La crisis y las políticas
económicas dominantes erosionan la cohesión social, disparan los niveles de
pobreza y ensanchan la brecha entre ricos y pobres
Una griega espera la comida de Año
Nuevo en un albergue de Atenas. / YORGOS KARAHALIS (REUTERS)
Seis años
largos después del arranque de la Gran Recesión, el número de británicos que se
ven obligados a acudir a instituciones benéficas para comer se ha multiplicado
por 20, según un informe reciente de Trussell Trust. Italia reconoció la semana
pasada a través de su Gobierno que los niveles de pobreza han subido a máximos desde 1997. El número de españoles
atendidos en los servicios de acogida de Cáritas ha pasado de 370.000 a 1,3 millones en lo que va de
crisis. A Grecia han vuelto enfermedades como la malaria y la peste.
La pobreza
es una abstracción, menos para quienes la padecen: los síntomas de
empobrecimiento colectivo y de creciente desigualdad están por todas partes.
Desde la Gran Depresión hasta la década de los setenta, Occidente se volvió
cada vez menos desigual gracias a lo que los economistas llaman políticas
contracíclicas; a partir de ahí todo eso empezó a arrojarse por la borda. La
crisis actual no ha hecho sino agudizar las desigualdades en Europa.
Los datos
que ofrecen Eurostat, la Comisión Europea, la OCDE, el Banco Mundial y los
informes del Luxembourg Income Studies son rotundos. Los índices de desigualdad
crecieron durante los ochenta y se redujeron en los noventa, en general, en los
países avanzados —aunque en España fue justo al revés—, para volver a
agrandarse en los años previos a la crisis. Europa era en 2007 más desigual que
en 1970. Una vez iniciada la Gran Recesión, la brecha entre ricos y pobres
siguió creciendo levemente hasta 2010, y cogió velocidad con el estallido de la
crisis de deuda —aunque ahí los datos aún tienen que confirmar con todas las de
la ley los ya numerosos indicios—, que llevó al continente a activar duras
políticas de austeridad.
Entre los países
más desiguales del continente figuran los bálticos, los latinos —España ocupa
el segundo lugar y es también el segundo país que más ha incrementado la
desigualdad entre los Veintiocho— y los de Europa del Este, junto con los
anglosajones, Reino Unido e Irlanda. Los menos desiguales son los
centroeuropeos, que en algunos casos, como los de Alemania y Holanda, han
aprovechado la crisis para reducir el abanico entre ricos y pobres.
Los países latinos, anglosajones
y bálticos son los más desiguales
El alud de
cifras de fuentes diversas es abrumador, y a veces contradictorio. Pero pueden
espigarse algunos números que subrayan esa tendencia indiscutible hacia la
mayor desigualdad. El 20% de los europeos más ricos gana cinco veces más que el
20% más pobre —un indicador que crece muy levemente en la eurozona— si bien en
países como Grecia y España esa cifra es de hasta siete veces más, según Eurostat. En España, en particular, los datos de desigualdad
crecen a toda velocidad, a un ritmo muy superior a la media. Y, al igual que en
los países anglosajones, la cicatriz es especialmente visible en el 1% más
rico: en 1976, el presidente de la tercera entidad bancaria española ganaba
ocho veces más que el empleado medio; hoy gana 44 veces más.
El ritmo es
asfixiante, aunque las magnitudes aún están lejos de las de EE UU: el primer
ejecutivo de General Motors se llevaba a casa unas 66 veces el sueldo de un empleado
medio; hoy, el presidente de Wal-Mart gana un salario unas 900 veces mayor. En
general, la tendencia es preocupante en toda Europa, pero no caben los
tenebrismos: las desigualdades son superiores en EE UU y en los países
emergentes, donde la renta per cápita sube y millones de personas han salido de
la pobreza, pero los más ricos son mucho más ricos que los pobres en
comparación con los estándares europeos.
La media
docena de fuentes consultadas para esta información coinciden en ese
diagnóstico. Thomas Picketty, autor de un monumental libro sobre desigualdad
—Capital en el Siglo XXI, aún no traducido al español—, asegura a este diario
que la creciente desigualdad europea obedece a varias razones. En economías con
bajo nulo crecimiento económico y de población, los efectos redistributivos del
sistema fiscal y del Estado de Bienestar son menores. La crisis agudiza esa
tendencia: reduce prestaciones, dificulta el acceso a la educación de los
desfavorecidos y, en general, “avería el denominado ascensor social”. La
globalización, la financiarización de las economías y la ingeniería fiscal han
agudizado esa tendencia. “El problema básico de la UE es que nuestras
insitituciones políticas no funcionan: activaron durísimos planes de austeridad
para restaurar la credibilidad fiscal, pero nada de eso ha funcionado. Europa
necesita imperiosamente más unión política, pero esta vez para acabar con la
competencia fiscal, para volver a disponer de instrumentos que permitan luchar
contra la desigualdad”, apunta.
La desigualdad
es corrosiva; el historiador Tony Judt, ya fallecido, aseguraba que corrompe a
las sociedades desde dentro. La Comisión Europea ha empezado a activarse ante
un problema que se adivina más y más importante, pero con los mecanismos
habituales: promete poner en marcha un indicador de desigualdad y, a falta de
políticas —y dinero fresco—, ha apretado el botón de alerta: “Europa encarda
una era de desigualdad creciente; la crisis ha golpeado particularmente a los
más débiles, a las generaciones más jóvenes y a las ciudades y regiones más
pobres. En los dos últimos año s hay más de siete millones de personas
adicionales en riesgo de pobreza. Hay que moverse para salvaguardar el modelo
social europeo”, explica el comisario Laszlo Andor.
Porque eso
es lo que está en juego: las tendencias actuales corroen el contrato social
europeo y puede que eso acabe desencadenando problemas sociales. Pese a que la
crisis invita a ser prudente, ya ha habido acciones más o menos violentas
(Grecia, Portugal, el movimiento 15-M) que se han movilizado contra ese
incremento de la brecha entre ricos y pobres, pese a que esos brotes son aún
insuficientes para concentrar el suficiente capital político. Y aun así, la
sensación de que la alternancia política es meramente decorativa, la impresión
cada vez más generalizada de que nada cambia en Bruselas, en Fráncfort o en
Berlín, los verdaderos centros de decisión europeos, puede provocar que toda
esa presión derivada del incremento de las desigualdades es evacúe hacia los
populismos, según temen fuentes europeas. “Los extremismos, además, buscan
chivos expiatorios —la inmigración, la corrupción, el descrédito de las
instituciones— y desvían el punto de mira del que debería ser el auténtico
objetivo: reformas fiscales audaces y cooperación fiscal internacional para
taponar los agujeros negros del sistema financiero”, apunta una fuente europea.
Charles
Wyplosz, del Graduate Institute, añade que la Gran Recesión “no ha dejado de
elevar el grado de desigualdad, y no va a dejar de hacerlo: ¿Quiénes han
perdido su empleo, y quiénes van a seguir perdiéndolo? Para suavizar eso se
inventaron las políticas contracícilicas: para acortar recesiones y aliviar el
sufrimiento de los más desfavorecidos. Pero Europa insiste en que este es el
precio que hay que pagar para purgar los pecados del pasado, el despilfarro
fiscal y la falta de reformas. En cierto modo, los políticos que han abrazado
esa narrativa tienen razón, pero en algún momento alguien tiene que darse
cuenta de que todo este castigo tiene algo de inmoral y puede llevarse por
delante el proyecto europeo”.
La
desigualdad es uno de los aspectos más controvertidos y va y viene, una y otra
vez. En el siglo XIX, Karl Marx y David Ricardo alertaron de las incógnitas que
suponían altos niveles de desigualdad para el conjunto del sistema. Tras el
crack de 1929 llegaron décadas de esplendor y el debate se soterró cuando los
niveles de desigualdad bajaron drásticamente. En algunos lugares, algunos
indicadores de desigualdad vuelven a niveles próximos a los años previos a la
Gran Depresión: Estados Unidos ha tomado nota y su presidente, Barack Obama,
señala la lucha contra la desigualdad como “uno de los grandes desafíos de
nuestro tiempo”; Nueva York ha elegido a un alcalde, Bill DeBlasio, que llevaba
la desigualdad como el mascarón de proa de su campaña; los mejores economistas
se enzarzan en agrias polémicas al respecto.
En Europa,
cuna de Marx y Ricardo, el nivel del debate es muy inferior. Pero empieza a
estar ahí. ¿Qué dicen los marxistas al respecto? Costas Lapavitsas, profesor de
la Universidad de Londres, es tajante: “Las políticas de rescate han agravado
la desigualdad en todos los aspectos: salarios, pensiones, desempleo,
laminación del Estado del Bienestar. Queda claro que la UE no tiene ya un programa
keynesiano, que proyecte poder blando a través del crecimiento y el nivel de
vida: se ha convertido en un proyecto neoliberal puro, elitista, socialmente
insensible, que promueve una nueva estratificación social. Dadas las pobres
perspectivas de Europa, las cosas solo pueden empeorar: política y socialmente,
más desigualdad sería un serio peligro para Europa a la vista de los
extremismos que vienen”.
Desde la ortodoxia, un economista
muy diferente a Lapavitsas, Daren Acemoglu, apunta en la misma dirección: “Lo
más peligroso de la desigualdad es cuando llega a tocar la política: la
democracia corre riesgos cuando hay gente con mucho dinero que puede llegar a
tener un enorme poder”. El sociólogo español José María Maravall huye de
tenebrismos y explica que la tendencia hacia la mayor desigualdad es
inequívoca, pero en el pasado “ya pudo controlarse a través del gasto social y
de las orientaciones políticas de los Gobiernos europeos en determinadas
épocas, la más reciente durante los años noventa”. ¿Hay políticos en Europa
dispuestos a dar un golpe de timón con políticas redistributivas, y electorados
dispuestos a apoyarles?
Fuente: www.elpais.com
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