Desahucios y capitalismo
Artículos de
Opinión | José Haro Hernández | 06-12-2012 |
Ningún otro
fenómeno social como los desahucios concita tan intensamente las miserias,
incoherencias y contradicciones que concurren en el sistema capitalista y lo
conforman. Paradigma de esa incongruencia lo constituyen las declaraciones de
hace unos días del jefe de la patronal bancaria, Miguel Martín, que en un
alarde de surrealismo aseguraba que la solución a este problema no es otra que
hacer más y más casas, acompañadas de sus correspondientes créditos
hipotecarios. Que uno de los máximos prebostes del poder económico (y por ello
del poder real) realice una afirmación de este nivel en un país con 500
ejecuciones hipotecarias diarias y un millón de viviendas vacías, ilustra a las
claras la naturaleza kafkiana e irracional del régimen realmente existente. Y
es que la codicia perturba la razón, pero además da cobertura a la injusticia.
Y en ésta, la injusticia, encontramos tanto la causa de los desahucios como su
consecuencia. Efectivamente, a partir de una desequilibrada distribución de la
renta, algunas personas se encuentran con un dinero en sus manos que no
encuentra salida en la inversión productiva, por la sencilla razón de que ese
desigual reparto ha mermado la capacidad de consumo de buena parte de los
asalariados. Los bancos, rebosantes de dinero depositado por los ricos y de
préstamos de otros bancos extranjeros igualmente con sus arcas llenas, inflan
una burbuja, la del ladrillo, apostando a una creciente subida de su precio. En
el otro extremo de la cadena, gente con bajos salarios y empleos precarios a
los que se ofrece una generosísima financiación, con tasaciones desproporcionadas,
a fin de que puedan contribuir a cebar la bomba. Pero como viene ocurriendo
desde el siglo XVII con la especulación holandesa sobre los tulipanes, al final
la burbuja estalla. Sólo que ahora lo hace sobre un bien de primerísima
necesidad, y los perjudicados no son únicamente quienes apostaron en el casino,
sino primordialmente quienes, habitando un hogar, no pueden seguir
manteniéndolo porque han perdido su empleo o buena parte de sus ingresos. Pero
todo esto no pudo ocurrir sin la complicidad de las autoridades estatales, en
concreto las que supuestamente regulan el sistema financiero. Éstas simplemente
miraron para otro lado, dejando que el ’mercado’ encontrara su presunto
equilibrio y facilitando así primero el disparate y después el drama. Era, es,
el capitalismo sin brida, con unos partidos políticos emparentados con la élite
financiera y participando en una orgía que finalmente estamos pagando todos,
algunos con su sangre al no poder soportar que se les vaya a dejar sin casa y
sin futuro. Porque ahora entran en juego las leyes, alguna con más de un siglo
de antigüedad, pero persistentes en su objetivo de que las razones del banquero
cuentan más que el derecho sagrado a una vivienda digna. Y por si esto no
quedara claro, un supuesto partido socialista y obrero apaña las normas, allá
por 2009, para que a la gente se la pueda desahuciar a la mayor brevedad
posible. Y es que los bancos aprietan tanto que se comen hasta la historia y
las siglas que algún día estuvieron al lado de los débiles. Ahora, eso sí,
derraman lágrimas de cocodrilo por la gente que sufre; y lo hacen junto a esa
derecha inmisericorde y cínica que intenta lavar su conciencia promulgando un
decreto que es una ofensa, primero a la inteligencia, y después a la dignidad
de quienes están en trance de ser arrojados a la calle. Somos, seguimos siendo
a pesar de la crisis, un país rico con una alta renta per cápita, pero cada vez
hay más casas sin gente y gente sin casa. Se destinan miles de millones para
capitalizar esos bancos que nos han conducido a la catástrofe, pero no hay ni
un solo euro para salvar a la gente, para evitar que pierda su empleo y su
techo. Es un mecanismo perverso. Los desahucios son un crimen y el delincuente
que los perpetra atiende por el nombre de sistema capitalista. Debiera estar
entre rejas.

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