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| 14 Enero 2014 - 12:38 h.
Dicen que la
primera víctima de una guerra es la verdad. La mentira es una táctica para
desorientar al enemigo. La verdad es la médula de la conciencia. Tal vez
entonces destruir la verdad es matar la conciencia.
También las
dictaduras trituran la verdad. Están viciadas en su propia raíz haciendo creer
que se inician para salvar una patria cuando en realidad responden a ansias
espurias de dominio sobre los demás.
La
democracia debería ser el estadio político donde la verdad se instalara como
norma de convivencia. Porque la democracia es en teoría el poder del pueblo y
el pueblo no se engaña a sí mismo. Nosotros llegamos a la democracia como
resultado de una lucha del pueblo por alcanzarla. Porque la democracia que hoy
tenemos (con sus mutilaciones y deformidades) es el esfuerzo de un pueblo. Ni
el Rey, ni Suárez, ni aquellos padres de la Constitución parieron la
democracia. Ellos vehicularon la lucha de un pueblo por la libertad y los derechos
que durante tantos años permanecieron pisoteados. El pueblo fue el protagonista
de ese parto y del pueblo sigue siendo la mayoría más absoluta por encima
incluso de los partidos elegidos para encauzar las aspiraciones democráticas.
Pero la
verdad como reflejo de la conciencia es también una víctima de la democracia.
“Juro o prometo por mi conciencia y honor guardar y hacer guardar la
Constitución” Es la fórmula de toma de posesión de los altos cargos de
nuestros gobiernos. Y esa conciencia y honor son destruidos conscientemente
desde los primeros pasos en sus respectivos cargos. No hace falta una guerra
para fusilar la palabra y la verdad, sino que en plena democracia son abatidas
a las primeras de cambio. Hay mentiras que se heredan y que van guardadas en la
cartera ministerial que se recibe. Son “secretos de estado”.
Los partidos
políticos tienden a apropiarse la voz de la mayoría. Cuando un presidente o
ministro se coloca frente a un atril, trata de encerrar en los folios escritos
las aspiraciones nacionales. Y surge entonces la consigna ensayada: Hay que
legislar sobre el aborto, la economía, la seguridad ciudadana porque la “gran
mayoría de los españoles” lo están exigiendo. Es una apropiación
prevaricadora porque saben sobradamente que no hay una mayoría que invoque esa
necesidad. Gallardón, ese expropiador de úteros, violador de derechos
femeninos, intruso de cuerpos de mujer, extrae de su conciencia mitrada una ley
del aborto porque –dice, y al decir sabe que miente- que una mayoría de mujeres
exigen ser protegidas de las agresiones socialistas y que hay que ayudarlas a
mantener su dignidad. Y para eso nada mejor que disfrazar unas creencias
impuestas por un báculo episcopal bajo una ley seudoprotectora de lo femenino.
Gallardón
usurpa la conciencia de la mujer y la subyuga a su propia conciencia. La mujer
debe pensar como piensa Gallardón y adecuar su quehacer al quehacer apostólico
y romano del ministro. Ha olvidado su juramento o promesa: guardar y hacer
guardar la Constitución. Y la Constitución exige la no discriminación por
razones de sexo, religión, etc. La Constitución acepta y promociona a la mujer
en cuanto mujer y nadie puede amputarle unos derechos adquiridos para situarla
por debajo del varón. El ser humano está en el mundo a través de su cuerpo.
Hombre y mujer se sitúan en la existencia a través de cuerpos distintos y por
tanto la forma de constituirse como interlocutores de la historia es propia de
cada sexo. Y el derecho a la maternidad y el derecho a no ejercerla es
propiedad del cuerpo femenino y su decisión debe ser respetada hasta las
últimas consecuencias.
Los
dictadores se apropian de los derechos ciudadanos. Cuando un demócrata expropia
a alguien de sus derechos se convierte en un dictador que invoca las
aspiraciones de las mayorías como un golpista cualquiera.
Salvapatrias,
salvaderechos, salvamujeres prevaricadores que ejercen estos vocablos
lingüísticos como quien aporta bienestar a través de su cargo. Necesidad de
pasar a la historia de forma escandalosa por la incapacidad de transitarla
desde una sombra fecunda y transformadora.
Gallardón
adornó con una mitra episcopal su conciencia y honor y ampara su cobardía bajo
el peso dorado de una capa pluvial.

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