En 2014 se cumplen 25
años de la caída del Muro y varios libros retratan la Alemania del Este
Berlín estrena un
museo sobre la vida en la República democrática
Frontera divisoria entre el Este y
el Oeste de Berlín en 1961, año de construcción del Muro. / Getty Images
Desde lo alto de la torre humeante,
bajo una pertinaz lluvia, Babette Scurrell muestra las cicatrices del cuerpo de
su ciudad, Dessau. Es un conjunto de manchas verdes, que en un amplio tramo
conforman un corredor que recorre esta urbe del este de Alemania.
Antes, en esos espacios, se erguían bloques de viviendas u otros edificios. La
emigración y el envejecimiento de la población local subsecuentes a la caída
del muro los dejaron vacíos y abandonados. Un programa federal se encarga,
desde 2002, de derribarlos. En total, más de 200.000 viviendas han sido
demolidas. En su lugar brotan espacios verdes. Pedazos enteros de la ciudad —de
esta y de muchas otras— se han evaporado en la transición de esta sociedad al mundo
libre.Pero en lo alto de la torre, el olor de otra era persiste.
En tiempos de la RDA, este complejo industrial era un ahumadero de productos
cárnicos. La planta cesó su actividad hace casi un cuarto de siglo. Sin
embargo, el inconfundible olor sigue penetrando las narices de aquellos que
suben hasta la cumbre de la torre, como un insuprimible recordatorio de un
tiempo pasado, pero no del todo desvanecido.
La
reunificación no trajo solo una oleada de euforia. A la esperanza siguió la
decepción y a esta, la estabilización
Scurrell, que ahora es
investigadora de la fundación Bauhaus de Dessau, recuerda sus sentimientos en
los días de la reunificación. Al contrario de lo que muchos occidentales
tienden a pensar, no fue solo una oleada de euforia y felicidad. “Yo tuve un
sentimiento de decepción. Soñé hasta el final con que podríamos encontrar una
tercera vía entre el modelo capitalista y el socialista. Con la caída del muro
tuve claro que simplemente se proyectaría sobre nosotros el sistema
occidental”, dice.
Scurrell, que tiene 54 años, divide
en tres fases el tiempo transcurrido desde entonces: “En primer lugar, fue
mayoritario un sentimiento de esperanza y entusiasmo. Luego vino una fase de
decepción. Y ahora una de estabilización”, en la que sin duda la buena
coyuntura económica de Alemania simplifica los encajes, amortigua los golpes.
La distancia, la serenidad, la estabilidad hacen que esta sea una época fértil
y adecuada para la reflexión sobre la identidad de Alemania del Este, el legado
de la RDA, su impronta sobre sus exciudadanos.
Como un síntoma de la oportunidad
de esta época para la reflexión, varias obras ambientadas en el mundo de la RDA
han llegado al mercado hispanohablante en los últimos meses. La novela En tiempos de luz menguante, de Eugen Ruge, editada por Anagrama; Algún
día nos lo contaremos todo, también una novela, de Daniela Krien,
publicada por Salamandra; En la ciudad del mañana, la
correspondencia entre la escritora Brigitte Reimann y el arquitecto Hermann
Henselmann (Errata Naturae), y la película Bárbara, de Christian
Petzold.
Además, en Berlín, se inauguró a
finales de noviembre un nuevo museo sobre la vida cotidiana en la RDA. El
centro se suma a otro abierto, también en la capital, hace nueve años y que
visitan medio de millón de personas cada año. Pero a diferencia de este, el
nuevo museo es público, y tiene una inspiración más política.
“Los ciudadanos del Este se
sintieron durante décadas alemanes de segunda. Creo que, después de la caída
del muro, la mayoría de la gente se esforzó para abrazar el modelo occidental y
convertirse lo más rápido posible en alemanes de verdad”,
reflexiona Ruge, autor de En tiempos de luz menguante, en
conversación telefónica desde Alemania. “Al principio, los ciudadanos del Este
intentaron sobre todo olvidar. Alejarse. Pero, después de un tiempo, la gente
ha empezado a reflexionar sobre su identidad, a mirar hacia sus raíces”.
“Después de la unión, naturalmente
ha habido algo de decepción”, prosigue el escritor. “El Este tenía una imagen
edulcorada del Oeste. La realidad nunca podría estar a la altura. Pero el
retorno a las raíces no es solo por eso. Creo que es una cuestión de salud
psicológica. Es una manera de confesar quién eres. En tiempos de luz
menguante es mi confesión”, dice Ruge, quien tiene 59 años, y escapó de la
RDA un año antes de la caída del muro gracias a una hábil y atrevida artimaña
burocrática. Simuló ser invitado al Oeste por un hombre mayor que llevaba su
mismo apellido, y que Ruge afirmó era un familiar suyo a punto de fallecer. La
burocracia de la RDA no detectó el engaño.
En tiempos de luz menguante,
que ganó en 2011 el Deutscher Buchpreis —prestigioso premio a la mejor novela en
lengua alemana—, es la historia de una familia del Este a lo largo de varias
generaciones. En contraluz, se vislumbra un amplio retrato de la RDA. La
construcción narrativa de la saga de los Umnitzer y su relación con el
entramado social en el que viven se entronca perfectamente en la corriente
literaria que viaja desde los Buddenbrook de Thomas Mann
hasta los Lamberts (Las correcciones) y los Berglund (Libertad)
de Jonathan Franzen.
Identidad y legado de la RDA
naturalmente provocan reflexiones de corte muy distinto. Un artículo del autor
y periodista Stefan Berg publicado el pasado verano por Der Spiegel
sostenía por ejemplo que el concepto de Alemania del Este ha muerto, y que es
hora ya de redactar un obituario. Según Berg, ni la identificación con la RDA,
ni con un más neutral concepto de Alemania del Este persisten de forma
sensible; aunque permanezcan diferencias, argumenta, la fractura entre las dos
partes de Alemania se ha recompuesto.
“Soñé
hasta el final con encontrar una vía entre capitalismo y socialismo”, dice una
investigadora de la fundación Bauhaus
Pero, a nivel individual, en la
calle, no es infrecuente detectar, incluso en jóvenes que no conocieron la RDA,
cierto sentimiento de identificación con el Este. Estudiantes universitarios
inscritos en Facultades del Oeste sostienen a menudo que sí perciben todavía
que algo los diferencia de sus compañeros occidentales.
Y en el segmento demográfico más
adulto, una de las diferencias más evidentes es, quizá, el apego al modelo. En
Dessau, Philipp Oswalt, director de la fundación Bauhaus, observa que es
inevitable que al “haberse proyectado sobre el Este el sistema occidental”, el
“nivel de adhesión al sistema sea inferior”. No se trata de rechazo —pese a
temores de tiempos pasados, las opciones políticas radicales no han
prosperado—, pero sí de una mayor distancia, escepticismo, frialdad.
La fundación Bauhaus ha trabajado
en un interesante proyecto para asegurar la sostenibilidad de las localidades
del Este que se siguen encogiendo debido a la despoblación subsecuente a la
unión, al colapso del tejido industrial local. A escasa distancia de Dessau, en
Wolfen, queda un auténtico monumento de la desindustrialización y de lo que
representa en términos sociales, económicos y culturales: ORWO. Es la fábrica
de películas que originariamente se llamaba AGFA. Tras la guerra, la rama
occidental mantuvo el nombre AGFA; la planta original, la de Wolfen, siguió con
la marca ORWO. Abasteció de películas, cámaras y videocámaras a gran parte del
Pacto de Varsovia; dio trabajo durante décadas a decenas de miles de personas;
pasó de centro productivo a museo en un santiamén.
Oswalt, que es del Oeste, habla en
el despacho contiguo al que utilizaba Walter Gropius
en el magnífico edificio de la escuela en Dessau. Aquí trabajaron Klee
y Kandinsky.
Dessau cuenta con un teatro importante, historia, pero al igual que anodinas
urbes de sus alrededores surgidas cerca de polígonos industriales, sufre una
despoblación y un envejecimiento que cuestionan su vitalidad, su futuro, su
identidad. La libertad y la mejora de los estándares de vida logrados en el
Este tras la caída del muro no impiden que amplias áreas de este territorio
pierdan vidas a raudales y que el grado de adhesión al sistema sea inferior que
en el Oeste.
La distancia del modelo actual, por
supuesto, no es nostalgia del anterior. “Puede que hubiera un momento en el que
algunos sintieran nostalgia, pero creo que ese sentimiento ya no existe o es
absolutamente minoritario”, observa Scurrell. Evaporado el entusiasmo inicial,
desvanecida la nostalgia, el horizonte está ahora más despejado para evaluar
con lucidez el pasado y sus consecuencias.
Las obras traducidas recientemente
al castellano facilitan un acercamiento a ese proceso. La correspondencia entre
Reimann y Henselmann, por ejemplo, es un interesante documento de los anhelos,
ideales y frustraciones de dos destacados representantes del experimento
político-social de la RDA. Henselmann fue el arquitecto de mayor renombre del
país; Reimann, una de sus más brillantes escritoras.
Daniela Krien, de 38 años, sitúa su
novela Algún día nos lo contaremos todo en una localidad rural del Este
en los primeros compases de la reunificación. Aunque los rasgos intimistas
predominen en la textura literaria de la novela, la historia irrumpe poderosa a
menudo, rasgando el velo emocional del relato.
Bárbara, en cambio, la
película de Christian Petzold, encara de lleno las miserias del régimen de la
RDA. El filme reconstruye con notable intensidad el sentimiento de opresión
propio de la vida bajo un régimen. El simple ruido de un coche que se acerca de
noche a la vivienda de alguien que ha manifestado de manera demasiado explícita
su disenso da escalofríos. Promete sufrimiento, opresión. “Ninguna otra
película sobre Alemania del Este en los últimos 20 años me ha emocionado tanto
como esta”, escribió un corresponsal —alemán del Este— en Berlín del semanario The
Economist.
Y el nuevo museo de Berlín
—estructurado en cuatro secciones: Dominación y vida cotidiana, El colectivo y
el individuo, Consumo y carencias y Repliegue y resurgimiento— ofrece nuevos
estímulos para una reflexión muy oportuna en la era de la vigilancia total.
No es casualidad que la sociedad —y
la política— alemana destaque entre aquellas que con mayor vigor están
rechazando las prácticas de vigilancia y espionaje masivos desveladas por los
documentos filtrados por el excontratista de la Agencia de
Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos Edward Snowden.
Medio siglo de vida bajo —o cerca— de la STASI deja su rastro.
Tampoco es casualidad que varios de
los protagonistas del extraordinario episodio de filtración de documentos
secretos hayan decidido trasladarse a vivir a Alemania, donde se sienten más
seguros que en países con historiales democráticos más amplios como Reino Unido
y, obviamente, Estados Unidos. En estos templos de la democracia y el respeto
del derecho, la defensa de la seguridad se ha impuesto tanto sobre las
libertades individuales y colectivas que el diario The Guardian
está siendo sometido a poco menos que una persecución por publicar
informaciones sobre las praxis del espionaje. Los parlamentarios británicos
preguntaron a su director, Alan Rusbridger, si amaba a su país; los alemanes
maniobran para que Snowden declare sobre las prácticas de la NSA.
Así, Sarah Harrison, mano derecha
de Julian Assange
en Wikileaks
que ayudó a Snowden en su huida de Hong Kong a Rusia y en su posterior búsqueda
de asilo, abandonó Londres por Berlín, donde se siente más segura. En Alemania
también viven Laura Poitras, la documentalista estadounidense que fue la
primera en entrar en contacto con Snowden; y Jacob Appelbaum, un hacker
que facilitó las comunicaciones encriptadas entre el filtrador y los
divulgadores.
Significativamente, el nuevo museo
de Berlín no tiene una sección específica sobre la Stasi. “No le dedicamos una
sección especial porque estaba presente en cada minuto de la vida cotidiana”,
comentó Mike Lukash, director del museo, a Enrique Müller, colaborador de este
diario en Berlín. La sensación cada vez más inquietante es que la NSA también
lo está.
Los anticuerpos desarrollados bajo
el yugo de una dictadura pueden ser muy útiles. Los músculos atrofiados durante
décadas de vida económica y social bajo un sistema fallido y —a veces— cruel no
se recuperan del todo y con facilidad pese a las atenciones de un poderoso y
rico hermano. Estas circunstancias siguen marcando, de alguna manera, aunque
sea ya suavemente, el este de Alemania, el indiscutido titán de la Europa actual.
El olor en la cima de la torre de
Dessau ya no intoxica; tampoco se ha desvanecido. Es un buen momento para
reflexionar sobre su identidad, legado y consecuencias en el cuerpo del gigante
que lidera el continente.
En tiempos de luz menguante.
Novela de una familia. Eugen Ruge. Traducción de Richard
Gross. Anagrama. Barcelona, 2013. 394 páginas. 19,90 euros (electrónico,
15,99). Algún día nos lo contaremos todo. Daniela
Krien. Traducción de María José Díez Pérez. Salamandra. Barcelona, 2013. 188
páginas. 15 euros. En la ciudad del mañana. Correspondencia.
Brigitte Reimann y Hermann Henselmann. Traducción de Ibon Zubiaur. Errata
Naturae. Madrid, 2013. 173 páginas. 16,90 euros.
Fuente: www.elpais.com

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