Una
vez fui invitado a casa del matrimonio para la presentación de la ópera Merlín,
de la que es autor el tío bisabuelo de Albertito, Isaac Albéniz.
Tras el concierto doméstico, llegaron las bebidas y los canapés...
nuevatribuna.es | Por Máximo Pradera | 08 Enero 2014 -
16:06 h.
Gallardón es un narcisista carente de códigos morales
cuyo solo objetivo en la vida es dejar su impronta allá donde fuere
@maxpradera | Conocí a Ruiz–Gallardón a finales
de los noventa, en casa de una pianista a la que ambos admirábamos. Él era aún
Presidente de la Comunidad de Madrid y acudía de vez en cuando
a las soirées musicales de Miguel y Rosa, en compañía de su
mujer, Mar Utrera. Con ella hablé poco, pero lo suficiente para darme cuenta de
que era bastante más inteligente y despierta que su casi siempre achispado
marido.
Tengo la
teoría de que Mar servía de dique de contención al delirio de Albertito.
Si es cierto que esta gran mujer anda ahora delicada de salud, el
desbordamiento de toda la demencia gallardoniana que estamos
padeciendo últimamente podría deberse a que las mermadas fuerzas de ella ya no
son capaces de poner coto a los desvaríos narcisistas de él.
Mar frenaba
a Gallardón porque lo tenía calado.
Una vez fui
invitado a casa del matrimonio para la presentación de la ópera Merlín,
de la que es autor el tío bisabuelo de Albertito, Isaac Albéniz.
Tras el concierto doméstico, durante el cual nos fueron ofrecidas algunas
arias y dúos, llegaron las bebidas y los canapés. La casa de los Gallardón, en
la calle Serrano Anguita de Madrid, es espaciosa y señorial (heredada, creo, de
su padre) así que se formaron varios corrillos de tertulianos. Yo picoteé de
flor en flor, hasta que fui a parar a un grupo compuesto por unas ocho
personas, entre las que estaban, además de los dos anfitriones, Fernando
Fernández Tapias y su todavía novia palentina (que no cesaba de repetir que él
era un diamante en bruto, haciendo mucho más hincapié en
lo de bruto que en lo de diamante) y algún
que otro gorroncillo, tan insignificante que su nombre no merece el honor de
figurar ni entre estas humildes líneas.
Albertito empezó
a contarnos a todos, verdaderamente entusiasmado, que estaba deseando comprar o
alquilar el piso de al lado, cuyo propietario había amagado en más de una
ocasión con marcharse, no recuerdo ahora si a otro barrio, o directamente,
al Otro Barrio.
–Me llevaría
allí el piano y los discos. Sería mi pied-à-terre musical–anunció
con sonrisilla pretendidamente malévola, como de personaje secundario de Las
Amistades Peligrosas–, con sala de audición, para no dar la lata a mi
familia.
Sonaba todo
bastante razonable, pero Mar nos dio enseguida las claves de tan ambicioso
proyecto marital y le desmontó el tenderete con una sola frase.
–Alberto –le
respondió con comprensiva socarronería–, si quieres montarte un picadero, no se
te ocurra ponérmelo en el piso de al lado. Lárgate a la otra punta de Madrid.
Sirva esta
anécdota para ilustrar mi teoría sobre Gallardón: su vida es, desde que se
despierta hasta que se acuesta, una farsa decepcionante y absurda, durante la
cual va insultando la inteligencia del personal, creyendo que puede hacer
creer a media humanidad que su conducta no está regida por la vanidad personal,
sino por la altura de miras.
Nada más
lejos de la realidad. Gallardón es un narcisista carente de códigos morales
cuyo solo objetivo en la vida es dejar su impronta allá donde fuere, aunque
ello suponga hacerle pagar al prójimo un precio prohibitivo de dolor. Como
la Dama, Dama de la canción de
Cecilia, Albertito está dispuesto a ser: el niño en el bautizo o el
muerto en el entierro, con tal de dejar su sello.
En cierta
ocasión –yo era por entonces un famosete televisivo de moda –nos
enzarzamos en una discusión musicológica de altos vuelos (yo ponía la altura y
él el vuelo, porque en cuanto le da por beber, suelta pluma que
no veas) sobre un pianista canadiense al que ambos admiramos: Glenn Gould.
Tanto espacio ocupó el artista en nuestras conversaciones, que Gallardón
acabó regalándome –me la envió a mi domicilio, por mensajero–la integral
en láser–disc de los conciertos de este auténtico genio. Seguramente
fue su manera retorcida y aviesa de insinuarme que deseaba venir de invitado
a Lo + Plus, cosa que, dicho sea de paso, no consiguió nunca.
Glenn Gould
era un intérprete que detestaba los conciertos y amaba los estudios de
grabación. Sostenía–no sin cierta razón–que a veces los virtuosos terminan
haciendo demasiadas concesiones a la galería para ganarse al público:
aceleran los tempi, abusan del rubato, hacen pausas
melodramáticas en los calderones, fuerzan, en suma, la parte circense de la
interpretación para meterse al auditorio en el bolsillo a base de
pirotecnia y no de arte. Yo objeté, ante la obtusa
incondicionalidad gallardoniana, que Gould, sublime en la mayoría de
las piezas (sobre todo de Bach) a veces resultaba completamente arbitrario
y antimusical en otras. Le cité, por ejemplo, el caso del Preludio en
Do Mayor del Primer Libro de El Clave Bien Temperado. Gould toca las
notas en staccato, en una decisión interpretativa que desvirtúa
completamente el carácter cantabile de la pieza (Gounod construyó
sobre esos acordes su famoso Ave María) y que resulta solamente
entendible por un esfuerzo enfermizo para resultar original.
Ésa era la
filosofía de Gould cuando se ponía a grabar: primero escuchaba todas las
interpretaciones fonográficas de referencia y luego se preguntaba: ¿cómo
puedo tocar esto de manera que no lo haya tocado nadie?
La pregunta
que se debe hacer un intérprete honesto y cabal nunca es esa, sino más bien
esta otra:
¿cómo
puedo tocar la pieza de manera que pueda hacer llegar la esencia de la misma
hasta el oyente?
El pianista
vienés Alfred Brendel lo dijo mucho mejor que yo hace años:
Pertenezco a
una tradición en la que es la obra de arte la que le dice al intérprete lo que
debe hacer y no el intérprete el que le dice a la pieza como debería ser o al
compositor qué es lo que debería haber compuesto.
Pues bien, a
pesar de su indudable genialidad, Gould se comportaba a veces como ese tirano
al que desprecia Brendel, aplicando criterios estilísticos cuyo único fin era
el de sonar diferente –aunque el precio final de ese anhelo
narcisista lo acabaran pagando el compositor y el oyente.
A veces,
incluso–un ejemplo clamoroso es la Sonata Fácil de Mozart, que
Gould ejecuta con la frialdad de un autómata– su interpretación se
convertía en un auténtico ajuste de cuentas con determinado compositor, al
cual detestaba.
Mirad lo
estúpido y pueril que podía llegar a ser Mozart – parece querer decirnos Gould
con un bajo Alberti que torpedea literalmente –y a martillazos– la melodía
principal–, un compositor que murió demasiado tarde, no demasiado
prematuramente (la frase es auténtica)
Alberto
Ruiz–Gallardón defendía con vehemencia a Gould incluso en esos casos. Yo aún diría más: sobre todo, en esos casos.
Decía que
era entonces cuando se convertía en un ser asombroso y fascinante, siempre
dispuesto a ofrecer a sus incondicionales una versión de cada obra
absolutamente personal y diferente.
Pues bien,
para mí Gallardón –ya lo habrán adivinado– encarna ese reverso tenebroso de
Glenn Gould, pero sin anverso luminoso alguno.
Todos sus
actos políticos – desde el endeudamiento salvaje de Madrid a la Ley de Tasas
Judiciales, y ahora la Ley del Aborto– no responden más que a su enfermiza
obsesión por dejar su impronta personalísima en su gestión
pública, adoptando medidas y promulgando leyes arbitrarias por el simple
hecho de que nadie se ha atrevido a hacerlo así todavía.
Ahora
intenta aprobar una nueva Ley del Aborto que justifica diciendo que es progresista
y en defensa de la vida.
La mejor
prueba de que Gallardón no ha tenido jamás en la cabeza la idea de salvar
vidas, sino única y exclusivamente, la de llamar la atención sobre sí
mismo – como Gould en sus interpretaciones vengativas– es que ha tardado
dos años en sacar el Proyecto de Ley de su siniestra chistera. Y eso que
asegura que lo llevaba en el Programa.
Hasta que
sea aprobada –la ley vuelve ahora al Consejo de Ministros, luego va al
Congreso, después al Senado, para finalmente regresar a la Carrera de San
Jerónimo para su aprobación final –tal vez pasen tres largos años.
En estos
momentos se están practicando unos 100 mil abortos legales en España. Ya hay
cálculos según los cuales, con la restrictiva ley gallardoniana, más de un
noventa por ciento de los abortos que hoy se producen en nuestro país no
tendrían cabida legal. Eso supone 90 mil niños –la derecha más
ignara, ultracatólica y recalcitrante de nuestro patrimonio
nacional los llama así– a los que el Ministro de Justicia podría
haber salvado de la trituradora (utilizo terminología
medieval, made in Ana Botella), si su Ley se hubiera promulgado al
día siguiente de que se constituyeran las Cortes Generales. Si la ley se
promulga a finales del Tercer Año Mariano, el número de criaturas a las que
Gallardón podría haber redimido del sacrificio – en su lógica
ultramontana–, salvando esas vidas sacrosantas que tanto se ufana en
defender, ascenderá a 270 mil.
Con su
inexplicable indolencia (digna del socorrista pasota de Cruz y Raya)
habrá condenado a muerte –sigo empleando su indecente
lenguaje–a 270 mil inocentes, víctimas de supuestas madres
desnaturalizadas, hedonistas, carentes de criterio ni moralidad alguna.
En vez de
intentar socorrer desde el instante mismo en que tomó posesión –¿hay algo más
urgente que salvar la vida de un bebé a punto de morir?– a 300
mil pequeñines ¿a qué está jugando Gallardón? A conceder entrevistas
autofelatorias a La Razón y al ABC, en las que se dedica a presentarse como la
nueva Reserva Espiritual de Occidente, el Faro Moral de Europa,
que servirá de orientación y guía, hoy a España y mañana a todos los
países de nuestro degradado entorno.
Albertito aún
está a tiempo. A tiempo de hacerle caso a la maravillosa madre de sus hijos y
de montarse su delirante picadero lo más lejos posible de nosotros. Y de
llevarse con él esa espeluznante Sonata Fácil de Mozart,
literalmente ejecutada por Glenn Gould.
Fuente: www.nuevatribuna.es

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