Emilio Jurado | Director de CDIEM
nuevatribuna.es
| 14 Enero 2014 - 12:36 h.
Un cínico es
una persona que genera un discurso, falso pero verosímil, para ocultar la
intención real de su comportamiento. Un cínico dice A pero actúa en B (perdón
por el chiste fácil). Un cínico es una persona que conoce la importancia que
tienen los detalles, que sabe que las cosas pequeñas pueden que no
oculten las cosas grandes, pero las disimulan, las desdibujan, dan sombra. Eres
un ladrón, si pero mientras solo seas imputado no pasa nada (sólo el tiempo que
puede remediar todo con su poder prescriptor). Te lo has llevado muerto, si
pero si consigues unas firmas por aquí y unos editoriales pagados por allá, la
duda ha quedado sembrada. Si finalmente un juez decide entrar a fondo, se sacan
los caballos y el alfil, versus fiscalías y agencia tributaria, y a defender
atacando.
Decir que la
suerte que corren millones de ciudadanos de este país que han de soportar
desempleo, desahucios, cortes de luz, ninguneo y atropello de toda clase de
derechos es consecuencia de una catástrofe general llamada crisis
financiera, es un ejercicio de cinismo que solo es posible en una sociedad que
se ha habituado a convivir con la tergiversación, la confusión, y el
trastabille de todo cuanto ocurre.
Cinismo
institucionalizado. Nada es lo que parece y lo que parece algo no es nada sino
artificio. Se hace un mundo de la cuestión de las soberanías de Gibraltar o de
Cataluña, pero ni una ni la otra. El soberano por antonomasia resulta que urde
entre bambalinas un duelo de tablas sobre Gibraltar, porque no nos interesa.
Esa posición se mantiene hasta nuestros días. El interés intrínseco que pueda
tener la roca es el de sacar su contubernio de cuando en cuando, cada vez que
el agua apriete y sea necesario un bombeo para bajar la presión sobre el
gobierno de turno. Cinismo puro.
Otro tanto
ocurre en Cataluña. El envite soberanista independentista es un ejercicio
cínico para avanzar en un modelo administrativo en el que la soberanía no pinta
nada. El avance hacia un sistema más sofisticado y eficiente de administración
y de participación de la ciudadanía en la toma de decisiones políticas es
absolutamente necesario, lícito, envidiable, alejado de cualquier ejercicio
de cinismo, pero el arrebato soberanista catalán huele a podrido tanto como la
sobrerepresentación de algunos ministros y secretarios de estado recordando el
papel sacrosanto del ejército en la unidad territorial de la patria.
Cinismo y
nada más que cinismo. Algo comprensible en un país que ha hecho de las
instituciones unos tótems intocables y blindados. Dios es uno, la iglesia su
representación en la tierra, el rey su contable de los asuntos mundanos, el
gobierno la espada que defiende el orden sacro, la corte aristocrática o
burguesa el pueblo escogido, y finalmente los pecadores zarrapastrosos que
incapaces de tener un relato propio habrán de aceptar la palabra revelada en
los evangelios, el hola o el BOE. Igual de sagrados y fraudulentos todo ellos.
Sólo
quebrando el halo de sacralidad de las instituciones para devolverlas a una
realidad humana podremos, además de evitar que éstas mantengan su discurso
embustero, hacer que sean instrumentos para el desarrollo y el progreso social
y la concordia entre los diferentes. La buena noticia es que casi todas las
instituciones han perdido el poder persuasor que les ha permitido embelesar
primero e hipnotizar después a tantos y tantos.
La infanta
Elena no tiene fama de mujer aguda, pero me parece que daba en la diana, quizás
sin querer, cuando decía en una entrevista en un medio marginal que le
impactaba el descrédito de las instituciones. Ella, que confunde persona e
institución, no está preparada para recibir críticas, desplantes, citaciones
judiciales, ni abucheos. Mucho menos el descrédito y la infidelidad de los
súbditos.
Todas las
instituciones son todas, algunas de ellas enmascaradas arteramente para que su
ejercicio de cinismo sea menos detectable. Hace sólo unos días un empresario
español que aparece siempre muy próximo a escándalos en licitaciones y
sospechas de corrupción de funcionarios, patrocinaba y presentaba públicamente
los resultados de una investigación sociológica en la que se reseñaba que la
corrupción era uno de los lastres de las economías modernas, dinámicas, y bla,
bla, bla. ¡Con qué regocijo oía esta conclusión el cínico de turno!

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