A 34 años de la
sangrienta intervención militar contra la embajada española en Guatemala,
'Público' revela un informe secreto que ofrece detalles sobre este caso, en el
que 37 personas fueron quemadas vivas
DANILO
ALBIN 25/01/2014 08:59 Actualizado: 25/01/2014 08:59
Imagen de los cadáveres
resultantes del asalto militar.
Detalle del informe
sobre el asalto a la embajada española.
"Sáquenlos
de ahí a como dé lugar". Aquel 31 de enero de 1980, la orden del general
Fernando Romeo Lucas García, por entonces presidente de Guatemala, fue clara y
concisa. Sus asesores le acababan de informar que un grupo de indígenas mayas
había tomado la embajada española para denunciar el exterminio que sufrían
en amplias zonas del país. Fiel a su mano dura, García ni siquiera se
acordó de que la delegación diplomática era territorio extranjero y que, por
tanto, no podía actuar con el mismo grado de impunidad y salvajismo que su
gobierno exhibía en las comunidades campesinas.
El
"como dé lugar" dio paso a un brutal operativo militar que se saldó
con la muerte de 37 personas. A pocos días de que se cumplan 34 años de ese
terrible episodio, Público ha tenido acceso a un documento secreto sobre
la intervención militar en la representación española. Se trata de un informe
elaborado por el entonces embajador de la dictadura argentina en Guatemala,
Roberto Tiscornia, un diplomático que se dedicó a reunir distintos testimonios
sobre lo ocurrido. Este documento aún no ha sido desclasificado por el
Gobierno argentino, que lo mantiene guardado -y completamente olvidado- en
una vieja y húmeda oficina del ministerio de Relaciones Exteriores.
El
informe fue elaborado por el entonces embajador de la dictadura argentina en
Guatemala
Tal
como relatan estos amarillentos papeles, todo comenzó en torno a las 11.00 de
la mañana del jueves 31 de enero. El embajador Máximo Cajal acababa de recibir
en su despacho a una delegación compuesta por el ex vicepresidente guatemalteco
Eduardo Cáceres Lenhoff, el ex canciller Adolfo Molina Orante y
el profesor universitario Mario Aguirre Godoy, junto a quienes ultimaba
detalles relacionados con un acto académico que se iba a celebrar en Madrid. En
medio de la reunión, un funcionario le avisó a Cajal que un grupo de campesinos
indígenas se encontraba en el interior del edificio.
Alarmado
por lo que pudiese ocurrir, el embajador logró comunicarse con el subsecretario
de Relaciones Exteriores de Guatemala. De acuerdo a este informe, Cajal le
exigió que "las Fuerzas de Seguridad se abstuvieran de intervenir,
recibiendo la burocrática respuesta de que lamentaba lo sucedido y que pondría
todo ello en conocimiento de la Superioridad". Seguidamente, el
diplomático llamó por teléfono al ministro de Exteriores español, Marcelino
Oreja, para alertarle sobre la situación que se vivía dentro de la
embajada. Minutos después, Oreja contactó con el canciller guatemalteco, el
coronel Rafael Castillo Valdés, "requiriéndole que evitara la presencia de
fuerzas de seguridad". Sin embargo, nada de ello sirvió para frenar lo que
ocurrió a continuación.
"A
las 14.30, aproximadamente, el embajador de Venezuela (Jesús Elías Morel) fue
testigo de que fuerzas policiales invadieron la misión diplomática española,
treparon hasta los balcones y techos y con picos comenzaron a romper
vidrios, ventanas y puertas para ingresar en la Cancillería", señala
el documento. A partir de ese preciso instante, los hechos se sucedieron de
forma vertiginosa. "El embajador español, el ex vicepresidente Cáceres
Lenhoff y el ex canciller Molina Orantes, utilizando un megáfono de los
ocupantes, pidieron a la Policía -antes de que ingresaran en la cancillería
hispana-, que no intervinieran y que se trataría de llegar a una solución
pacífica". Amparados por sus jefes, los agentes desoyeron estas súplicas y
decidieron continuar adelante con el operativo.
"Varios
fueron los policías que manifestaron que procedían obedeciendo órdenes
superiores"
De
acuerdo a este informe, los militares y policías que intervinieron cortaron las
líneas telefónicas de la embajada, de manera que sus ocupantes quedasen
completamente aislados. En ese contexto, Cajal realizó un último y desesperado
intento para tratar de impedir la masacre: "Al producirse el ingreso o
intrusión policial en los balcones, el embajador español se acercó a una de las
ventanas, y a la vez que gritaba ‘brutos, retírense, soy el embajador de
España', tuvo por única respuesta un culatazo que uno de los policías le
propinó en su mano". Entonces hubo disparos, fuego y un denso humo. El
edificio de bandera española había comenzado a arder, y los agentes no harían
nada para evitarlo. Al cabo de unos minutos, las llamas habían devorado a
quienes se encontraban en el edificio.
Entre
los muertos había dos ciudadanos españoles: el funcionario Jaime Ruiz del Árbol
y María Teresa de Villa, quien había acudido a la embajada para realizar unos
trámites. Otro de los fallecidos fue Vicente Menchú Pérez, padre de la
militante indígena que en 1992 se convertiría en Premio Nobel de la Paz,
Rigoberta Menchú Tum. Sólo hubo dos supervivientes: el embajador Máximo Cajal y
uno de los indígenas, Gregorio Yujá. Algunas horas más tarde, los policías
irrumpieron en el hospital donde ambos estaban internados para llevarse a Yujá.
Su cadáver fue abandonado poco después frente a la rectoría de la universidad.
Desde ese momento, Cajal -quien actualmente se encuentra retirado de la
actividad diplomática- pasó a ser el único testigo directo de la masacre.
"Policías
analfabetos"
El
documento rescatado por Público destaca que este caso provocó una fuerte
indignación entre los representantes diplomáticos acreditados en el país
centroamericano. Apenas 24 horas después de la fatídica intervención militar en
la oficina española, el nuncio del Vaticano y varios embajadores mantuvieron
una discreta reunión con el canciller Castillo Valdés, a quien reclamaron
una explicación. En un burdo intento por salvar al régimen, el ministro
endilgó toda la responsabilidad a sus subalternos. "Este país, como los
señores embajadores bien saben, tiene un elevado número de analfabetos y que
las fuerzas policiales, que reconozco que obraron con precipitación, poco o
nada saben acerca de la extraterritorialidad de una embajada",
argumentó Castillo Valdés ante la atónita mirada de los representantes
extranjeros.
El canciller también prometió una "investigación
exhaustiva" sobre lo sucedido, algo que nunca ocurrió. Al igual que en
otros tantos miles de crímenes cometidos por el régimen del ya fallecido
general García, sus autores materiales e intelectuales gozaron de la más
absoluta impunidad. "Son concordantes las versiones que los efectivos
de seguridad fueron dirigidos por el jefe de Policía, el coronel Germán Chupina
Barahona, y que varios fueron los policías que manifestaron que procedían
obedeciendo órdenes superiores", subrayaba el informe del diplomático
argentino. Tanto Chupina como García murieron sin ser juzgados por este caso.
Actualmente, la justicia guatemalteca mantiene un proceso abierto contra un
mando intermedio de la Policía del país, Pedro García Arredondo, acusado de
haber participado en la masacre. De momento, todos sus compañeros de matanza,
desde los que la ordenaron hasta los que la cometieron, continúan a salvo de la
justicia.
Fuente: www.publico.es



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