RICARDO
PEDRO J. RAMÍREZ
Actualizado: 04/01/2014 21:33 horas
Fue, en efecto, un año aciago, uno de los más nefastos de aquel
siglo. Todos los demócratas debemos recordarlo con espanto y es obligación de
las autoridades contribuir con el mayor vigor a que jamás se nos olvide. Pocos
resumieron tan bien lo sucedido como alguien con las credenciales del poeta
Adolf Blanch i Cortada, coautor con Bofarull de la Gramàtica Catalana, secretario
de la Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona e ilustre colaborador de La
Renaixença: «Todas las instituciones que con tanta gloria habían contribuido al
sostenimiento de la guerra nacional fueron derribadas de un solo golpe, presos
los varones eminentes que más se habían señalado por su saber y patriotismo, y
conculcado cuanto revelaba popular origen».
La cuenta atrás hacia la ignominia comenzó el 24 de marzo cuando
aquel Borbón cruzó la orilla del río Fluviá, junto a la localidad de Báscara,
para dirigirse a la «inmortal Gerona» acompañado de un fuerte contingente
militar. La ciudad le acogió, engalanada, con gritos fervorosos de «¡Viva la
Nación!».
Al proseguir el viaje el Rey quiso detenerse en Mataró, la
localidad en la fachada de cuyo ayuntamiento había aparecido clavada seis años
antes -como llamamiento a la rebelión- una escarapela con la bandera española y
el lema «¿Quién me tomará?». Llovía intensamente, pero el monarca fue conducido
bajo palio a la iglesia parroquial «entre el entusiasmo del pueblo y el
incesante repique de campanas que expresaba el gozo que a todos embargaba».
¡Lo que nos hizoa todos
aquel rey, aquel aciagodía 11 de aquelfunesto año 14!
Blanch i Cortada relata también el emotivo encuentro en Molins
de Rei entre el monarca y el molinero Josep Manso i Solá, que tanto había hecho
por la defensa de las libertades patrias con las armas en la mano: «Manso hincó
la rodilla para besar la real mano y quitándose la espada la presentó por la
empuñadura a Su Majestad». El Rey le abrazó «devolviéndole la espada» y le
dijo: «Dios te guarde, buen español. ¡Cuánto te debo!». Luego le sentó a su mesa,
«sirviéndole tres platos por su propia mano».
La comitiva se trasladó después a Reus, donde el monarca recibió
a una autodenominada «comisión de expatriados barceloneses» compuesta por los
próceres y representantes que habían preferido salir de la capital del
Principado antes que soportar el yugo del ejército invasor. El doctor Abadal
tomó emocionado la palabra: «Señor: los expatriados de Barcelona, representados
en esta diputación, vienen a besar la augusta mano de Vuestra Majestad, a
felicitarle su venturoso arribo a las Españas... y solicitarle se digne emplear
sus paternales desvelos para el rescate de Barcelona, aquella ciudad tan
desgraciada como leal que...». En ese momento se quebró la voz del doctor
Abadal, «a lo que, tomándole el Rey la mano y estrechándola contra su pecho,
contestó: 'Sí, sí, muy leal, muy leal', enterneciéndose también vivamente».
Según el erudito local Gras i Ballvé, Reus era entonces «una de
las poblaciones más liberales de España». De hecho, apenas tres meses antes se
había publicado en el Periódico Político y Mercantil de la Villa de Reus,
dirigido por Jaume Ardèvol i Cabrer, un indignado artículo contra las
resistencias reaccionarias a la observancia de la Constitución: «Cuando se nos
llama ciudadanos libres es cuando estamos más lejos de la libertad. ¿Acaso los
catalanes no somos españoles?». Pero en la villa no faltaba El Centinela de la
patria en Reus, editado por el dominico Tomàs Gatell y el franciscano Josep
Rius, destinado a combatir a quienes difundían los «errores y blasfemias de
Rossó y Voltér (sic)», utilizando para ello «tinta venida del infierno».
La llegada triunfal del Rey sirvió para mostrar esas dos
sensibilidades. Cuando el órgano liberal enfatizó que se habían pronunciado
gritos de «¡Viva la Constitución!», El Centinela le corrigió: «Sólo una vez se
dio el viva a la Constitución y no tuvo séquito; no por odio a este famoso
código sino por inoportuno, cuando se celebraba la fiesta del Rey y no la de
las nuevas tablas».
Ambos periódicos coincidieron sin embargo en el atuendo de
algunos de los que homenajearon al monarca en Reus. El órgano liberal lo dijo
en verso: «Al lado del Rey jóvenes brillantes / ostentaron sin extranjero aliño
/ a la antigua Española tu cariño». El Centinela fue más explícito: «La noble compañía
de algunos amables jóvenes... nos presentó el carácter del catalán sincero y
español verdadero; aquel antiguo carácter que se descubría en el vestido a la
Española tan majestuoso como despejado».
En Reus se presentía la tormenta. Pero como ha escrito María
Dolores Gimeno Puyol, profesora de la universidad Rovira i Virgili y autora de
una monografía sobre este debate periodístico-constitucional, «al iniciarse el
siglo los dos bandos sólo compartían la voluntad de una Cataluña leal a
España».
El 26 de abril se firmó el armisticio que implicaba la salida
del ejército ocupante de la Ciudad Condal. Blanch i Cortada explica como «los
habitantes de Barcelona se abrazaron unos a otros dando gritos de ¡Viva España!
y ¡Viva la paz!». Era la culminación de la resistencia iniciada seis años antes
cuando, según el propio autor, «Cataluña rivalizó con el resto de España para
sostener la integridad del territorio español y la dinastía de sus reyes».
El 30 de abril, festividad de San Fernando y aniversario de la
acción del Bruch, se produjo la entrada solemne del Rey en Barcelona, aunque
sólo en efigie. Su retrato presidía una «soberbia carroza» con su
correspondiente escolta militar. «A sus pies y en el testero del coche se veía
arrodillada una noble matrona, figurando a Barcelona en actitud de presentar su
corazón al más amado de los Reyes. Tendido a sus plantas un perro significaba
la lealtad catalana».
El monarca había llegado entre tanto a Valencia, haciendo oídos
sordos de las instrucciones escritas de la Regencia para que se dirigiera a
Madrid a jurar la Constitución. Cuando el presidente de esa Jefatura del Estado
colectiva, su propio tío el cardenal de Borbón, se desplazó a cumplimentarle en
los llanos de Puzol, el Rey le tendió su anillo y le conminó a someterse a su
autoridad: «¡Besa!». Tras «seis o siete segundos» de vacilación, el máximo
representante del poder constituido dobló la cerviz ante el único soberano que
la España servil estaba dispuesta a reconocer.
El monarca tenía ya en su poder el llamado Manifiesto de los
Persas, en el que 69 diputados le instaban a derogar la Constitución y cuantas
disposiciones habían emanado de ella. Lo hizo con su tristemente célebre
decreto del 4 de mayo, en el que se borraba de un plumazo la legislación
liberal «como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio
del tiempo».
Seis días después, la noche del 10 al 11 de mayo, tenía lugar en
Madrid la primera gran redada política de la Historia de España contra
representantes electos. Veintitantos diputados, la flor y nata de las Cortes, y
otros tantos prohombres liberales, o como diría Joaquín Costa «todo lo que
había de ilustre y europeo en nuestra patria», fueron detenidos en sus
domicilios y encarcelados en lóbregas mazmorras bajo la supervisión del general
Eguía, alias Coletilla, recién llegado de la capital valenciana.
Fue el caso de los Argüelles, Calatrava, Martínez de la Rosa,
Muñoz Torreros, Istúriz, Lorenzo Villanueva, García Herreros, Alvárez Guerra,
Fernández Golfín... También el del eximio poeta y dramaturgo Manuel José
Quintana, quien dejó testimonio de la experiencia: «Suena la hora, dase la
señal y el tropel de esbirros y soldados inunda las calles y empieza a golpear
las casas: '¡Ábrase a la justicia!', '¡preso por el Rey!'... eran los ecos
tristes que en medio del silencio pasmaban a las familias despavoridas que por
primera vez los escuchaban... Esta recompensa reciben, este descanso encuentran
después de seis años de sacrificios, de fatigas y de combates».
Pocas horas después, el día 11 por la mañana, la lápida en honor
de la Constitución fue arrancada de la municipal Casa de la Panadería, partida
en mil pedazos y arrastrada en un serón por las calles de Madrid por una turba
absolutista. Los más osados, «reclutados -según Mesonero Romanos- en las
tabernas y mataderos», emprendieron la caza del flamasón y se encaramaron a los
balcones de la Cárcel de Corte, en la trasera del Palacio de Santa Cruz,
exhibiendo los cascotes y vociferando: «¡Lo que se hace con la lápida debe
hacerse con los autores de la Constitución!». Aquel día 11 triunfaron las
cadenas. Todos los días 11 de este año, desde enero hasta diciembre, deberíamos
estremecernos recordándolo.
El diario Atalaya, redactado por el padre Agustín de Castro con
licencia especial del general Eguía, resumía en su siguiente número lo
ocurrido: «¡Noche del 10 de mayo! ¡Ah, tú serás cantada entre los días más
solemnes que vio el mundo! ¡Noche del 10 de mayo! Españoles, alabemos y
ensalcemos al Señor... Nos trae a nuestro idolatrado Soberano que, con la
sabiduría del ángel, acaba de encadenar a los mismos que nos tenían ya
amarrados al cepo del infierno».
Entre quienes celebraron de forma similar lo ocurrido estuvo el
diputado Llazer i Codina, último Inquisidor de Barcelona, que pronto vio con agrado
el restablecimiento del Santo Oficio. Sin embargo la suya fue una posición muy
minoritaria en la ciudad, quizá porque, como ha escrito Ramón Arnabat,
«Catalunya havia experimentat al llarg del segle XVIII un prolongat creixement
econòmic fonamentat en l'especialització productiva, la integració del mercat
català i l'intercanvi comercial amb les colònies americanes».
De ahí que durante los meses posteriores a los sucesos de mayo
el cónsul francés informara a su ministerio en París de que los barceloneses
seguían seducidos por «las quimeras de su Constitución». E incluso de que, si
se exceptuaba a la plebe más baja e inculta dominada por el clero, «el resto de
la gente sólo piensa en la Constitución». Así dejó constancia de ello Josep
Fontana en su obra La quiebra de la Monarquía absoluta. Nunca como entonces fue
tan cierto su reciente aserto de que «la independencia se logra con una guerra
de independencia».
Así lo entendieron los habitantes del Principado, movilizados
por proclamas como la que difundió dos años antes desde Moià el general Luis
Lacy: «Catalanes. Echaos a desear y ya lo tenéis todo. Constitución: monumento
eterno de la sabiduría de las Cortes... Un formidable Ejército aliado que está
desembarcando en estas costas para confusión y exterminio de los vándalos.
Perdón general concedido por las Cortes para que el débil, el descarriado pueda
aliviar sus remordimientos... El que no llene los deberes de ciudadano, el que
no acuda con fervor a acogerse a las banderas de la gloria y del honor, huya de
los buenos, confúndase entre los execrables, y olvide que ha sido Español».
Hasta tal punto había calado esta sensibilidad y este mensaje
que cuando el general Lacy fue uno de los primeros en sublevarse contra la
tiranía borbónica implantada por el decreto de Valencia, tuvo el respaldo de
«una insurrección civil, urbana y popular» porque «buena parte de la población
y especialmente el proletariado industrial estaban de acuerdo con un movimiento
de este signo». Fue un intento fallido que acabó con el inicuo fusilamiento de
su protagonista, pero lo esencial es que, como subraya Fontana -y cuando digo
«subraya» quiero decir subraya, (Ariel 1978, p. 248)- «una gran parte del
vecindario de Barcelona estaba dispuesto en aquella noche para romper las
cadenas de la patria».
Por eso, siguiendo el ejemplo de los catalanes de entonces, y al
margen de que a casi todos los ministros y dirigentes de la oposición les suene
a chino, ningún buen español de hoy debería dejar de recordar lo que nos hizo
Fernando VII aquel aciago día 11 de aquel funesto año 14.
pedroj.ramirez@elmundo.es
Fuente:
www.elmundo.es

No hay comentarios:
Publicar un comentario