Artículos de Opinión | Paquita Armas Fonseca - Leonel Nodal
| 04-01-2014 |
UNA GRAN ORGÍA
DE LOS SENTIMIENTOS
Por
Paquita Armas Fonseca
Cincuenta y cinco
años atrás (se dice fácil) monté en un caballo blanco y cremita, “un penco” al
decir de mi Papá que lo atendía “a piso”, algo así como estar pendiente del
animal en la finca El tanque que le cuidaba a un casi terrateniente
holguinero. Allí pasé desde mis tres o cuatro años hasta los nueve. Mis padres
no me dejaban ir sola al fondo, porque en el límite de lo que era el barrio La
chomba había un burdel, dicho en forma fina, (bayú era como decían mis viejos y
mis hermanos) al que iban guardias de Fulgencio Batista y a cada rato había una bronca,
con tiros y todo.
Pero en El tanque tuve el privilegio de ver a los primeros barbudos. Eso
sucedió cuando andaba por siete años y meses, recuerdo como recostaban
taburetes a la pared de enfrente, y mi madre les decía que recordaran que a
unos quinientos metros llegaban las patrullas batistianas. Ellos reían y le
decían “Cacha, esos bichos nos tienen tanto miedo que ni aquí suben”. Era
cierto a finales de diciembre de 1958 los rebeldes rodeaban casi todas las
ciudades orientales, además estaba oscuro por los apagones. A mí me gustaba que
ellos llegaran porque había uno que tenía la barba negra, larga y espesa, como
me imaginaba a los reyes magos, y aquel hombre, Felo, dejaba que yo halara sus
pelos.
Vuelvo
al penco, el caballo pinto en el que mi padre me subió, para ir hasta los
límites de la ciudad, el día primero de enero de 1959. Yo vencí el miedo que le
tengo a esos cuadrúpedos, pero como se llevaba tan bien con Papi no lo pensé
mucho, además ¿Quién tiene temor y sentido del peligro a los ocho años?
El
camino estaba lleno, mucha gente iba a pie, todos se felicitaban y ahora lo
recuerdo como una gran orgía de los sentimientos. Los viva a Cuba, a los
rebeldes, a Fidel se mezclaban en timbres de voces distintas.
Hubo también llanto de alegría y algún deseo de venganza que lo sentí en
expresiones de personas que habían perdido un familiar o su casa.
La
ida la puedo contar detalle a detalle: mi encuentro con muchos más rebeldes,
llenos de collares de Santa Juana, de hecho me regalaron dos, uno anda por
algún esquinero de la casa. Del regreso no recuerdo absolutamente nada. Supongo
que dormida haría el tramo hasta El tanque.
Los
días que siguieron fueron de euforia total. Mi madre con algún miedo porque aún
quedaban casquitos armados. Y yo tuve un seis de enero especial. Aún creía en
los reyes magos. Nunca entendí por qué si era tan buena alumna me tenía que
conformar con una muñequita de plástico y plumas en la cintura, pero el primer
día de reyes de la Revolución mi hermano se disfrazó –es una metáfora, claro-
de Baltazar y al despertar tuve una muñeca grande, rubia, vestida de azul. El
primogénito pidió dinero prestado y a cada persona de la familia dejó un regalo
incluso para él compró un radio, del que disfrutábamos todos.
Hasta
la finca iban amigas de mi hermana, muchachas igual que ella, que se
“repartían” los novios entre los héroes rebeldes. Casi todas decían que Camilo y el Che eran los más lindos. Yo me metía y
aunque me mandaran a callar decía que el más lindo era Fidel. Luego entendí por
qué: tiene un perfil greco latino perfecto y el carisma ideal para la conquista
del alma de las mujeres y la admiración de los hombres, incluso de algunos muy
especiales como los propios Camilo y Che que lo demostraron con creces.
Estoy
segura de que no escuché el discurso, pero si comentarios de mi madre o mi
padre sobre lo que dijo Fidel el 8 de enero acerca del futuro. Luego lo leí:
“Creo que es este un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía ha sido
derrocada. La alegría es inmensa. Y sin embargo, queda mucho por hacer todavía.
No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo
adelante todo sea más difícil.”
Muy
difícil ha sido, quizás mucho más de lo que se imaginó el propio Fidel. Sin
embargo, hoy, cuando amigos están en crisis en países del primer mundo, veo
este planeta totalmente patas arribas, recuerdo mi primera muñeca y mi viaje en
busca de los rebeldes, las risas y la felicidad de aquellos momentos y paso
revista a otros instantes de estas cinco décadas y media; digo que valió la
pena, por nosotros y por los que vendrán.
LUMINOSAMENTE SURGE LA MAÑANA
Por
Leonel Nodal
Cada
cubano que vivió las emotivas horas que siguieron al anuncio del derrocamiento
de la dictadura militar abatida por la revolución popular comandada por Fidel
Castro guarda un recuerdo imborrable de ese día, pero todos conservan en la
memoria aquel primer verso inolvidable de la Marcha Triunfal del Ejército
Rebelde de Jesús Orta Ruiz, el Indio
Naborí.
En
la propia noche del 1º de Enero de 1959, cuando salió al aire en el canal 6 de
la televisión su programa estelar Jueves de Partagás, el entonces famoso y muy
popular actor Eduardo Egea, quien hasta entonces debió mantener en secreto su
simpatía por los rebeldes de la Sierra Maestra, estremeció a la audiencia
nacional con la lectura de un poema recién llegado a sus manos.
Yo
había estado atento a las noticias que desde las primeras horas de ese día
daban cuenta de la fuga del tirano, el retorno de la libertad, y mientras la
emoción me invadía fueron saliendo los versos, nos contó el laureado poeta
Indio Naborí, 45 años después de aquella jornada que cambió de manera radical
la vida de la Isla.
Por
la tarde me fui hasta la sede de la CMQ, donde solía participar en algunos
programas y allí me encontré con Egea, un artista muy patriota, y le conté que
había escrito un poema dedicado al triunfo de la Revolución. De inmediato me
dijo: dámelo acá, que esta noche lo recito en mi programa.
Quizá
ni el propio Naborí, ni su entusiasta intérprete, ni mucho menos los dueños de
la conservadora CMQ, pudieron apreciar en ese momento la trascendencia
histórica que alcanzaría con el paso del tiempo aquella Marcha Triunfal del
Ejército Rebelde.
Pronto
se convirtió en una especie de nuevo himno, un canto de victoria, de esperanza,
que se hizo popular, y era repetido por escolares y adultos, hasta alcanzar su
extensión definitiva en el acto realizado el 8 de enero, cuando por primera vez
Fidel Castro se dirigía a los cubanos de la capital y de todo el país desde uno
de los balcones del antiguo Palacio Presidencial.
Las
calles habaneras se engalanaban con la bandera nacional, y de inmediato
aparecieron los carteles en los que sobre las franjas roja y negra de la
insignia del Movimiento Revolucionario 26 de julio, anónimos simpatizantes
escribieron “Gracias Fidel”, una consigna que se extendió por puertas y
ventanas, en señal de júbilo por el triunfo de una insurrección frente a una de
las dictaduras más sanguinarias de América Latina.
Tras
la entrada en La Habana de los comandantes Ernesto Che Guevara y Camilo Cienfuegos,
a medida que la columna del Ejército Rebelde encabezada por Fidel avanzaba por
la Isla, completé el poema hasta su versión definitiva, cuenta Naborí.
Es,
sin duda, el primer poema escrito recién anunciado el triunfo de la lucha
liberadora encabezada por Fidel, subrayó en prólogo a una colección de poemas
de Naborí la estudiosa de su obra, María Eugenia Azcuy.
Si
es cierto que su ritmo dactílico amétrico de base trisílaba recuerda el ritmo
de la Marcha de Rubén Darío, no es menos cierto que no pocos elementos la
diferencian de ella, agrega.
Por
ejemplo, explica la especialista, la carga de subjetividad, la calidez
vivencial y ciertos recursos trovadorescos propios del poema y la canción de
las multitudes. Los trovadores mozárabes solían marcar en sus zéjeles la frase
o rima consabida que indicara el momento en que el público oyente debía
sumarse, formando un gran coro, a la voz del cantor.
Fue
ese recurso poético el que transformó en un gigantesco coro de un millón de
voces a la masa de cubanos que aquel 8 de enero se reunió frente al Palacio
Presidencial para escuchar al recién descubierto líder de una nación que
comenzaba a andar con paso firme por su verdadera e irrenunciable
independencia.
En
los meses y años que siguieron, en cada acto patriótico o conmemoración
relevante, una voz de mujer también nueva para el gran auditorio nacional,
repleta de dignidad, libre de efectos grandilocuentes, serena, vibrante, la
actriz y declamadora Alicia Fernán, con su gallardo porte de juvenil miliciana,
formaría un dúo inseparable con el Indio Naborí.
Lo
conocí en un acto realizado en el Sindicato de Torcedores (los hombres que dan
forma a los famosos habanos con sus manos) y luego de escuchar mi actuación se
acercó a mí y me dijo que él deseaba que yo recitara un poema suyo titulado
“Carta de una madre rica”, que se estrenó en el programa televisivo Festival
del Jueves, nos contó Fernán.
Actriz
graduada en 1952 y locutora exclusiva de una firma jabonera a partir de 1956,
Alicia Fernán alcanzó la mayor notoriedad con su personalísima interpretación
de la Marcha triunfal del Ejército Rebelde, grabada por primera vez en un disco
de la entonces recién creada Imprenta Nacional que dirigía el escritor Alejo
Carpentier, con el acompañamiento del Grupo de guitarras y laúdes de Eduardo
Saborit.
Un
cronista de la época sintetizó su imagen en una corta oración: su voz es una
bandera sonora de la Revolución, abierta a los cuatro vientos de la Isla.
Desde
entonces los nombres de Alicia y Naborí, amigos entrañables, quedaron unidos a
la famosa marcha. Quienes los descubrieron en sus primeras apariciones públicas
de aquellos tiempos fundacionales y admiraron su entrega, disfrutan todavía la
dichosa reunión de ambos artistas en torno a aquel poema, como en aquellos días
de júbilo que se renuevan con cada 1º de enero.
Marcha
Triunfal del Ejército Rebelde
¡Primero
de Enero!
Luminosamente surge la mañana.
¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero
de la redimida bandera cubana.
El aire se llena de alegres clamores.
Se cruzan las almas saludos y besos,
y en todas las tumbas de nobles caídos
revientan las flores y cantan los huesos.
Pasa un jubiloso ciclón de banderas
y de brazaletes de azabache y grana.
Mueve el entusiasmo balcones y aceras,
grita desde el marco de cada ventana.
A la luz del día se abren las prisiones
y se abren los brazos: se abre la alegría
como rosa roja en los corazones
de madres enfermas de melancolía:
Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes
con trajes olivo bajan de las lomas,
y por su dulzura los héroes triunfantes
parecen armadas y bravas palomas.
Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío
por el ojo alerta del campesinado
y el amparo abierto de cada bohío.
Vienen con un triunfo de fusil y arado.
Vienen con sonrisa de hermano y amigo.
Vienen con fragancia de vida rural.
Vienen con las armas que al ciego enemigo
quitó el ideal.
Vienen con el ansia del pueblo encendido.
Vienen con el aire y el amanecer
y, sencillamente, como el que ha cumplido
un simple deber.
No importa el insecto, no importa la espina,
la sed consolada con parra del monte,
el viento, la lluvia, la mano asesina
siempre amenazando en el horizonte.
¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño
de cambiar la suerte.
¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño
ni viene asombrado de tutear la muerte!
Los niños lo miran pasar aguerrido
y piensan, crecidos por la admiración,
que ven a un rey mago, rejuvenecido,
y con cinco días de anticipación.
Pasa fulgurante Camilo Cienfuegos.
Alumbran su rostro cien fuegos de gloria.
Pasan capitanes, curtidos labriegos
que vienen de arar en la Historia.
Pasan las marianas sin otras coronas
que sus sacrificios: cubanas marciales,
gardenias que un día se hicieron leonas
al beso de doña Mariana Grajales.
Con los invasores, pasa el Che Guevara,
Alma de los Andes que trepó el Turquino,
San Martín quemante sobre Santa Clara,
Maceo del Plata, Gómez argentino.
Ya entre los mambises del bravío Oriente,
Sobre un mar de pueblo, resplandece un astro:
ya vemos… ya vemos la cálida frente,
el brazo pujante, la dulce sonrisa de Castro.
Lo siguen radiantes Almeida y Raúl,
Y aplauden el paso del Héroe ciudades quemadas,
Ciudades heridas, que serán curadas,
y tendrán un cielo sereno y azul.
¡Fidel, fidelísimo retoño martiano,
asombro de América, titán de la hazaña,
que desde las cumbres quemó las espinas del llano,
y ahora riega orquídeas, flores de montaña.
Y esto que las hieles se volvieran miel,
se llama…
¡Fidel!
Y esto que la ortiga se hiciera clavel,
se llama…
¡Fidel!
Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel,
se llama…
¡Fidel!
y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre,
y esto, esto que la sombra se volviera luz,
esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre…
¡Fidel Castro Ruz!
Luminosamente surge la mañana.
¡Las sombras se han ido! Fulgura el lucero
de la redimida bandera cubana.
El aire se llena de alegres clamores.
Se cruzan las almas saludos y besos,
y en todas las tumbas de nobles caídos
revientan las flores y cantan los huesos.
Pasa un jubiloso ciclón de banderas
y de brazaletes de azabache y grana.
Mueve el entusiasmo balcones y aceras,
grita desde el marco de cada ventana.
A la luz del día se abren las prisiones
y se abren los brazos: se abre la alegría
como rosa roja en los corazones
de madres enfermas de melancolía:
Jóvenes barbudos, rebeldes diamantes
con trajes olivo bajan de las lomas,
y por su dulzura los héroes triunfantes
parecen armadas y bravas palomas.
Vienen vencedores del hambre, la bala y el frío
por el ojo alerta del campesinado
y el amparo abierto de cada bohío.
Vienen con un triunfo de fusil y arado.
Vienen con sonrisa de hermano y amigo.
Vienen con fragancia de vida rural.
Vienen con las armas que al ciego enemigo
quitó el ideal.
Vienen con el ansia del pueblo encendido.
Vienen con el aire y el amanecer
y, sencillamente, como el que ha cumplido
un simple deber.
No importa el insecto, no importa la espina,
la sed consolada con parra del monte,
el viento, la lluvia, la mano asesina
siempre amenazando en el horizonte.
¡Sólo importa Cuba! Sólo importa el sueño
de cambiar la suerte.
¡Oh, nuevo soldado que no arruga el ceño
ni viene asombrado de tutear la muerte!
Los niños lo miran pasar aguerrido
y piensan, crecidos por la admiración,
que ven a un rey mago, rejuvenecido,
y con cinco días de anticipación.
Pasa fulgurante Camilo Cienfuegos.
Alumbran su rostro cien fuegos de gloria.
Pasan capitanes, curtidos labriegos
que vienen de arar en la Historia.
Pasan las marianas sin otras coronas
que sus sacrificios: cubanas marciales,
gardenias que un día se hicieron leonas
al beso de doña Mariana Grajales.
Con los invasores, pasa el Che Guevara,
Alma de los Andes que trepó el Turquino,
San Martín quemante sobre Santa Clara,
Maceo del Plata, Gómez argentino.
Ya entre los mambises del bravío Oriente,
Sobre un mar de pueblo, resplandece un astro:
ya vemos… ya vemos la cálida frente,
el brazo pujante, la dulce sonrisa de Castro.
Lo siguen radiantes Almeida y Raúl,
Y aplauden el paso del Héroe ciudades quemadas,
Ciudades heridas, que serán curadas,
y tendrán un cielo sereno y azul.
¡Fidel, fidelísimo retoño martiano,
asombro de América, titán de la hazaña,
que desde las cumbres quemó las espinas del llano,
y ahora riega orquídeas, flores de montaña.
Y esto que las hieles se volvieran miel,
se llama…
¡Fidel!
Y esto que la ortiga se hiciera clavel,
se llama…
¡Fidel!
Y esto que mi Patria no sea un sombrío cuartel,
se llama…
¡Fidel!
y esto que la bestia fuera derrotada por el bien del hombre,
y esto, esto que la sombra se volviera luz,
esto tiene un nombre, sólo tiene un nombre…
¡Fidel Castro Ruz!
(Reportaje
Publicado originalmente en la Revista Cuba Internacional, enero de 2004.)


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