo generan apatía entre buena
parte de la población, y es normal. Al fin y al cabo el parlamento europeo no
pinta casi nada en la estructura institucional de la Unión y es la mejor
expresión de eso que, eufemísticamente, suele llamarse “déficit democrático” de
Europa. ¿Qué es eso del “déficit democrático” europeo? Básicamente que las
decisiones políticas que se toman en el marco de la Unión (entre ellas nada
menos que la política monetaria) no tienen ningún tipo de respaldo democrático
para legitimarse. Otra prueba de lo poco que pinta el europarlamento es que,
como en el caso del senado español, los partidos envían allí a jubilarse a sus
viejas glorias. Es verdad que la eurocámara no pinta nada pero allí se cobra
mejor que en ningún sitio.
¿Entonces
por qué hay que dar importancia a las elecciones a un órgano que, en sí mismo,
es una burla a la democracia? Pues porque el europarlamento, en su nimiedad, es
lo más parecido a una representación simbólica de la voluntad de los ciudadanos
europeos. ¿Por qué es importante que exista algo que represente a los
ciudadanos europeos como comunidad política? Se lo aclaro ahora mismo.
Si en
el Estado español ganara las elecciones una coalición política democrática y patriota,
entendiendo por patriotismo la defensa de la mayoría de los ciudadanos,
independientemente de la nación con la que se identifiquen (que nadie olvide
que España es un país de países con varias identidades nacionales no
necesariamente superpuestas, como les gusta decir a los españolistas), debería
tomar las siguientes medidas, partiendo de la base de que las políticas de
austeridad son un suicidio que sólo beneficia a una minoría de privilegiados.
Habría
que abandonar la eurozona y tomar el control de la política monetaria e
inmediatamente devaluar para favorecer las exportaciones. Habría que decretar
la suspensión del pago de la deuda y comenzar su auditoría y reestructuración a
fin de ajustarla a criterios de justicia social y legitimidad. Habría que
nacionalizar la banca creando una banca pública que garantizará la inversión y
el crédito para las familias y la pequeña y mediana empresa. Al mismo tiempo,
habría que establecer inmediatamente sistemas de control para evitar la fuga de
capitales (y quizá reformar el código penal para disuadir a los
multimillonarios de llevar a cabo comportamientos contra la patria). Para
proteger la producción y las condiciones de trabajo dignas, sería necesario
también ampliar la titularidad pública a ciertas áreas clave de la economía (la
energía, el transporte, los servicios públicos y el resto de sectores
estratégicos). Sería crucial también iniciar un proceso de reindustrialización
mediante inversión pública apostando por formas de economía verde y alta
tecnología, para lo cual habría que adaptar el sistema educativo reforzando el
acceso a la educación primaria y secundaria y la calidad de la formación
profesional, las universidades y los centros de investigación de alto nivel.
Gracias a la inversión podría aumentar la productividad que iría siempre
asociada a los salarios. Sería imprescindible también llevar a cabo una reforma
fiscal redistributiva que acabara con el fraude de las grandes fortunas e
impusiera una presión mucho más justa sobre los privilegiados; gracias a ello
mejoraría la provisión de fondos públicos para la sanidad y la vivienda
públicas.
Pero
¿Sería todo eso posible en el marco geográfico del Estado español? Ni de coña;
un modelo casi autárquico estaría condenado al fracaso por la presión exterior
de los poderes europeos. Por eso es crucial que el proyecto político de los
demócratas y los patriotas establezca alianzas en la europeriferia y con los
países latinoamericanos. Por eso la campaña electoral de los demócratas y los
patriotas debe ser a escala europea mirando a América Latina, donde se ha
demostrado que un modelo alternativo al neoliberalismo es posible, viable y
bueno para la mayoría de los ciudadanos.
¿Pueden
conseguir esa movilización electoral, en perspectiva europea, la izquierda
política española y las izquierdas independentistas vasca, catalana y gallega
por si solas? Ni de coña. ¿Y si se unen? Tampoco es suficiente. Es necesario
que la izquierda se convierta en pueblo para que la indignación social (que sí
es mayoritaria) se convierta en una mayoría electoral capaz de plantear un
proyecto de refundación de Europa desde el sur. Las elecciones europeas son una
buena ocasión para visualizar el proyecto de los demócratas y los patriotas y
sus naciones pero para eso es necesario que la gente se crea que a las
elecciones se presenta algo más que la izquierda alternativa al PSOE (obligada
a pactar luego con el PSOE).
La alternativa “progresista” a lo que he defendido aquí es obvia
y la enunciaba con claridad cristalina el otro día la presidenta del gobierno
andaluz, que veía posible extrapolar el modelo de Andalucía al resto del
Estado. Evidentemente los dirigentes de IU se suicidarían si respondieran
condescendientemente a Susana Díaz en estos momentos, pero en su fuero interno
saben que los números son los números. Aquí no cuentan los principios sino la
aritmética; con un PSOE en torno al 25% y una izquierda política en torno al
15% en las próximas generales (y estamos siendo generosos con ambos, pues bien
podría volver a ganar el PP) nuestro país sólo aspirará a una gestión soft
de la austeridad que continuará desarrollándose y que no cuestionará el papel
periférico de España (sol, playa y mano de obra barata) en la estructura
euroalemana. Sin duda un gobierno del PSOE apoyado por IU (con ministros o sin
ellos) sería preferible a uno del PP pero da la impresión de que las
circunstancias permiten ser más ambiciosos. Las elecciones europeas son una
buena ocasión para demostrar el grado de ambición.
Fuente: www.publico.es

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