Muchos miles de españoles hemos prometido o jurado algún cargo con
una formula en la que nos comprometíamos a cumplir y hacer cumplir la
Constitución…
nuevatribuna.es | Eduardo Sotillos | 09
Enero 2014 - 19:04 h.
Muchos
miles de españoles hemos prometido o jurado algún cargo con una formula en la
que nos comprometíamos a cumplir y hacer cumplir la Constitución… con lealtad
al Rey. La lealtad al Jefe del Estado exige hoy que, sin tremendismos ni afanes
demoledores de un sistema que ha funcionado razonablemente bien durante estas
décadas de democracia, nos preguntemos, y le traslademos a Don Juan
Carlos, la necesidad de reflexionar sobre la conveniencia de permanecer
ejerciendo sus funciones. Como cualquier ciudadano español, he contemplado con
dolor las recientes imágenes de la Pascua Militar y los torpes intentos de su
Casa por buscar una explicación al hecho evidente de un grave deterioro físico
y su segura incomodidad por la noticia, que debieron anticiparle, de la
inminente imputación de su hija Cristina.
El
Rey no ignora el creciente deterioro que su valoración sufre, encuesta tras
encuesta, y lo que ello arrastra en la estimación de la propia Monarquía. Por
el momento, la figura del Príncipe heredero sale resguardada de la ola de
desprestigio que sacude los cimientos de la Institución. Por el momento. La
situación exige prudencia, y es lógico que los responsables políticos de los partidos
que hasta ahora se han turnado en el Gobierno, con posibilidad de seguir
haciéndolo en el futuro, actúen con discreción y midan bien las palabras y los
gestos, responsablemente. Pero también es exigible que actúen como
consejeros leales y representantes de la soberanía nacional. Un equilibro
difícil, por supuesto, pero en el que se mide la talla de un hombre de Estado.
Circulan
ya, profusamente, entremezcladas, noticias, bulos, rumores, sobre el debate que
en algunos grandes partidos, entre ellos el PSOE, se está produciendo sobre la
conveniencia o la inconveniencia de plantear la abdicación a D. Juan Carlos.
Ignorar esa realidad, o pretender descalificarla desdeñosamente, es un empeño
inútil cuando se multiplican las voces, incluso de analistas muy moderados y
confesos monárquicos que se pronuncian abiertamente en ese sentido en múltiples
foros. Por no hablar de la imparable marea de comentarios que inundan las
redes sociales. Si alguien tiene que encauzar ese sentimiento, impidiendo al
tiempo que lo utilicen en beneficio propio los sempiternos pescadores en aguas
revueltas, y pienso también en una extrema derecha que no aspira a la República
sino a la vuelta de un régimen autoritario, es un partido político como el PSOE
que, sintiéndose emocional e históricamente republicano, ha sabido anteponer la
consolidación de la democracia a su programa máximo.
La
reforma de la Constitución, que viene planteando el partido Socialista como una
fórmula para resolver el problema territorial, desde el Federalismo, no podrá
llevarse a cabo en un clima de inseguridad sobre la fórmula política del
Estado, que, en su artículo 1 establece que es la Monarquía parlamentaria.
Abierto el debate sobre cualquier modificación sustancial de nuestra Carta
Magna no parece creíble que pudiera soslayarse el cuestionamiento de la
Monarquía, sobre todo si el clima social y el desapego hacia esa Institución no
reviertan con rapidez. Desde la absoluta convicción de que es imposible que esa
preocupación no la sientan ya quienes ocupan hoy los puestos de máxima
responsabilidad política, parece no ya oportuno, sino imprescindible, una
comunicación fluida y, si se quiere, pedagógica, con los ciudadanos. El
pueblo español ha demostrado sobradamente que no es menor de edad y ha acreditado
su madurez en momentos muy difíciles. Pero no parece dispuesto a aceptar que,
sólo retóricamente, es el depositario de la soberanía nacional

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