martes, 14 de enero de 2014

EL PUEBLO CATALÁN, ¿SOBERANO A DECIDIR?

Artículos de Opinión | Pablo Fernandez Fernandez | 13-01-2014 |
La consulta pactada por todo el movimiento soberanista catalán representado en el parlamento (CUP, ICV, CiU, ERC), programada para el 9 de Noviembre de 2014 ha demostrado (una vez más) un enorme déficit democrático en el Estado Español: No se quiere que el pueblo opine. Déficit, porque son inumerables las trabas legales para que no la consulta no se lleve a cabo, al mismo tiempo que hay afiliados del PP en el Tribunal Constitucional. Impedir que la ciudadanía se exprese, respondiendo a una pregunta que ni si quiera es vinculante, es algo más propio de una dictadura que de una democracia.

Las y los catalanes están llamadas a responder a “¿Quiere que Cataluña sea un estado?” ese día. Tal y como se hizo pública la convocatoria, la caverna mediática rugió contra “los separatistas que dividen hermanos”, y calificaciones similares. Cabe preguntarse cuál es el miedo a conocer una respuesta, a la democracia, ya que arrastramos la mala gestión de la transición, respecto a la cuestión nacional.
Antes que nada debemos preguntarnos qué es una nación. Todo pueblo formado desde la heterogeneidad en un determinado proceso histórico, estable a lo largo del tiempo y que tiene elementos que refuerzan la identidad cultural, como una lengua propia, “crean” la nación, dicho rápidamente. No es necesario que una comunidad tenga todo un popurrí de las mismas características para ser considerada una nación, cada sujeto social es único e irrepetible en el mundo, y la sentimentalidad de pertenecer a algo no podemos determinarla de forma objetiva. La nación polaca cuando estaba dentro del estado ruso tenía como elemento cohesionador el idioma, mientras Reino Unido jamás fue una nación, a pesar de hablar todos el mismo idioma. Entonces, podemos restringir el concepto a:
Nación es una comunidad estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de cultura.
La historia de Cataluña está plagada de luchas para defender las libertades y derechos que tenían, como sus fueros. En 1640 se llegó al punto de entrar en guerra contra la monarquía española, afincada en Castilla, la que sería conocida como Sublevación de Cataluña o Guerra de los segadores. Fue una república independiente y España tardó trece años en volver a anexionarla. Durante la industrialización, es Cataluña la primera en todo el estado en tener un desarrollo cualitativo elevado, lo que conllevó la creación de una burguesía nacionalista y una clase obrera que en buena medida defendió la idea de otra Cataluña. En 1931 se volvió a proclamar por segunda y, por ahora, última vez, la república catalana, esta vez dentro de la república española. Fue uno de los motivos que le sirvieron a Franco para realizar el alzamiento.
Bajo estos presupuestos, es indudable la “nacionalidad” del pueblo catalán, y también del gallego y vasco, que no cabe explicar aquí. Son naciones sin estado de las que podríamos decir con matices que no han realizado todas las tareas de las revoluciones democráticas. Sin embargo, sí son sujetos políticos bien diferenciados, y por tanto soberanos y con derecho a decidir sobre sí mismos, más cuando la división territorial del estado español en la transición fue impuesta desde arriba y no decidida democráticamente desde abajo, cuyo resultado fue una Constitución creada para cerrar a cal y canto las posibilidades de participación popular (el constitucionalismo comparado deja en mal lugar ciertos artículos de la española). Estos pueblos deben pronunciarse de forma legal sobre si quieren permanecer en el Estado Español o no hacerlo. Podrá parecernos más adecuado lo uno o lo otro, pero en la casa de la vecina, decide la vecina.
Este derecho es la posibilidad de autodeterminación de los pueblos, uno de los conocidos como la tercera generación de derechos humanos. El pueblo tiene el derecho a elegir su forma de gobierno, sin injerencias exteriores, y así está recogido en el Derecho Internacional, en la Carta de las Naciones Unidas o en los pactos de Derechos Humanos. Que estas naciones dictaminen su permanencia en el Estado Español o su salida para fundar uno propio, de forma libre y pacífica, es cumplir con los derechos humanos.
Por otro lado, la postura adoptada en Madrid es la más separatista de todas. Atacar la identidad cultural de las naciones sin estado como respuesta a las reinvidicaciones de los movimientos nacionalistas es eliminar el camino hacia la convivencia de los distintos pueblos en el proyecto español. Cuando recentralizan la educación, se provoca con “hay que españolizar a los alumnos catalanes” o se legisla en contra de las lenguas periféricas, el estamento centralista deja sin otra opción que intentar arrancar la independencia, pues no fomenta la convivencia que podría darse en un estado de modelo federalista solidario u otro confederal.
Los que se llaman patriotas son los mismos que desahucian a una familia cada quince minutos, los que recortan en sanidad o educación, a fin de cuentas, los que desarrollan las medidas dictaminadas por una Europa ilegítima y antidemocrática. Por supuesto, ni han defendido nunca, ni defienden ahora los intereses de la mayoría social, sino los suyos propios. Su patria es el dinero. Eso sí, Gibraltar español.
Sin embargo, la independencia no sirve a cualquier precio. De nada sirve la separación de Escocia respecto de Reino Unido si se mantiene en la Unión Europea, lo cual fue propuesto por Alex Salmond, primer ministro del país. ¿Para qué tener un estado si se siguen cumpliendo los mandatos de estancias y organismos exteriores a él? Llámese FMI, Banco Mundial o la Unión Europea. Ése es el proyecto de Artur Mas, la pseudoindependencia. Cataluña, como estado independiente, no es tener una bandera con nueve franjas rojas y amarillas en vez de tener tres, sino luchar contra la pobreza, la exclusión social, decidir la política económica o parar los desahucios. En definitiva, construir democracia. Si resolver la cuestión nacional no implica resolver los problemas sociales, entonces no sirve de nada.
Para las capas populares las cuestiones [más] importantes son si se va a pagar la deuda privada contraída por el estado (esa que proviene de rescantes a la banca y grandes empresas) o si se mantendrá la reforma de la constitución de 2011, de la que CiU realizó dudosas transaccionales. Son preguntas que cierto espectro catalán obvia muy intencionadamente. Mientras, del otro lado de la frontera, para paliar las críticas a la nefasta política social, se centran en el “Todo es ETA”1 y en “esta locura del independentismo y separatismo” de “este proceso absurdo”2.
El actual modelo, enmarcado en una crisis de régimen, hace tiempo que ha dejado de funcionar. En una etapa de excepcionalidad, cuando el Estado de Derecho y los propios Derechos Humanos se rompen desde arriba, se aplaude. Cuando los movimientos populares intentan provocar cambios jurídicos desde abajo, entonces son ilegales y violentos.
Los movimientos soberanistas son capaces de provocar el cambio social a través de la identidad común, alrededor de lo que es necesario enarbolar la defensa de las capas populares, para provocar la ruptura con el viejo régimen y abrir un proceso constituyente. El resto de pueblos del Estado deben apoyar el proceso por tanto solidaridad como para crear un nuevo modelo que beneficie a los de abajo. Cataluña quiere ver reflejada su identidad cultural, ya sea dentro de un Estado con el resto de pueblos de la península, o en un Estado propio, pero debe ser un proceso de abajo hacia arriba, cuyos intereses, por encima de todo, sean las trabajadoras.


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