Artículos de
Opinión | Eduardo Garzón | 11-01-2014 |
A pesar de
que a finales del siglo XVIII el producto industrial andaluz no tenía mucho que
envidiar al de las regiones españoles más avanzadas de la época –como Cataluña
o Valencia– y de que incluso en algunas ramas tradicionales la ventaja fuese
claramente andaluza, la profunda crisis que tuvo lugar a principios del siglo
XIX puso fin al impulso industrializador andaluz toda vez que apenas supuso un
pequeño contratiempo para la industrialización catalana, que una vez superada
la crisis experimentó un formidable desarrollo y despliegue. ¿Por qué fue esto
así?
Muchos y
diversos autores (Alex Sánchez, Francesc Valls, Antonio Parejo, Josep Mª
Benaul…) han intentado contestar a este interrogante. Aunque los resultados son
muy numerosos y variados, aquí me limitaré a recoger de forma sucinta sus
principales conclusiones.
Todos los
analistas coinciden en señalar que el factor más importante en el éxito
industrializador fue la existencia y fortaleza de la manufactura algodonera. Las ventajas de esta rama
industrial eran varias: en primer lugar, al ofrecer productos muy demandados en
el mercado interior y no tanto en las colonias, la dependencia del mercado
exterior se atenuaba; en segundo lugar, debido fundamentalmente a las
características de la fibra trabajada, era profundamente susceptible a la
introducción de tecnología (hilado mecánico, especialmente) que aumentaba la
productividad del sector y originaba nuevos espacios de negocio; en tercer
lugar, generaba multitud de encadenamientos hacia adelante (distribución del
producto, nuevos negocios derivados del algodón elaborado, etc) y hacia atrás
(provisión de materias primas, de maquinaria, etc) que no hacían sino extender
y complejizar el entramado industrial con todas las ventajas que eso supone en
términos de industrialización. La diferencia entre Cataluña y Andalucía era que
mientras que en la primera la rama del algodón era singularmente importante, en
la segunda las experiencias algodoneras siempre fueron coyunturales y muy
localizadas.
Otro
determinante importante fue la distribución de la renta entre la población. La expansión de cualquier rama
industrial requiere que sus productos puedan venderse, por lo que es importante
disponer de una amplia demanda apoyada en un reparto moderadamente igualitario
de la renta. Algo que ocurrió en Cataluña (precisamente y de forma muy notable
en la rama del algodón recién comentada) y que no podía ocurrir en el
territorio andaluz al estar caracterizado por una agricultura extensiva
dominada por la gran propiedad y que pagaba unos salarios exiguos.
La
existencia de auténticos centros especializados en la producción manufacturera
fue otro elemento decisivo. En Cataluña abundaban las localidades donde la actividad industrial
absorbía el porcentaje más elevado de factor trabajo y representaba la base de
la actividad productiva local. Esto aumentaba la renta de la población y
lograba crear un tejido industrial extenso y complejo. En Andalucía no había
localidades que presentaran características similares a las comentadas, quizás
con las únicas excepciones de Antequera y Linares.
Otro
elemento importante fue el surgimiento de un gran centro coordinador y
polarizador de las múltiples actividades industriales. Barcelona se convertiría muy pronto
en este núcleo en el caso del Principado, mientras que ni Sevilla, ni Cádiz, ni
Málaga –que en aquel periodo eran las únicas ciudades que por sus
características podrían haber emulado el papel de Barcelona– pudieron hacer lo
propio en el territorio andaluz. Esto se debió a que ninguna de las tres
ciudades mencionadas disponía de un potente motor algodonero ni de núcleos
artesanales cercanos que demandaran de forma suficiente ese polo industrial.
El último
factor a destacar fue la existencia y profundidad de las conexiones entre las
diferentes actividades económicas. Mientras que en Cataluña las interrelaciones entre
sectores económicos del territorio eran numerosas e importantes, en Andalucía
primaba una burguesía mercantil que orientaba la mayor parte de sus inversiones
hacia la intermediación de productos en el comercio marítimo colonial y europeo
(y sólo en un segundo plano a actividades industriales conectadas al
territorio), de forma que las ganancias de esas actividades ajenas al sector
textil andaluz tenían poca repercusión sobre el tejido industrial de la región.
En
definitiva, si la estructura industrial andaluza no pudo soportar el embate de
la crisis de principios del siglo XIX perdiendo así la oportunidad de
materializar los mecanismos acumulativos propios de una industrialización
exitosa y la catalana sí pudo hacerlo, se debe fundamentalmente a que la
primera no contaba con una potente rama algodonera, ni con un tejido industrial
articulado, ni con una distribución de la renta moderadamente equilibrada, ni
con importantes núcleos industriales, ni con una burguesía dispuesta a dejar de
lado las rentables actividades comerciales marítimas para cometer importantes
inversiones en el tejido industrial.

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