Por:
EL PAÍS | 16 de enero de 2014
Salvador Allende,
durante un discurso. / Reuters
Por Mario Amorós
La
mañana estival del domingo 15 de marzo de 1953 miles de personas concurrieron
al corazón de Santiago de Chile, a la Plaza Italia, para asistir en el Teatro
Baquedano al “grandioso homenaje” que la izquierda iba a tributar al “gran
constructor del socialismo y líder de la paz recientemente fallecido”: Iósif
Stalin. La muerte del presidente del Consejo de Ministros de la Unión Soviética
y secretario general del PCUS el 5 de marzo había conmocionado al movimiento
comunista internacional, que lloraba al sucesor de Lenin, al arquitecto
de “la patria de todos los trabajadores del mundo”, a quien había guiado a su
pueblo a la heroica victoria sobre el nazismo, al “padre” de la inmensa nación
que, en definitiva, “había abierto para la Humanidad la Era del Socialismo”.
En
el proscenio del Teatro Baquedano, dos banderas chilenas flanqueaban un enorme
retrato de Stalin. Junto a Salvador Allende en las primeras filas del patio de
butacas tomaron asiento las personalidades políticas e intelectuales más
ilustres de la izquierda local: Pablo Neruda y Delia del
Carril, el científico Alejandro Lipschutz, el presidente de la recién creada
Central Única de Trabajadores (el ex seminarista Clotario Blest), dirigentes
legendarios como Elías Lafferte (presidente del PC) o destacados actores
como Roberto Parada y María Maluenda. El acto, presidido por la emoción,
estuvo conducido por el joven periodista José Miguel Varas y la locutora radial
Eliana Mayerholz y se inició a las once en punto con la interpretación, por la
soprano Blanca Hauser, del himno soviético y de la Canción Nacional
chilena. Intervino, en primer lugar, un viejo compañero de Allende, el
sindicalista de Valparaíso Juan Vargas Puebla, después tomó la palabra el
presidente del Partido Radical y a continuación Maluenda y Parada recitaron el
emocionante poema de Maiakovsky sobre la muerte de Lenin.
Clausuraron
el acto Salvador Allende y, en
nombre del Partido Comunista, Pablo Neruda, regresado del exilio en agosto del
año anterior, quien leyó una elegía dedicada a Stalin. Faltaban aún once
años para que el Poeta escribiera en Memorial de Isla Negra: “… y ya se
sabe que no nos desangramos / cuando la estrella fue tergiversada / por la luna
sombría del eclipse”.
Salvador Allende y
Pablo Neruda. / Fundación Salvador Allende
Allende
habló como presidente del Frente del Pueblo, la coalición política que había
encabezado el año anterior en la primera de sus cuatro candidaturas a la
Presidencia de la República. Su larguísimo discurso en aquella mañana de marzo
de 1953 fue una verdadera oración fúnebre, una extraordinaria loa a Stalin, en
la que exaltó al “hombre que encarnó una doctrina” (el marxismo-leninismo), a
un “símbolo de paz y construcción”, y elogió su obra (“la socialización de la
agricultura”, la política frentepopulista, la industrialización y los planes
quinquenales…) e incluso “su aporte cultural”. Sus últimas palabras se
dirigieron a los hombres, las mujeres, los jóvenes y los niños de la URSS.
“Hombres de la Unión Soviética: nosotros, los socialistas, compartimos vuestro
luto que tiene conmoción universal. Mujeres de la Unión Soviética: nosotros,
los socialistas, interpretamos vuestro luto porque para vosotras es el sufrimiento
que impone la partida sin retorno del padre, del camarada, del amigo y
protector. Jóvenes de la Unión Soviética: nosotros estiramos hacia vosotros los
brazos para alcanzar vuestra desesperanza y daros nuevas fuerzas, porque el
silencio del líder de la juventud es, también, el silencio de todas vuestras
canciones. Niños de la Unión Soviética: vosotros, crecidos en las realidades,
por amargas que ellas sean, seguramente creeréis que vuestro padre Stalin ha
muerto y en el recuerdo de su ejemplo crecerán vuestros brazos que en la
arcilla del trabajo afianzarán la grandeza del mañana”.
En
realidad, aquel discurso (sin duda alguna el menos allendista de toda su
vida) iba dirigido a su principal aliado político, como un consuelo destinado a
mitigar su dolorida orfandad: “Camaradas del Partido Comunista, nosotros
sabemos que hay sombra y dolor en vuestros corazones, que es ancha y profunda
vuestra angustia. Vuestro consuelo, el saber que hay hombres que no mueren.
Stalin es uno de ellos”.
El
descubrimiento de este discurso en las páginas microfilmadas del diario
comunista El Siglo en su edición del 16 de marzo de 1953 en la sección
de Periódicos de la Biblioteca Nacional de Chile
fue una desconcertante sorpresa, puesto que contrasta llamativamente con la
posición que siempre expresó sobre el sistema político y social edificado por
Stalin en la Unión Soviética. Por ejemplo, el 18 de junio de 1948 alzó su voz
en el Senado para rechazar la iniciativa legal que decretaría la proscripción
del Partido Comunista durante diez años. Al mismo tiempo, mencionó también los
principios fundamentales que le distanciaban de la URSS: “Los socialistas
chilenos, que reconocemos ampliamente muchas de las realizaciones alcanzadas en
la Rusia soviética, rechazamos su tipo de organización política, que ha llevado
a la existencia de un solo partido, el Partido Comunista. No aceptamos tampoco
una multitud de leyes que en ese país entraban y coartan la libertad individual
y proscriben derechos que nosotros estimamos inalienables a la personalidad
humana…”. La visión crítica de la URSS, unida a la incondicional adhesión a
Moscú del Partido Comunista chileno (fundado por Luis Emilio Recabarren
en junio de 1912), explicó el nacimiento del Partido Socialista de Chile
el 19 de abril de 1933, durante décadas marginado voluntariamente de toda
filiación internacional y con una identidad marcadamente latinoamericanista y
antiimperialista. Y el joven médico Salvador Allende participó en su creación y
expansión desde Viña del Mar, el fértil valle del río Aconcagua y los
imponentes cerros de Valparaíso, donde entonces, con 25 años, iniciaba su
carrera profesional.
No
obstante, jamás sucumbió al anticomunismo que sí penetró a fines de los años 40
en un sector del socialismo chileno. Visitó la Unión Soviética por primera vez
en agosto de 1954 junto a una comitiva de personalidades chilenas en un largo
viaje promovido por Neruda. Fue entonces cuando publicó un artículo en el
diario oficial del PCUS, Pravda, puramente descriptivo de la
realidad nacional y del programa, composición y objetivos del Frente del
Pueblo. No hizo ni una sola alusión a Stalin un año y medio después de su
muerte.
Allende, en el centro,
con sus acompañantes en Stalingrado en 1954. / Fundación Salvador Allende
En
aquel mundo de la guerra fría, en el que su figura política fue
creciendo –elección tras elección- hasta convertirse a partir de 1970 en uno de
los líderes del Tercer Mundo, Allende se distinguió por su crítica persistente
de la acción imperialista de Estados Unidos en América Latina, África y Asia y
por su cálida solidaridad con los pueblos del Sur que luchaban por su
emancipación nacional. Pero también se escuchó su voz en otras ocasiones muy
importantes… El 7 de diciembre de 1956 tomó la palabra en el Senado para
condenar la invasión soviética de Hungría y resaltar el histórico XX Congreso del PCUS,
celebrado en febrero de aquel año, en el que Nikita Kruschev presentó su
demoledor informe sobre los crímenes de Stalin. Entonces, como a lo
largo de su vida con su acción política y su cuidada oratoria, Allende defendió
“los conceptos humanistas y libertarios” del socialismo y el derecho a la
autodeterminación de los pueblos. “No hay pueblo que acepte el colonialismo
mental o espiritual y, tarde o temprano, su lucha emancipadora buscará sus
legítimos y propios derroteros”.
Más
proféticas aún fueron sus palabras del 22 de agosto de 1968, apenas horas
después de que unos doscientos mil soldados y más de dos mil tanques de cinco
naciones del Pacto de Varsovia invadieran Checoslovaquia para poner fin a las
reformas democráticas promovidas por Alexander Dubcek. Allende, que había
visitado este país y otros de la órbita soviética dos años antes,
intervino en el Senado para condenar “enérgicamente” la agresión militar que puso fin a la Primavera
de Praga. Denunció, eso sí, la hipocresía de la derecha chilena,
que se rasgaba las vestiduras por Checoslovaquia, pero callaba ante Vietnam. Y
no se equivocó tampoco al predecir el enorme daño que las imágenes de los
tanques soviéticos en la bella capital checa harían al “movimiento socialista
mundial”. En Europa occidental, fue el principio del fin del “mito soviético”.
En
los años 60 visitó la Unión Soviética en varias ocasiones, singularmente en
noviembre de 1967 para asistir a la conmemoración del cincuenta aniversario de
la Revolución de Octubre. También elogió de manera recurrente, por ejemplo el 6
de febrero de 1968, el apoyo militar y logístico de la URSS al pueblo
vietnamita, que, guiado por Ho Chi Minh, ya había derrotado al
colonialismo francés y entonces enfrentaba la increíble agresión de Estados
Unidos.
Y
el 6 de diciembre de 1972, en el marco de su gira exterior más importante como
Presidente de Chile, llegó a Moscú por última vez. En su visita oficial de tres
días se entrevistó con Breznev,
depositó sendas ofrendas florales junto al mausoleo de Lenin y en la tumba del
Soldado Desconocido, fue nombrado doctor honoris causa por la
Universidad M. V. Lomonosov y visitó Kiev. Aquella primera noche, en la cena
oficial que le brindaron en el Kremlin, defendió las singulares características
del proceso político chileno, la construcción del socialismo “en democracia,
pluralismo y libertad”.
Más
allá de algunas declaraciones públicas, por ejemplo las que realizó ante las
cámaras de la televisión soviética la noche del 9 de diciembre, los resultados
de su viaje a la URSS le decepcionaron. En 1971 y 1972, Chile había obtenido
cerca de 80 millones de dólares en créditos a corto plazo de instituciones
financieras controladas por la URSS y durante aquel viaje logró otros 20
millones de dólares de libre disponibilidad y 27 más para la compra de materias
primas y alimentos. Era una ayuda muy inferior a sus expectativas y a las
necesidades de Chile, que hacía apenas un mes había sufrido el paro sedicioso
de los empresarios, las clases medias y los camioneros y estaba asfixiado por
la guerra financiera y económica orquestada por Nixon y Kissinger.
“Los compañeros soviéticos no nos entienden”, le expresó al doctor Óscar Soto
en su habitación del hotel en Moscú.
Allende y Castro en un
fotograma del documental 'Salvador Allende'.
Su
última gran escala, antes de volver a Santiago de Chile para enfrentar el que
sería el último año de su vida, le condujo a La Habana. Allí, en la Plaza de la
Revolución, la noche del 13 de diciembre de 1972 Fidel Castro y él hablaron
ante un millón de personas. Cenó en uno de sus restaurantes favoritos, La
Bodeguita del Medio, y con un grupo de empleados del Hotel Habana Libre
evocó sus viajes a Cuba desde febrero de 1959, cuando inició su amistad con
otro médico, Ernesto Guevara de la Serna.
Pero
este es ya otro capítulo de la vida de Salvador Allende, uno de los grandes
mitos políticos del siglo XX.
Mario Amorós
es periodista y doctor en Historia. Su último libro, Allende. La biografía (Ediciones
B), fue elegida mejor biografía sobre personaje no
español de 2013 por especialistas de Historia[S].
Fuente: www.elpais.com




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