Alemania lanza el proceso contra
los últimos responsables vivos de la matanza de 642 civiles en 1944. El pueblo
es un símbolo de la crueldad nazi
Un viejo Peugeot 202 junto a los
edificios destruidos en Oradour-sur-Glane en una imagen de junio de 2006. / two
wings
En junio se cumplirán 70 años
desde que la división blindada Das Reich de la Waffen-SS perpetró, en la
localidad francesa de Oradour-sur-Glane, uno de los peores crímenes en la
sangrienta hoja de servicios del brazo militar de la SS nazi. Werner C. tenía
entonces 19 años y hoy es un carpintero jubilado que ha vivido tranquilamente
hasta que, esta misma semana, la Fiscalía de Dortmund presentó cargos penales
contra él por su presunta participación en aquella masacre de 642 civiles
franceses. El octogenario veterano ha admitido que estuvo en el pueblo, pero
dice que aquel día le tocó montar guardia junto a los vehículos de los
verdugos. Los fiscales creen, en cambio, que participó directamente en el
ametrallamiento de 25 hombres y que colaboró en la matanza de cientos de
mujeres y niños. Las autoridades judiciales
alemanas investigan, además, a otros cinco camaradas suyos alemanes y a un
sexto que vive en Austria. Todos rondan los 90 años de edad.
EL PAÍS
Los aliados
habían desembarcado en la Normandía ocupada por Hitler apenas cuatro días antes
de que la II División blindada de la Waffen-SS se pusiera en marcha hacia el
noroeste de Francia. Por el camino tenían orden de tomar represalias contra la
población civil. La resistencia francesa, alentada por las noticias del lento
avance hacia el interior de las fuerzas estadounidenses e inglesas,
intensificaba su hostigamiento a los alemanes desde la retaguardia. Con la
excusa del supuesto secuestro de uno se sus soldados, las tropas mandadas por
el general Heinz Lammerding colgaron a 99 rehenes civiles en la localidad de
Tulle el 9 de junio de 1944.
Al mediodía
siguiente, 120 hombres del regimiento conocido como Der Führer —en alusión a Adolf
Hitler— rodearon el pueblo de Oradour, a unos 30 kilómetros al noroeste de la
ciudad de Limoges. No se sabe a ciencia cierta por qué eligieron ese pueblo para la
masacre ejemplarizante. La urbe se conserva hoy tal y como quedó tras la destrucción, como símbolo de la barbarie nazi.
El comandante
Adolf Diekmann organizó los siguientes pasos: todos los habitantes tuvieron que
concentrarse en la plaza del mercado, donde los alemanes segregarían a los
hombres de las mujeres y los niños. A los primeros se los llevaron a cuatro
graneros locales, donde los ametrallaron en grupo y los fueron rematando a
punta de pistola. A las mujeres y a los niños los llevaron a la iglesia del
pueblo, donde los encerraron para poner en práctica el método de exterminio con
el que los alemanes asesinaron a millones de personas, sobre todo judíos, en
los territorios ocupados de Europa. Cuando vieron que no bastaba con la bomba
de humo tóxico que detonaron ante el altar para gasear a bebés, niños y
mujeres, los nazis abrieron fuego de fusil y arrojaron granadas de mano por las
ventanas antes de incendiar el edificio. La campesina Marguerite Rouffanche,
única superviviente de las 240 mujeres y 213 niños encerrados en la iglesia de
Oradour, saltó por una ventana. Contó cómo una vecina apellidada Joyeux trató
de pasarle a su bebé de siete meses. No pudo llevárselo en su huida a una
huerta próxima, donde cayó ametrallada por un alemán que la dio por muerta.
Sobrevivió con los cinco balazos.
El diario Bild
fotografió el jueves a un anciano con mostacho, gafas y gorro que iba a hacer
la compra apoyado en un andador de cuatro ruedas. Los reporteros dieron con
Werner C. cuando salía del súper en un barrio del oeste de Colonia y le
preguntaron por sus recuerdos de guerra: “Sí, estuve allí, pero no disparé un
solo tiro”.
El fiscal de
Dortmund Andreas Brendel está convencido de que Werner C. apretó el gatillo de
su subfusil junto a otros 14 soldados en una bodega donde murieron 25 hombres
indefensos. Sobre los desmentidos del anciano, el fiscal Brendel recuerda que
ningún veterano de la II Guerra Mundial “ha reconocido nunca” que cometiera
crímenes, “todos dicen que no dispararon un solo tiro”. El premio Nobel Günter
Grass, por ejemplo, usó esa misma frase cuando admitió, en 2006, que él también
había militado en la Waffen-SS al final de la guerra.
En el caso
de Werner C. se sabe al menos contra quién dice no haber disparado ese tiro:
los civiles de Oradour, entre los que asegura haber “salvado la vida de dos
mujeres” que regresaban del bosque justo antes de que sus camaradas masacraran
al pueblo entero y se dieran al pillaje de las casas vacías. Cuenta Werner C. a
Bild: “Cuando se acercaban les grité que escaparan de nuevo al bosque,
cosa que hicieron”.
Además de
los 25 asesinatos directos, los fiscales acusan al anciano de haber colaborado
en el gaseamiento y matanza de los civiles en la iglesia, bien como vigilante
apostado en las inmediaciones para ejecutar a los posibles fugitivos, bien
transportando material inflamable para quemar el edificio.
Esta ofensiva judicial será el
último intento de que los participantes en la masacre de Oradour respondan por
el crimen. En 1953, un tribunal de Burdeos condenó a 21 hombres por la masacre,
entre ellos a 14 franceses de la Alsacia anexionada por Hitler. También se
dictaron 44 condenas en rebeldía. Dos fueron sentenciados a muerte, pero solo
pasaron por la cárcel. Uno de ellos, el oficial Heinz
Barth, volvería a
ser condenado en la república Democrática Alemana en 1983. Salió de la cárcel
en 1997, por “mala salud”. Murió una década más tarde a los 87 años.
Fuente: www.elpais.com


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