Artículos de
Opinión | Arturo del Villar * | 06-12-2012 |
La guerra
librada en España entre 1936 y 1939 tuvo una única consecuencia beneficiosa,
que fue la de posibilitar el encuentro entre los escritores y los artistas
plásticos con el pueblo. Hasta ese momento histórico existía un distanciamiento
entre ellos, que no les inquietaba porque cada uno actuaba por su cuenta. La
realidad de la guerra obligó a todos los españoles a tomar una posición
concreta respecto a los dos bandos en lucha, el defensor de la legitimidad del
Gobierno republicano, y el partidario de los militares rebeldes. Los
intelectuales se vieron en la necesidad de elegir, porque en aquellos días
infortunados era imposible la indiferencia. De ese modo la política significó
un nuevo impulso creador. Si denominamos intelectuales a todos lo cultivadores
del intelecto en sus ocupaciones, lo mismo escritores que artistas plásticos,
podemos afirmar que la guerra les impuso la urgencia de instalarse al servicio
de una causa. En consecuencia, todo su trabajo estético se vio forzado a
acompasarse al ritmo señalado por las vicisitudes bélicas. Las artes tuvieron
que popularizarse para existir simplemente, ya que en esos trágicos años nada
quedó al margen del conflicto. Los intelectuales combatieron con sus armas
contra el enemigo, y así sus creaciones estéticas se consolidaron enlazadas con
los luchadores destacados en los frentes de batalla. El individualismo
resultaba imposible. Las bellas artes se encargaron de reflejar objetivamente
la situación política y social en las dos zonas en las que resultó dividida
España, con características ideológicas opuestas, pero teniendo en común la
identificación con su grupo. Las artes se hicieron de izquierdas o de derechas,
y se enraizaron en su equipo natural. El artista en ese momento trabajó para su
público, decididamente de acuerdo con sus ideales. Si alguna vez existió la
llamada torre de marfil, en la que permanecía encerrado el intelectual para dar
a luz sus pensamientos en solitario, las bombas se ocuparon de destruirla, y
poner en medio de la calle al individualista. No era posible mantenerse ajeno
al conflicto bélico, mientras las bombas caían sobre las ciudades y mataban a
sus habitantes. Las exquisiteces inventivas pasaron a ser un crimen estético.
Los intelectuales trabajaron para un público determinado, al que deseaban
servir y al mismo tiempo representar.
EL APOGEO DE
LA IDEOLOGÍA
La
sublevación de los militares monárquicos en 1936 dividió a España en dos ideologías.
En la derechista se alinearon los detentadores del poder económico y
eclesiástico, a los que sirvieron unos intelectuales domesticados. Alentaron el
surgimiento de unas artes encaminadas a defender los ideales tradicionales, con
separación entre las castas sociales de ricos buenos y pobres malos. La zona
republicana perteneció mayoritariamente a la izquierda. A consecuencia del
golpe militar se produjo en ella la unión de todas las clases sociales,
deseosas de salvaguardar las libertades alcanzadas gracias a la República.
Genéricamente se habló del pueblo español, enfrentado a los estamentos
dominadores que hasta entonces lo habían oprimido: la nobleza, el clero y los
terratenientes. Los ciudadanos en condiciones de luchar se ofrecieron al Gobierno
legítimo para combatir a los militares rebeldes. Así se formaron las milicias
populares, en las que se aliaron los campesinos analfabetos con los escritores
prestigiosos, los obreros sin cualificación con los profesores universitarios,
los campesinos con los profesionales liberales, todos animados por un único
afán: defender la libertad, la igualdad y la fraternidad aseguradas por la
República, contra lo que se preveía, de triunfar la rebelión, como una
dictadura militar continuadora de la que el rey Alfonso XIII había llevado al
poder en 1923. Muchachos vestidos con el mono azul de los obreros, calzados con
alpargatas, sin ningún conocimiento militar, se echaron a las calles españolas
el 18 de julio, reclamando armas para aniquilar a los rebeldes. Lamentablemente,
el Gobierno titubeó, y con ello se perdieron unas horas trascendentales. El
entusiasmo de aquellos jóvenes suplía con creces su inexperiencia. Eran los
milicianos, germen del Ejército Popular de la República, formado cuando resultó
posible hacerlo, pasados los primeros momentos de incertidumbre. Mientras los
militares rebeldes conocían la estrategia bélica y habían preparado sus fuerzas
en los meses anteriores al golpe, los milicianos eran civiles desprevenidos,
sin ningún interés por las academias militares. Verdad es que el servicio
militar resultaba entonces obligatorio, pero también lo es que los llamados a
filas cumplían ese deber en contra de sus deseos, y sus mandos no se molestaban
en demostrarles una vocación de servicio, sino una afición desmedida a obtener
prebendas económicas con los métodos más variados, a costa de la comida, la
vestimenta y el armamento de la tropa bajo sus órdenes.
MILICIANOS
DE LA CULTURA
Algunos
ciudadanos leales no estaban en condiciones de empuñar las armas, por su edad,
por su mala salud, o por sus íntimas convicciones pacifistas. Unos se ocuparon
en organizar la retaguardia, levantando barricadas, protegiendo los monumentos
artísticos, realizando tareas de mantenimiento o aprovisionamiento, y de manera
muy destacada en la prestación de ayuda sanitaria. Hombres, mujeres y niños
juntaron sus manos para intentar mantener el ritmo de la vida en las ciudades y
los campos de labranza, sabiendo que sus compañeros defendían a la República en
los campos de batalla. Otros lucharon con unas armas que no eran de fuego, pero
sí adecuadas para explicar al mundo la agresión sufrida por el pueblo español a
causa de la rebelión de un grupo de militares nostálgicos, decididos a
restaurar el régimen monárquico en el que tantos ascensos, condecoraciones y
beneficios económicos habían obtenido como consecuencia de la guerra colonial
en África. Son los intelectuales, quienes demostraron la integración de todas
las clases sociales populares en un único grupo humano, al que se calificó entonces
de milicianos. Los milicianos en armas se enfrentaron con ellas a los rebeldes.
Los milicianos de la cultura los combatieron con sus plumas, con sus
representaciones teatrales, con sus discursos, con sus publicaciones de libros
y revistas, y con el ejemplo de su dignidad puesta al servicio de la causa
popular. Todos defendían la justicia social, inspiradora del espíritu, con las
manos o con el cerebro, y siempre con el corazón. Al difundirse la noticia de
que un grupo de militares monárquicos trataba de aplastar las libertades
alcanzadas por el pueblo español, se movilizó la opinión pública internacional
según su ideología. Los medios de comunicación nazifascistas y derechistas
apoyaron la sublevación, en tanto los de izquierdas se posicionaron en contra.
Y enseguida la guerra en España se internacionalizó, cuando nazis alemanes,
fascistas italianos y viriatos portugueses, bien pagados y equipados con el más
moderno y sofisticado armamento, se unieron a los sublevados. Por su parte,
demócratas de todo el mundo, aunque en número escaso, mal pagados y peor
equipados, se enrolaron en las Brigadas Internacionales para favorecer la justa
causa del pueblo español. Entre ellos venían escritores famosos en sus países
de origen, y otros más jóvenes que aquí puede decirse encontraron la
inspiración para cantar y contar el heroísmo del pueblo frente a sus agresores.
LA
REVOLUCIÓN ESTÉTICA
La mayor
parte de los intelectuales, desde luego todos los más reputados, se puso
inmediatamente a disposición del Gobierno legítimo. A consecuencia de ello se
produjo un encuentro entre los artistas y el público, distanciados de hecho
hasta entonces. Durante siglos la cultura fue patrimonio de la realeza, el
papado, la nobleza y la clerecía. El pueblo ignoraba la escritura, de modo que
no podía leer, acudía a unos espectáculos teatrales sin valor literario, y no
conocía otras obras de arte que las de temática religiosa exhibidas en los
templos. Tal era la conveniencia común de las dos fuerzas dominantes aliadas,
el altar y el trono: un pueblo ilustrado podía representar un peligro, porque
exigiría a sus amos unos derechos de los que carecía. Mantener al proletariado
inculto y fanatizado imponía tranquilidad a los poderes económicos, ya que así
no cuestionaría sus privilegios. Palacios y templos no corrían el riesgo de ser
asaltados, en tanto las tabernas constituyesen la única distracción para los
pobres. El embrutecimiento del pueblo formaba parte de la política social de
los gobernantes. Con la Revolución Francesa de 1789 dio un vuelco ese panorama.
La burguesía tomó el poder, y los artistas plásticos y los escritores llevaron
las libertades públicas a sus creaciones. Por eso pudo triunfar poco después el
romanticismo, hijo putativo de la Revolución. Muestra de ese espíritu es el más
famoso cuadro de Eugéne Delacroix, La Libertad guiando al pueblo, una alegoría
de la revolución de julio de 1830 que expulsó de Francia al rey Carlos X de
Borbón. El mismo año se produjo la conocida como “batalla de Hernani”, librada
en el teatro, al estrenar Víctor Hugo esa obra claramente romántica. Por ello
1830 marca el triunfo del arte revolucionario, desde luego burgués, en la
historia de Europa. Los escritores y artistas dejaron de servir a la realeza,
el papado, la nobleza y el clero, y en muchos casos incluso se rebelaron contra
esas clases opresoras, denunciándolas en sus obras. A Hugo le costó el exilio
burlarse en verso del emperador Napoleón III.
OTRA
REVOLUCIÓN CONTRA LA BURGUESÍA
Fue un
avance notable en la historia del arte, que se acomodase al gusto burgués en
ese momento. La burguesía impuso su gusto a los artistas, y ellos se
apresuraron a complacerlo. Ellos también eran burgueses. Sin embargo, a
comienzos del siglo XX empezó a prepararse otra revolución, impulsada por el
pueblo. El término burgués pasó a ser considerado peyorativo, y un arte
aburguesado parecía un error a eliminar. El año clave esta vez es 1905: en
Rusia se produjo el conocido como “domingo sangriento”, cuando el ejército del
zar disparó contra el pueblo que se manifestaba pacíficamente, y los marineros
del acorazado Potemkin se amotinaron contra la tiranía zarista, primer paso
hacia la revolución de los soviets. Al mismo tiempo en el Salón de Otoño de
París se originaba un escándalo, provocado por unas pinturas calificadas de
fauves, aunque más que fieras resultaban fierecillas, un frente valeroso
convertido en delantera de las que iban a ser conocidas como vanguardias
estéticas, predominantes en el primer tercio del siglo. Los artistas de las
vanguardias literarias y plásticas rechazaron el gusto burgués, rompieron con
los cánones clásicos de belleza, y se enfrentaron abiertamente a su público.
Fue una nueva revolución, ahora contra la burguesía adinerada, que edificaba
casas, compraba cuadros y libros y acudía a los teatros. Se sucedieron los
movimientos estéticos innovadores, a los que se aplica la denominación de ismos
por su desinencia común. Los artistas de vanguardia compusieron sus obras en
contra del gusto burgués imperante, se burlaron de los espectadores en las galerías
de arte y en los teatros, y en los libros insultaron a los lectores. El triunfo
de la Revolución Soviética en 1917 motivó que en la antigua Rusia los
escritores y artistas plásticos pusieran los objetos estéticos creados por
ellos al pleno servicio del pueblo, mediante la aceptación del realismo social.
La identificación entre intelectuales y obreros fue absoluta en la Unión
Soviética, aunque los restantes países cerraran sus fronteras a una ideología
considerada peligrosa para sus intereses capitalistas imperialistas.
OFICIO DE
ARTISTAS, NEGOCIO DE COMERCIANTES
Aislada la
Unión Soviética política y culturalmente, las artes en los demás países
europeos y en los Estados Unidos de América se encontraron sin público, ya que
realeza, papado, nobleza y clero habían quedado definitivamente desplazados, y
la burguesía era también despreciada, pero el pueblo no estaba preparado
todavía para aceptar las vanguardias. Según las estadísticas oficiales, el
número de analfabetos totales en España en 1930 alcanzaba al 32 por ciento de
la población. Además, el poder económico seguía perteneciendo a terratenientes,
grandes industriales y empresarios, igualmente despreciados por los
intelectuales. En consecuencia, el arte de vanguardia llegó a tener como
destinatarios a los mismos artistas, convirtiéndose en obligadamente elitista
muy a su pesar, porque en su esencia llevaba el afán de popularizarse. El
artista de vanguardia odiaba el mercantilismo, y por lo mismo se negaba a crear
objetos estéticos para el consumo. No es que rechazase vender libros, cuadros,
diseños o partituras, sino que ejecutaba su arte al margen de las
consideraciones del mercado. Si vendía, estupendo; si no lo lograba, también.
Lo que nunca pretendía era venderse él mismo como creador, por saber que si lo
hiciese dejaría en el momento de serlo. Claro está que los galeristas,
editores, propietarios de teatros, y demás empresarios dedicados al negocio de
las artes, no quisieron quedar marginados en esa nueva revolución estética. De
modo que se esforzaron en convencer a la gente adinerada para que adquiriese
aquellas obras, atendiendo a su propio beneficio. Fue una consecuencia
inevitable del capitalismo europeo y gringo, que ejerce su dominio sobre los
mercados, y así el arte de vanguardia alcanzó y sigue manteniendo unas
cotizaciones elevadísimas. Algunos bohemios se convirtieron en millonarios. El
ejemplo más conocido lo proporciona Picasso, un artista íntegro que no varió
sus orientaciones estéticas, iniciadas en la mayor pobreza, cuando llegó a ser el
artista más cotizado de su época. Vendió sus obras, pero nunca su arte, fiel a
su ideología marxista y a su convicción republicana, sus inspiradoras.
LA
INTELIGENCIA CONTRA LA BARBARIE
El panorama
cambió al sublevarse los militares monárquicos españoles en 1936. Los
intelectuales honrados pusieron su inteligencia al servicio del pueblo
agredido, prestos a combatir junto a él, unos en el frente de batalla bélica
con armas de fuego, otros en el frente de batalla propagandística con armas
independientes. Todos con un mismo propósito, animados por la defensa de la
cultura en libertad propiciada por la República, contra la barbarie compañera
de los militares rebeldes. Juan Larrea, uno de los poetas vanguardistas
considerados más oscuros y por lo mismo alejados del gusto popular, se apresuró
a ofrecer todo su esfuerzo intelectual al servicio del pueblo soberano. En un
artículo titulado “Como un solo poeta”, aparecido en Voz de Madrid el 13 de
agosto de 1938, y reproducido en el segundo número de la revista España Peregrina,
impreso en México, D. F., el 15 de marzo de 1940, hizo un recordatorio sobre la
actitud de los poetas, pero sus consideraciones pueden extenderse a todos los
cultivadores íntegros de la inteligencia, novelistas, dramaturgos, ensayistas,
pintores, músicos, escultores, intérpretes de cine y teatro, cantantes y demás.
Recordemos sus palabras:
Gran parte
de estos hombres carecían en 1936 de una posición política determinada. Ha
bastado, sin embargo, que unos generales atacaran al pueblo para que en su casi
totalidad los poetas del orbe hispánico tomaran inmediatamente partido. Porque
en España no se trata hoy de política en el sentido vulgar de la palabra, sino
de vida y muerte, materia de que la sensibilidad poética entienden más que la
del resto de los hombres. Algo hay en España en estado naciente y algo que,
después de condenarse para siempre, está muriendo. Así se explica que los
poetas de todas las latitudes, en contraste con la posición equívoca que
mantienen otros hombres de profesiones menos desinteresadas, hayan acudido a
congregarse a España, unánimemente, como un solo poeta, como ese sumo Poeta que
se llama Verbo Hispánico.
El arte de
vanguardia, hasta entonces ignorante del pueblo e ignorado por el pueblo, saltó
a las trincheras bélicas y se hizo arte del pueblo, identificado con la causa
popular, que era la suya. Se puso fin al distanciamiento habido hasta entonces
entre el artista y el público. No se trataba de rebajar el sentido del arte
para hacerlo comprensible al pueblo, sino de crear un arte popular de alta
calidad estética, desde el pueblo y para el pueblo. Los escritores y artistas
nacidos y formados en la burguesía, rechazaron las maneras y modas burguesas,
para integrarse plenamente en el gusto popular. Y nunca el arte había alcanzado
tanta sublimidad como entonces.
LA CAUSA
POPULAR
Otro poeta
de los calificados como difíciles de entender, ampliamente entregado a la
atención vanguardista, Luis Cernuda, se hallaba en julio de 1936 en la Embajada
de la República en París, y regresó inmediatamente a Madrid para alistarse en
las milicias populares, y defender la ciudad del asedio nazifascista. Nada
sabía de estrategia militar, pero pertenecía al pueblo. En el número VI de la
excelente revista Hora de España, impreso en Valencia en junio de 1937, publicó
un estudio titulado “Líneas sobre los poetas y para los poetas en los días
actuales”, donde puede leerse en la página 66:
En el pecho
se debatían la convicción inquebrantable de la eterna hostilidad hacia el poeta
en cualquier régimen político, y la adhesión también inquebrantable del poeta
que en este trance español le ha tocado vivir a la causa popular, al pueblo que
en aquellas mismas noches luchaba y moría a varios centenares de metros de la
habitación donde aquella lectura se hacía para ocupar en algo la atención,
porque el descanso era imposible.
Hemos
razonado antes las causas de la separación entre los artistas en general y el
público, aludida en esas palabras. El tajo sangriento ocasionado por la guerra
hizo que desapareciese el distanciamiento, para aunar las intenciones finales
por encima de las discrepancias en los gustos. Calificado como superrealista,
Cernuda era en realidad un revolucionario absoluto, que deseaba cambiar las
tradiciones españolas, y confiaba en que la República lograría hacerlo. Su
desprecio por la sociedad burguesa, apoyo de la monarquía, le obligaba a ser
revolucionario. En el escrito citado aseguró: “El poeta es fatalmente un
revolucionario.” La rebelión militar movilizó su aliento lírico. Al dirigirse a
la sierra madrileña para enfrentarse a los sublevados llevó únicamente como
equipaje un fusil y un libro con los poemas de Hölderlin, a quien él mismo
tradujo al castellano. Fue, pues, un verdadero poeta miliciano, que utilizó las
dos armas útiles en la guerra, la de fuego y la de la escritura. Su poesía dejó
el intimismo personalista seguido hasta entonces, con tintes incluso
románticos, para colectivizarse y ponerse al servicio de la causa popular en el
ejercicio de su libertad de elección.
HUMANIZACIÓN
DE LA GUERRA
Al maestro
de todos, Antonio Machado, también le impulsó a luchar la sublevación de los
militares monárquicos. Avejentado y enfermo, no se hallaba en condiciones de ir
a combatir en el frente de batalla, aunque permaneció en el frente intelectual
durante todo el conflicto, luchando con su pluma imparable para denunciar al
mundo entero la agresión nazifascista. En un escrito fechado el 7 de agosto de
1938, y titulado “El influjo de la guerra sobre la poesía joven española. El
influjo de la poesía joven en los campos de batalla”, publicado en Tegucigalpa
y recogido en Prosas completas, edición de Espasa-Calpe, Madrid, 1989, se
encuentra en la página 2274 un análisis sobre las repercusiones que el
conflicto bélico aportaba a la escritura poética renovada:
La guerra,
esta terrible guerra de España, tan hondamente humana, ha sacudido a nuestros
jóvenes poetas y les ha puesto en rudo contacto con el hombre, el que cada uno
lleva consigo, y con el de su pueblo, que antes no se les había revelado […] Y
si la guerra ejerce sobre ellos un influjo estético beneficioso, porque ella
les dicta orden, coherencia y disciplina para sus poemas, ellos a su vez,
contribuyen a espiritualizar la guerra, a revelar a las masas combatientes los
hondos motivos de la contienda y sus finalidades más altas. La poesía humaniza
la guerra en el mejor sentido del vocablo humanizar, quiero decir: que da
motivos humanos a la lucha entre hombres, descubre las causas ajenas a la pura
contienda biológica.
También
influyó sobre la escritura machadiana, en verso y en prosa. Es cierto que había
estado siempre muy entrañada en los seres humanos menesterosos, pero la
virulenta crueldad demostrada por los rebeldes, en los bombardeos a ciudades
sin defensa y en el trato a la población civil en los lugares conquistados, le
obligó a considerar al pueblo español como una única y total causa digna de
tomar la pluma. Pueden sorprender algunas explicaciones de ese escrito, como
que la guerra era “hondamente humana”, y que “la poesía humaniza la guerra”. ¿Es
posible encontrar algún vestigio de humanidad en la mayor demostración de
inhumanidad observable en el mundo? Desde su punto de vista, debía considerarse
humana la reacción del pueblo agredido, al defender sus libertades contra los
criminales. Los milicianos peleaban en defensa propia contra los atacantes, y
esa actitud sí es totalmente humana. Lo inhumano es provocar la guerra contra
gentes pacíficas que sólo aspiran a vivir su libertad solidariamente.
LAS DOS
ARMAS EN UNA
La
exposición lírica e incluso filosófica de ese talante expuesto en prosa quedó
manifestada en el soneto modernista que dedicó “A Líster. Jefe en los ejércitos
del Ebro”, integrado en un conjunto de nueve sonetos y una canción bajo el
título común de “Verso”, publicado en Hora de España, número XVIII, impreso en
Barcelona en junio de 1938, páginas 10 y siguiente. Enrique Líster tenía
entonces 31 años, y había llegado a ser uno de los militares leales más
admirados. Organizó el famoso 5.º Regimiento de Milicias Populares, ya
legendario, que fue precisamente el que ayudó a la evacuación de los
intelectuales de Madrid a Valencia, para librarlos del asedio nazifascista, a
la vez que defendía la capital como comandante de la 1.ª Brigada Mixta del
Ejército Popular. En la batalla del Ebro tomó el mando del V Cuerpo del
Ejército Popular, y su intervención fue muy efectiva, hasta que la superioridad
en tropas y armamento de los rebeldes impuso la retirada. Machado le dirigió
esta carta en forma de soneto modernista:
Tu carta –oh
noble corazón en vela, español indomable, puño fuerte—, tu carta, heroico
Líster, me consuela de esta que pesa en mí carne de muerte.
Fragores en
tu carta me han llegado de lucha santa sobre el campo ibero; también mi corazón
ha despertado entre olores de pólvora y romero.
Donde
anuncia marina caracola que llega el Ebro, y en la peña fría donde brota esa
rúbrica española,
de monte a
mar, esta palabra mía: “Si mi pluma valiera tu pistola de capitán, contento
moriría.”
Repárese en
el calificativo de “lucha santa” que aplica a la guerra, en consonancia con los
términos acabados de examinar: es santa la guerra como respuesta para
defenderse de la provocación causada por el golpe de unos militares traidores,
auxiliados por naciones totalitarias para poner fin al período de mayores
libertades alcanzadas por el pueblo español. Es santa la defensa, nunca la
agresión. Queda claro que el concepto es aplicable a la que se estaba librando
“sobre el campo ibero”, en la que Líster desempeñaba un papel protagonista. Era
santa por resultar imprescindible para salvaguardar la identidad de los
españoles.
DOS
CORAZONES CON EL PUEBLO
Ensalza al
militar del pueblo que contribuye a detener el avance de los traidores y sus
patrocinadores extranjeros, como hizo en la sierra del Guadarrama, como en Guadalajara,
y le llama “heroico Líster”, calificativo muy exacto, con el corazón en vela
para defender la causa popular, un español indomable decidido a derrotar al
nazifascismo con su puño fuerte. Los tres versos iniciales ofrecen el retrato
moral del destinatario de la epístola lírica, y el cuarto es un autorretrato
triste, ya que opone a esa figura triunfadora su carne de muerte, su cuerpo
envejecido y agotado que se mueve arrastrando los pies a causa de la
arterioesclerosis padecida, a lo que se une el dolor proporcionado por la
traición de su hermano y colaborador teatral Manuel, convertido en bardo de los
rebeldes. Pero la carta que le remitió Líster le consuela de esos sufrimientos
físicos y morales. Por ello cuenta que ha despertado su corazón, al escuchar el
ruido de la guerra, y se ha unido al pueblo en su santa lucha. También su
corazón está en vela, como el de Líster, latiendo marcialmente al mismo compás
de los milicianos. Por su edad y por sus dificultades físicas no puede
alistarse en las milicias y correr a defender el frente de batalla, como hacen
los poetas jóvenes. Quisiera combatir a las órdenes de Líster contra los que
han vendido a la patria, empuñando un arma de fuego, pero no es posible, se
resigna por imposición de sus condiciones físicas mermadas. Concluye con dos
versos en los que se resume la obligación del intelectual, hombre de letras,
como colaborador del militar, hombre de acción: ha de utilizar su pluma como si
fuera una pistola, con el mismo espíritu combativo, con igual pasión guerrera,
para oponerse a los vendepatrias cobardes. Y si en el combate se pierde la
vida, será una muerte feliz, porque tendrá sentido, estará justificada por
haber protegido al pueblo de sus enemigos. Esos dos versos finales del soneto
cuentan con notable tradición en la literatura castellana. Cuando Baltasar
Gracián dedicó la primera parte de El criticón al general Pablo de Parada le
aseguró: “Si mi pluma fuera tan bien cortada como la espada de V. S. es
cortadora”, con ese juego de palabras tan gustoso en el conceptista jesuita. En
el ejército español ya no se combatía a espada en tiempos de Líster, aunque la
fantasía anacrónica de los pintores al servicio de los rebeldes les incitó a
dibujar a su jefe con armadura y espada, y es cierto que él mismo entregó la
apodada “invicta espada” al cardenal arzobispo de Toledo para que la custodiase
en la catedral, cuando celebró su victoria.
LA FUERZA DE
LA POESÍA
Enrique
Líster escribió unas Memorias de un luchador, en las que dedicó un párrafo a
recordar la intervención de los poetas en la guerra. Se diría que la traición
de los militares monárquicos inspiró poemas no solamente a los escritores ya
afamados antes de la sublevación, sino que hizo brotar un aliento lírico
incluso entre gentes que en otra situación jamás hubieran escrito un solo
verso. La expresión lírica se manifestó principalmente en romances, como una
reedición de los medievales fomentados por la lucha contra la morisma invasora.
También en 1936 los rebeldes llegaron desde África, con tropas moras mercenarias
entregadas al saqueo, la violación y el asesinato. Los primeros combates se
titula el volumen inicial de esas memorias, editado en Madrid por G. del Toro
en 1977. En su página 127 evoca Líster la colaboración de los poetas con los
milicianos en la justa causa común:
Yo, que no
entiendo nada de poética, les estoy profundamente agradecido a los poetas por
el importante papel que la poesía ha desempeñado durante la guerra. […] He
podido comprobar muchas veces que una poesía capaz de llegar al corazón de los
soldados valía más que diez largos discursos. […] Fue por esos días cuando me
di plenamente cuenta de la inmensa fuerza de la poesía para despertar en el
hombre todo lo que hay de mejor en él. Para empujarlo a superarse, para hacer
de los hombres, héroes, y de los héroes, héroes aún más grandes.
De modo que
tenía razón Machado al presentar unificadas la pluma y la pistola, en la justa
lucha del pueblo español contra los rebeldes y sus proveedores. En momentos tan
críticos como los motivados por una guerra, la poesía sirve de acicate para
incitar a la realización de hazañas valerosas, capaces de alcanzar incluso el
calificativo de históricas. Es una poesía obligadamente popular, nacida con el
propósito de recapitular un acontecimiento victorioso, como en los cantares de
gesta medievales. Cuando la escribía un miliciano sin formación literaria,
empleaba unas expresiones sencillas, sin adornos retóricos. Pero si el autor
era uno de los poetas con obra afirmada antes del conflicto, sabía utilizar
imágenes literarias potentes, que convierten sus obras en piezas antológicas.
Un poema es más eficaz que una arenga en momentos decisivos, porque conserva su
vigor para alentar a la lucha, y además se manifiesta con rimas en sílabas
contadas que permiten su fácil rememoración. En el bando leal se agrupaban los
mejores poetas de aquel momento histórico, de modo que sus escritos alcanzan
siempre una marcada calidad estética. Es una poesía calificable como de
circunstancias, pero de unas circunstancias sublimes, puesto que se enfrentaban
la legitimidad frente a la traición, el progreso frente al atraso, la
civilización frente a la barbarie, la libertad frente a la dictadura, en una
palabra: la idea renovadora republicana frente a la concepción conservadora
monárquica.
LA VICTORIA
DE LA INTELIGENCIA
Y de esta
manera se puso fin, siquiera momentáneamente, a la separación entre el artista
plástico o literario y el público. Las bellas artes que estuvieron
administradas en exclusiva por monarcas, papas, nobles y clérigos durante una
larga etapa de la historia europea, que en el siglo XIX se aburguesaron con los
románticos para dar gusto a la emergente clase media, y que se opusieron a su
público natural cuando se desarrollaron los movimientos vanguardistas,
encontraron por fin su motivación última, a causa de la guerra librada en
España, al colocarse junto al pueblo agredido. La pluma y la pistola se
convirtieron en armas de combate al servicio de la causa popular. De esa
alianza quizá no derivaron victorias bélicas, pero sí triunfos literarios. Los
milicianos de la cultura se defendieron, como hijos del pueblo, con las armas
de la cultura, así como los milicianos militares, hijos del mismo pueblo, lo
hicieron con las armas de fuego. La voz del pueblo resonó en verso con mayor
violencia que el ruido provocado por las bombas facciosas. La guerra se perdió
para la causa popular, pero dejó un cúmulo de obras literarias y plásticas que
engrandecen la historia de la cultura universal. Triunfó la inteligencia,
aunque España se hundiera entonces en su más larga y trágica noche
desesperanzada. Es una triste compensación por lo que padecimos y todavía
padecemos.
* Presidente
del Colectivo Republicano Tercer Milenio

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