En el liberalismo no
hay verdades reveladas. Hay ciertas ideas básicas que lo definen —la libertad
como valor supremo en todos los campos—, pero no fórmulas rígidas para ponerlas
en práctica
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| FERNANDO VICENTE |
Como los seres humanos, las palabras
cambian de contenido según el tiempo y el lugar. Seguir sus transformaciones es
instructivo, aunque, a veces, como ocurre con el vocablo “liberal”, semejante
averiguación puede extraviarnos en un laberinto de dudas.
En el Quijote y la literatura de su
época la palabra aparece varias veces. ¿Qué quiere decir allí? Hombre de
espíritu abierto, bien educado, tolerante, comunicativo; en suma, una persona
con la que se puede simpatizar. En ella no hay connotaciones políticas ni
religiosas, sólo éticas y cívicas en el sentido más ancho de ambas palabras.
A fines del siglo XVIII este
vocablo cambia de naturaleza y adquiere matices que tienen que ver con las
ideas sobre la libertad y el mercado de los pensadores británicos y franceses
de la Ilustración (Stuart Mill, Locke, Hume, Adam Smith, Voltaire). Los
liberales combaten la esclavitud y el intervencionismo del Estado, defienden la
propiedad privada, el comercio libre, la competencia, el individualismo y se
declaran enemigos de los dogmas y el absolutismo.
En el siglo XIX un liberal es sobre
todo un librepensador: defiende el Estado laico, quiere separar la Iglesia del
Estado, emancipar a la sociedad del oscurantismo religioso. Sus diferencias con
los conservadores y los regímenes autoritarios generan a menudo guerras civiles
y revoluciones. El liberal de entonces es lo que hoy llamaríamos un
progresista, defensor de los derechos humanos (desde la Revolución Francesa se
les conocía como los Derechos del Hombre) y la democracia.
La
confusión es tan extrema que dictaduras como las de Pinochet y Fujimori son
llamados a veces "liberales"
Con la aparición del marxismo y la
difusión de las ideas socialistas, el liberalismo va siendo desplazado de la
vanguardia a una retaguardia, por defender un sistema económico y político —el
capitalismo— que el socialismo y el comunismo quieren abolir en nombre de una
justicia social que identifican con el colectivismo y el estatismo. (No en
todas partes ocurre esta transformación de la palabra liberal. En Estados
Unidos un liberal es todavía un radical, un socialdemócrata o un socialista a
secas). La conversión de la vertiente comunista del socialismo al autoritarismo
empuja al socialismo democrático al centro político y lo acerca —sin juntarlo—
al liberalismo.
En nuestros días, liberal y
liberalismo quieren decir, según las culturas y los países, cosas distintas y a
veces contradictorias. El partido del tiranuelo nicaragüense Somoza se llamaba
liberal y así se denomina, en Austria, un partido neofascista. La confusión es
tan extrema que regímenes dictatoriales como los de Pinochet en Chile y de
Fujimori en Perú son llamados a veces “liberales” o “neoliberales” porque
privatizaron algunas empresas y abrieron mercados. De esta desnaturalización de
lo que es la doctrina liberal no son del todo inocentes algunos liberales
convencidos de que el liberalismo es una doctrina esencialmente económica, que
gira en torno del mercado como una panacea mágica para la resolución de todos
los problemas sociales. Esos logaritmos vivientes llegan a formas extremas de
dogmatismo y están dispuestos a hacer tales concesiones en el campo político a
la extrema derecha y al neofascismo que han contribuido a desprestigiar las
ideas liberales y a que se las vea como una máscara de la reacción y la
explotación.
Dicho esto, es verdad que algunos
gobiernos conservadores, como los de Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret
Thatcher en el Reino Unido, llevaron a cabo reformas económicas y sociales de
inequívoca raíz liberal, impulsando la cultura de la libertad de manera
extraordinaria, aunque en otros campos la hicieran retroceder. Lo mismo podría
decirse de algunos gobiernos socialistas, como el de Felipe González en España
o el de José Mujica en Uruguay, que, en la esfera de los derechos humanos, han
hecho progresar a sus países reduciendo injusticias inveteradas y creando
oportunidades para los ciudadanos de menores ingresos.
En
las democracias avanzadas, hay unos consensos que dan continuidad a las
políticas sociales y económicas
Una de las características del
liberalismo en nuestros días es que se le encuentra en los lugares menos
pensados y a veces brilla por su ausencia donde ciertos ingenuos creen que
está. A las personas y partidos hay que juzgarlos no por lo que dicen y
predican sino por lo que hacen. En el debate que hay en estos días en el Perú
sobre la concentración de los medios de prensa, algunos valedores de la
adquisición por el grupo El Comercio de la mayoría de las acciones de Epensa,
que le confiere casi el 80% del mercado de la prensa, son periodistas que
callaron o aplaudieron cuando la dictadura de Fujimori y Montesinos cometía sus
crímenes más abominables y manipulaba toda la información, comprando a dueños y
redactores de diarios o intimidándolos. ¿Cómo tomaríamos en serio a esos
novísimos catecúmenos de la libertad? Un filósofo y economista liberal de la
llamada escuela austríaca, Ludwig von Mises, se oponía a que hubiera partidos
políticos liberales, porque, a su juicio, el liberalismo debía ser una cultura
que irrigara a un arco muy amplio de formaciones y movimientos que, aunque
tuvieran importantes discrepancias, compartieran un denominador común sobre
ciertos principios liberales básicos.
Algo de eso ocurre desde hace buen
tiempo en las democracias más avanzadas, donde, con diferencias más de matiz
que de esencia, entre democristianos y socialdemócratas y socialistas,
liberales y conservadores, republicanos y demócratas, hay unos consensos que
dan estabilidad a las instituciones y continuidad a las políticas sociales y
económicas, un sistema que sólo se ve amenazado por sus extremos, el
neofascismo del Frente Nacional en Francia, por ejemplo, o La Liga Lombarda en
Italia, y grupos y grupúsculos ultra comunistas y anarquistas.
En América Latina este proceso se
da de manera más pausada y con más riesgo de retroceso que en otras partes del
mundo, por lo débil que es todavía la cultura democrática, que sólo tiene
tradición en países como Chile, Uruguay y Costa Rica, en tanto que en los demás
es más bien precaria. Pero ha comenzado a suceder y la mejor prueba de ello es
que las dictaduras militares prácticamente se han extinguido y de los
movimientos armados revolucionarios sobrevive a duras penas las FARC
colombianas, con un apoyo popular decreciente. Es verdad que hay gobiernos
populistas y demagógicos, aparte del anacronismo que es Cuba, pero Venezuela,
por ejemplo, que aspiraba a ser el gran fermento del socialismo revolucionario
latinoamericano, vive una crisis económica, política y social tan profunda, con
el desplome de su moneda, la carestía demencial —todo falta, la comida, el
agua, hasta el papel higiénico— y las iniquidades de la delincuencia, que
difícilmente podría ser ahora el modelo continental en que quería convertirla
el comandante Chávez.
Hay ciertas ideas básicas que
definen a un liberal. Que la libertad, valor supremo, es una e indivisible y
que ella debe operar en todos los campos para garantizar el verdadero progreso.
La libertad política, económica, social, cultural, son una sola y todas ellas
hacen avanzar la justicia, la riqueza, los derechos humanos, las oportunidades
y la coexistencia pacífica en una sociedad. Si en uno solo de esos campos la
libertad se eclipsa, en todos los otros se encuentra amenazada.
Esas
controversias han hecho del liberalismo la doctrina que más ha contribuido a
mejorar la coexistencia social
Los liberales creen que el Estado
pequeño es más eficiente que el que crece demasiado, y que, cuando esto último
ocurre, no sólo la economía se resiente, también el conjunto de las libertades
públicas. Creen asimismo que la función del Estado no es producir riqueza, sino
que esta función la lleva a cabo mejor la sociedad civil, en un régimen de
mercado libre, en que se prohíben los privilegios y se respeta la propiedad
privada. La seguridad, el orden público, la legalidad, la educación y la salud
competen al Estado, desde luego, pero no de manera monopólica sino en estrecha
colaboración con la sociedad civil.
Estas y otras convicciones generales
de un liberal tienen, a la hora de su aplicación, fórmulas y matices muy
diversos relacionados con el nivel de desarrollo de una sociedad, de su cultura
y sus tradiciones. No hay fórmulas rígidas y recetas únicas para ponerlas en
práctica. Forzar reformas liberales de manera abrupta, sin consenso, puede
provocar frustración, desórdenes y crisis políticas que pongan en peligro el
sistema democrático. Este es tan esencial al pensamiento liberal como el de la
libertad económica y el respeto a los derechos humanos. Por eso, la difícil
tolerancia —para quienes, como nosotros, españoles y latinoamericanos, tenemos
una tradición dogmática e intransigente tan fuerte— debería ser la virtud más
apreciada entre los liberales. Tolerancia quiere decir, simplemente, aceptar la
posibilidad del error en las convicciones propias y de verdad en las ajenas.
Es natural, por eso, que haya entre
los liberales discrepancias, y a veces muy serias, sobre temas como el aborto,
los matrimonios gay, la descriminalización de las drogas y otros. Sobre ninguno
de estos temas existe una verdad revelada liberal, porque para los liberales no
hay verdades reveladas. La verdad es, como estableció Karl Popper, siempre
provisional, sólo válida mientras no surja otra que la califique o refute. Los
congresos y encuentros liberales suelen ser, a menudo, parecidos a los de los
trotskistas (cuando el trotskismo existía): batallas intelectuales en defensa
de ideas contrapuestas. Algunos ven en ello un rasgo de inoperancia e
irrealismo. Yo creo que esas controversias entre lo que Isaías Berlin llamaba
“las verdades contradictorias” han hecho que el liberalismo siga siendo la
doctrina que más ha contribuido a mejorar la coexistencia social, haciendo
avanzar la libertad humana.
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Fuente: www.elpais.com

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