JOSÉ GARCÍA ABAD
Día 08.011.2014
La
imputación de la infanta Cristina es un jalón importante en la larga marcha de
la monarquía hacia el suicidio institucional.

Es un caso sin precedentes en España y
en los países europeos que mantienen esta forma de Estado que afecta a la
Familia Real, al núcleo duro de la institución en la que la infanta mantiene un
puesto, el número 7 en la línea de sucesión. Pero, además, el caso Nóos apunta
a complicidades del Rey que por ello, por sus alegres irrupciones en el mundo
de los negocios, la recepción de regalos, sus malas amistades, y su vida
frívola ha arruinado el gran capital de simpatía de que ha disfrutado.
En unos momentos en que la autocensura y
la complicidad de la prensa y otras instituciones se ha reducido en gran medida.
Se ha dicho y repetido hasta convertirse en tópico que en España no hay
monárquicos sino juancarlistas. Y ahí está la cuestión: ¿Cómo puede mantenerse
el juancarlismo cuando Don Juan Carlos está tan mal valorado por la ciudadanía,
cuando las encuestas le sitúan por debajo de su hijo, el príncipe de Asturias?
Hablo de “larga marcha” porque en mi
opinión hoy por hoy todavía no hay suficiente ambiente popular para la
alternativa republicana. Para un amplio sector de la derecha asentada sobre el
franquismo sociológico la República significa Revolución y, aunque es muy
reticente por la “traición” del Rey a los designios de Franco, tragarán con lo
que hay por miedo a la alternativa.
Y la izquierda mayoritaria, la del PSOE,
de tradición republicana, se mantiene fiel a la monarquía parlamentaria por
razones de estabilidad política.
Y es que permanece en la memoria
colectiva que la II República acabó con la guerra civil. No por culpa de la
República. Ciertamente, sino de los militares golpistas. El hecho de que se
necesitaron tres años de guerra para acabar con ella demuestra que la República
estaba fuertemente asentada.
Por unas y otras razones el monarca
sigue contando con el apoyo de los dos grandes partidos nacionales pero el
deterioro de la institución es evidente y si el deterioro crece al PSOE, en
plena ebullición le resultará difícil mantener dicho apoyo.
La solución más razonable, por el
momento, sería la abdicación de Don Juan Carlos pero hasta ahora este se ha
negado vehementemente a esta posibilidad imitando a Luis XV. “Après moi, le
déluge” , según frase que se le atribuye que está en las antípodas de su
antecesor Luis XIV que al morir proclamó «Je m’en vais, mais l’État demeurera
toujours» (“Me voy pero el Estado siempre permanecerá).
La abdicación no es una solución
definitiva y conforme pasa el tiempo pudiera llegar demasiado tarde. Conforme
van emergiendo las nuevas generaciones la monarquía se considera un
anacronismo.
Los jóvenes no participan del miedo que
tuvimos los mayores de lo que pudiera pasar a la muerte de Franco y no
entienden que la jefatura del Estado sea hereditaria.
La monarquía solo se mantendrá si demuestra su utilidad como lo ha
demostrado en el pasado. Es una formula en la que la institución se confunde
con la persona del rey y con su Familia. La ejemplaridad es pues esencial y no
puede decirse que la Familia Real ofrezca un buen ejemplo. La monarquía está en
trance de ser un problema más que una solución.
Fuente: www.elplural.com
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