EL
REY SE MUERE
A primera vista “El rey se muere”, de
Eugéne Ionesco, se muestra como el más grande y contundente poema dramático
escrito sobre el propio morir. La escritura de Ionesco bebe en el surrealismo y
sus fuentes oníricas, tornándose más poemática que dramática, abriendo cauces
inesperados a la percepción de lo real, a la libre capacidad asociativa del
espectador.
Desde las primeras lecturas sentí que la increíble
densidad de las situaciones que vive el “rey muriente” tenía más acentos de
sueño que de vigilia. Y traté de “soñar” la partitura más cerca del hombre
contemporáneo que de la fantasía gótica que, de salida, propone Ionesco.
Nuestro Berenguer, herido de muerte su corazón, vive
su morir soñándose monarca de un reino de pacotilla, roído por la desidia y el
desastre ecológico y humano, entre melodías triviales, voces de grandes
almacenes y recuerdos de consumo ilimitado. Berenguer es, hasta casi el final,
presa del ego más terrible, y sólo la ayuda de Margarita le facilitará la
aceptación y el desapego.
Tal vez podría encontrarse una posibilidad de paz,
entendiendo que atacar o destruir al otro, a los otros, no es sino una
expresión de nuestro miedo a la desaparición, a ser destruidos. Quizás la
reflexión sobre nuestra propia muerte aliviara la tendencia destructora hacia
nuestro alrededor. El extraordinario valor del texto de Ionesco como reflexión
sobre el morir, alcanza a la generalidad, a la humanidad del siglo XXI, cosida
de miedos y apegos.
Y lo que el público quizás pueda ver con su mirada
interior, en este espectáculo del Teatro de La Abadía, sea la lucha del ego de
Berenguer, cualquiera de nosotros, que se defiende y cornea cual rinoceronte
alado, tratando de esquivar el acoso implacable de la Reina Margarita; un San
Jorge femenino, vestido por Balenciaga que, con secreto amor, no le dará
cuartel hasta el final. Un cuento necesario.
Por José Luis Gómez
UNA ABSTRACCIÓN SUBJETIVA
Hace tiempo en dos ocasiones tuve la
oportunidad de ver “El rey se muere”, de Eugéne Ionesco. La primera vez en el
contexto político de la dictadura y la segunda en tiempos de la democracia
coronada. Pero repasando los programas que conservo como espectador de las
obras de teatro a las cuales he asistido, tropecé con esta sinopsis que el gran
director José Luis Gómez hizo sobre esta obra. Me pareció una abstracción, al
menos yo así lo percibo. Donde el tema de la muerte del rey no es el argumento
central, sino la decadencia de una institución, entronizada por intereses en
los destinos de un pueblo. Pero que al llegar la consumación de los siglos, el
propio sistema rechaza por obsoleta y decadente. Cada cual puede hacer su propia
conjetura y vivir a su manera esta peripecia dentro de la misma farsa. Aquí lo
que menos importa es que el rey se muera o no, es la monarquía lo que debe de
ser capaz de mutar o desaparecer.
Supongamos que sea verdad que la España
democrática fue salvada de las garras del franquismo golpista por la ínclita
personalidad del Rey. Aceptemos en aras del consenso que la monarquía ha
cumplido su función constitucional de árbitro y representatividad del Estado de
Derecho. Aceptemos, también, que la Nación que se pretendía crear después de un
golpe de estado, una aguerra civil y una dictadura, la institución monárquica
hubiera supuesto un anacronismo transitorio. Provisionalidad aceptada como un
mal menor y en absoluto estrictamente necesario y mucho menos imprescindible.
La coyuntura que además fue consumada con un consenso democrático, perdura más
de siete lustros. Sin embargo, hoy la institución monárquica no responde al
espíritu de la Constitución. Por desidia de los gobernantes, por intereses de
algunos partidos o por desubicación de los tiempos que corren, el pueblo se ha
distanciado de la Corona. El Rey y su familia han tenido demasiados aduladores,
malos consejeros y compañías nada recomendables. La Casa del Rey se ha dejado
blindar por la opacidad y ausencia de crítica por parte de los políticos y los
medios de comunicación; abusando de la llamada inviolabilidad constitucional.
Los miembros de la Familia Real, como institución, no han estado a la altura de
las circunstancias actuales. Han estado fuera de lugar en el siglo XXI. Una
institución milenaria entroncada en una Europa democrática, no encaja en el
concierto de las naciones modernas. Mientras en la República la Jefatura del
Estado está encarnada en una persona, en una monarquía la misma institución, la
máxima magistratura del país, lo integra una familia entera y numerosa en la
mayoría de los casos. Donde la conducta de todos y cada uno de sus miembros,
aunque en diferente grado, afecta a la más Alta Institución. No se trata de, “a
Rey muerto Rey puesto”, ni tampoco “el Rey ha muerto viva el Rey” y mucho menos
“Dios salve al Rey”. Se trata de que la institución persista sin traumas, y lo
más importante que sea elegida por el pueblo.
Por Pedro Taracena
Fuente: www.ecorepublicano.es

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