El auténtico problema de la banca
Artículos de
Opinión | Juan Torres López | 03-12-2012 |
Después de
varios años de crisis, y a pesar de que se trate siempre de ocultar sus
responsabilidades, me parece que la inmensa mayoría de la gente sabe que sus
causantes más directos han sido los banqueros. Gracias a su enorme poder
político fueron imponiendo en los últimos treinta años condiciones muy
favorables para su negocio, pero que al mismo tiempo generaban los peligros que
traían consigo su autodestrucción. A lo largo de los años cincuenta, sesenta y
setenta se habían acumulado grandes volúmenes de liquidez (por la existencia de
dólares “sobrantes” que dejaban de ser tan atractivos como años antes, cuando
las demás monedas estaban muy debilitadas; por las enormes ganancias de las
multinacionales; o por la gran circulación de petrodólares).
Tanta
liquidez en manos de los bancos les llevaba a proporcionar créditos por todo el
mundo, aunque para eso tuvieran que corromper a Gobiernos y empresarios para
hacerlos deudores, aunque no los necesitaran. Y así se larvó lo que luego,
cuando subieron los tipos de interés, sería una gigantesca explosión de la
deuda.
Cuando se
generalizaron las nuevas tecnologías de la información, la situación cambió:
entonces ya se podía mover el dinero de un lugar a otro sin apenas dificultad y
obteniendo grandes beneficios. Eso llevó a los banqueros a reclamar y a conseguir
que se eliminara cualquier tipo de barrera a los movimientos de capitales y que
cambiaran las leyes que hasta entonces vigilaban el destino de los recursos
financieros, para evitar el peligro que siempre lleva consigo su volatilidad.
Cuando
comenzaron a comprobar que en los nuevos flujos financieros se podía invertir a
gran velocidad (hoy día a 250.000 dólares por segundo), la inversión
especulativa se incentivó extraordinariamente y los bancos se dedicaron a
destinar los recursos de los ahorradores a esos fines, en lugar de aplicarlos a
la actividad productiva, mucho menos rentable.
Con una
legislación cada vez más laxa, con autoridades que los banqueros conseguían que
miraran siempre a otro lado y con un ansia ilimitada de ganar cada vez más
dinero, los bancos creaban continuamente nuevos productos financieros cada vez
más sofisticados y rentables (aunque también peligrosos), muchos de ellos
envueltos en engaños y fraudes de mil tipos (como las hipotecas basura, las
preferentes, los ‘swaps’, etc., que terminaron arruinando a millones de
personas).
Y para
ampliar continuamente el negocio multiplicaban la deuda, lo que permitía que la
especulación financiera se alimentase a sí misma, a costa, claro está, de un
apalancamiento financiero elevadísimo de las empresas y de las familias de
mayores ingresos.
Así se fue
creando la burbuja que todos conocemos y que descapitalizó prácticamente por
completo a la banca internacional, dejándola de facto en situación de máxima
insolvencia o de quiebra.
Aunque casi
todo el mundo reconoce que esto es lo que ha sucedido, las interpretaciones del
por qué ha podido ocurrir algo así son muy diversas. Los liberales afirman que
la culpa es de los bancos centrales y de los Gobiernos que dejaron hacer. Y la
verdad es que no les falta algo de razón, aunque olvidan que los Estados y
Gobiernos no son entes abstractos, sino que reflejan el poder dominante en la
sociedad y que lo que han hecho en realidad ha sido servir de instrumentos a
los banqueros. La mayoría de las personas, por el contrario, piensa que han
sido los bancos los auténticos culpables de todo ello, pero lo suelen achacar a
la avaricia, a su gran irresponsabilidad y a la impunidad con que han podido cometer
auténticos crímenes financieros. También es una explicación razonable pero
igualmente limitada.
En mi
opinión, la causa última de todo lo que ha ocurrido está en otro factor al que
apenas se hace referencia: el privilegio que tiene la banca privada para crear
dinero gracias al llamado ‘sistema de reservas fraccionarias’ (Vicenç Navarro y
yo hemos explicado claramente la naturaleza y las consecuencias de este sistema
en nuestro libro Los amos del mundo. Las armas del terrorismo financiero
. Espasa, Madrid 2012).
La gente
normal y corriente suele creer que el dinero lo crea el Estado pero eso no es
así. Hoy día, los Estados, a través de los bancos centrales, no crean sino más
o menos un 5% del total del dinero que circula en la economía. Prácticamente todo
el resto lo crean los bancos. Y lo crean de la nada, cada vez que dan un
crédito.
Y puesto que
dar créditos a partir de la nada les proporciona beneficio y poder, es lógico
que su interés principal y constante sea el de aumentar sin cesar su volumen,
haciendo así que crezca indefinidamente la deuda global de las economías.
Ese
privilegio, llevado al extremo en los últimos treinta años y ejercido en un
contexto de casi total ausencia de supervisión, con plena libertad de
movimientos de capital y con inmenso poder político, es lo que ha llevado a la
situación en la que nos encontramos.
Es verdad
que la creación de dinero por los bancos viene de lejos. Pero se producía en
mucha menor medida y sin estar vinculada la difusión de productos financieros
tan peligrosos como los actuales derivados financieros. Cuando comenzó a darse,
allá por el siglo XVII y hasta mucho después, los bancos reservaban más o menos
la mitad de los depósitos y prestaban con el resto, lo que les permitía crear
dinero en dos veces más cantidad que sus depósitos. Pero en los últimos años
los grandes bancos globales como Goldman Sach, JP Morgan, Citigroup o Bank of
America han venido manteniendo un ‘coeficiente de reservas’ del 0,5%, lo que
permite crear 200 veces más dinero del que se tiene en depósito. E incluso
alguno de ellos ha mantenido en los años de plena burbuja un coeficiente del
0,001%, lo que quiere decir que creaban 1.000 millones de dólares por cada
millón en depósito.
Este sistema
de reservas fraccionarias es lo que genera el combustible con el que
periódicamente arde el sistema financiero en crisis cíclicas y el que alimenta
las burbujas y la destrucción de actividad productiva, el que ha convertido a
la economía mundial en un gran casino, donde los productos derivados que crean
los bancos a base de deuda tienen ya un valor casi 70 veces mayor que el del
PIB mundial. Una barbaridad que amenaza y que puede destruir el orden económico
y social del planeta.
Tanto es
así, que incluso el propio Fondo Monetario Internacional está dando alas a la
difusión de análisis y propuestas alternativas orientadas a poner fin o a
limitar este privilegio. La mayoría de ellas tiene ya un largo recorrido en la
literatura económica, pero han sido convenientemente sepultadas por los
economistas del ‘establishment’.
Una de las
más recientes es la que han hecho Jaromir Benes y Michael Kumhof en su texto The
Chicago Plan Revisited (IMF Working Paper. Research Departmen. versión en
‘pdf’ en: http://www.imf.org/external/pubs/ft...). En su
trabajo retoman las propuestas que se hicieron en los años treinta del pasado
siglo para lograr que los bancos actuaran manteniendo un 100% de sus depósitos.
Un procedimiento que, en opinión Irving Fisher, permitiría cuatro cosas
principales: evitar las quiebras bancarias, tener un mayor control del ciclo
del crédito y, por tanto, también del económico general; que la creación de
dinero no estuviese vinculada a la generación de deuda privada; y, por último,
que los gobiernos se pudiesen financiar a coste cero, lo que disminuiría
extraordinariamente el peso de las deuda pública.
No hay que
ser un lince para darse cuenta de que, con estas propuestas y otras similares,
tenemos a nuestro alcance acabar con la esclavitud y sinrazón que nos obliga a
soportar crisis continuas y cada vez más deuda sin necesidad.
A muchas
personas, e incluso a economistas inteligentes, les asusta ponerlas sobre la
mesa, porque no se hacen a la idea de que pueda haber una sociedad sin los
bancos tal y como hoy los conocemos. Lo sorprendente es que no se planteen que
mantener mucho tiempo a los bancos actuales implica que desaparezcan empresas,
escuelas, universidades, centros de investigación u hospitales. A mí me resulta
muy claro qué es lo peor.

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