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Miércoles, 8 de Enero de 2014 - Actualizado a las 11:09h
Pamplona.Roberto Rocafort Lozano, luchador
incansable contra los crímenes del franquismo, falleció
este miércoles en Pamplona a los 79 años de edad. La conducción al
cementerio de Pamplona, para su incineración, tendrá lugar este miércoles día
8, a las 11.15 h de la mañana, desde el Tanatorio Irache de Pamplona. El
viernes, día 10, se celebrará una despedida en el Patio de los Gigantes de
Pamplona (calle Descalzos, 72) a las 19.40 h
Rocafort, en
2007 descubriendo una placa en homenaje a los fusilados en la Guerra Civil
durante la celebración del 76 aniversario de la II República, en la Vuelta del
Castillo de Pamplona. (Javier Bergasa)
TESTIMONIO
PUBLICADO EN LA WEB DE BATZARRE
Yo vengo a
contaros la historia de un asesinato. Se llamaba Javier Rocafort Apesteguía.
Tenía 28 años, mujer y dos hijos de cuatro y dos años. Historias como esta se
repitieron a cientos por toda Navarra. Unos días después del alzamiento
militar, lo llevaron preso por el único delito de pertenecer a Izquierda
Republicana. Tras 10 meses de duro cautiverio, lo mataron.
En tan
infaustos días mi madre se viene a Pamplona con el fin de atender a su marido y
de encontrar un trabajo para poder subsistir.
Mi madre no
paró de hacer gestiones para evitar lo peor para mi padre. Los militares le
dijeron que sería muy conveniente conseguir certificados de buena conducta. Los
pide y consigue los susodichos certificados de diversas autoridades de
Sangüesa. Por lo visto –y por lo que sucedió- el efecto que producían era el
contrario. Al día siguiente, asesinaron a mi padre. Ni siquiera tuvieron la
decencia y la mínima humanidad de comunicárselo a mi madre.
Mi madre se
entera del día que lo matan a través de un constructor de Sangüesa, que
trabajaba en Pamplona y que iba jactándose por el pueblo de su “hazaña”. “Domi,
no vayas a ver a tu marido que ya lo han matado; que han matado a los tres de
Sangüesa (Rocafort, Moriones y Mangado) en el monte San Cristóbal”, le dijo.
De cómo se
enteró su hija quién era su padre. Una anécdota curiosa que me pasó fue la
siguiente. Un día, en un semáforo me encontré con una mujer de Sangüesa y me
preguntó que a ver cómo estaban mis padres. Yo le contesté: “pues, mira, mi
madre ya ha muerto y mi padre fue asesinado en 1937 por tu padre”. Se quedó sin
habla. Y le añadí: “me has preguntado y me has obligado a contestarte; y esto
que te digo lo sabe todo Sangüesa”.
Aquellos
viles asesinatos han quedado impunes. Sin justicia. Ni uno sólo de los asesinos
navarros fue juzgado ni condenado. Los familiares sólo queremos justicia y que
se conozca la verdad.
Javier, mi
padre, escribió varias cartas a su mujer Dominica Lozano, desde su encierro en
el fuerte de San Cristóbal. Están fechadas entre finales de julio de 1936 y el
6 de abril de 1937. En esta correspondencia trata de tranquilizar a su familia.
Y, a pesar de las duras condiciones en las que se encontraban los presos, jamás
aparece una queja que pudiera inquietarles. Sólo cariño y confianza para su
mujer y para sus dos pequeños hijos, María Ángeles y Roberto.
Las cartas:
“Me recuerdo mucho de los chicos. Por mí, estad muy tranquilos, porque estoy bien.
Y como yo nada he hecho, a mí nada me harán, me tomaron declaración y como es
natural no me procesaron porque no han encontrado ni señal de causa, por lo
tanto estoy muy tranquilo…
El jueves te
marchaste un poco preocupada, porque te pareció que yo estaba más delgado. Pues
he de decirte que estoy como siempre, muy bien. Sólo que como no sabía que ibas
a venir no me afeité y la barba desfigura mucho. Ya te decía en la carta
anterior que no vinieras, porque en primer lugar hace mucho frío y a mí me da pena
que lo pases mal por verme, pues yo te escribiré todas las semanas. No tengas
ninguna pena por mí que estamos bien. Yo lo que quiero es que tú te encuentres
fuerte y serena para las cosas. Yo sabiendo que estáis bien ya no tengo penas…
Domi, cuídate
mucho, a ver si te encuentro bien lo mismo que estabas antes, pues me llevaría
un disgusto si te encontrara desmejorada. Aunque ya me figuro que trabajando
tanto como lo que tú trabajas no se puede estar bien. Domi, me parece que voy a
ser tan feliz cuando nos juntemos con nuestros hijos como nunca. Pues, créeme,
que todo lo que tú haces por nosotros, si tengo salud, pienso compensártelo con
creces. Con nada material se te puede pagar, sino moralmente, como ya sabes que
lo haré…
Tú ahora que
tienes más gastos no te preocupes por mí. Y tú y los chicos cuidaros todo lo
mejor posible, pues ya sé que tú te quitarás de lo tuyo para que a los hijos y
a mí no nos falte nada. Así como yo no te podré pagar nunca lo que haces por mí
aunque viva cien años. Lo mismo harán los hijos cuando sean mayores. Bien les
haré reconocer lo mucho que tú te sacrificas por ellos, pues ya me dijo madre
que están los dos muy gordos y muy majos. Esto es lo que más me tranquiliza a
mí, porque así comprendo que no se les conoce la falta de su padre, y así no
sufro por ellos, sólo por ti.
Por eso, te
repito en todas las cartas que ya tendré tiempo si hay salud, para
compensártelo todo con creces y algo más que no se paga con ningún dinero y no
quiero hablarte más de esto porque ya te diré algo, el día que nos juntemos
para siempre.
Le dices a
María Ángeles que le llevaré una muñeca y a Roberto un caballo”.
Pero la
muñeca y el caballo no llegaron nunca porque lo mataron el mismo día que
escribió esta carta.
A través de
estas cartas que os he leído, he conocido a mi padre, y hoy le mando estas
líneas.
“Todo
Sangüesa imaginó que Javier había tenido un hijo la mañana que pasaste por el
pueblo tocando el claxon de tu moto. Querido Papá, soy Roberto ese hijo que
tanto deseabas. Durante dos años, solamente dos años, te dejaron jugar conmigo.
No nos dejaron estar más tiempo juntos. El odio, la envidia, la ambición y la
locura, se apoderaron de España, en especial de tu querida Navarra, de tu
pueblo; primero cárcel, diez meses de cárcel, sin juicio, sin motivo alguno.
Después el asesinato a sangre fría, seguramente con una pistola en una mano y
un crucifijo en la otra. Pero quiero que sepas, querido papá, que estoy
orgulloso de ti, que prefiero mil veces que seas asesinado a que fueras
asesino. Solamente te conozco por las cartas que enviabas a mi madre desde la
cárcel, pero son suficientes para saber que eras un hombre de bien, que
pensabas ser muy feliz con tu familia el día que todo terminase, pero no te
dejaron, te quitaron la vida… ¡por nada!
Un abrazo
papá, un abrazo grande, profundo. Me gustaría creer que un día te pudiera
conocer, pero me niego a creer en el Dios de tus asesinos.
Adiós papá,
adiós para siempre.
Tu hijo Roberto”.

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