La rotura en 1959 de la presa de la Vega de
Tera, que acabó con la vida de 144 vecinos, se debió a fallos en la
construcción. La empresa Moncabril tuvo que pagar casi 20 millones de pesetas
en indemnizaciones, pero los responsables fueron absueltos tras recurrir la
sentencia. El régimen mandó alzar un nuevo pueblo: Ribadelago de Franco
FÉLIX
POBLACIÓN Madrid 14/09/2013 08:00
Felipe el Ciego, con el bebé en brazos, y parte de su
familia, que lograron sobrevivir.
Quienes
visiten el atrayente Parque Natural del Lago de Sanabria y Alrededores y
mantengan una mínima relación con sus lugareños, siempre encontrarán en sus
charlas una referencia a la tragedia humana vivida en la localidad de Ribadelago
una fría noche de enero de 1959. La rotura de la presa de la Vega del Tera,
mientras el pueblo dormía, acabó con la vida de 144 vecinos, de los que solo se
recuperaron 28 cadáveres. Los restantes quedaron sumergidos en las
profundidades del lago glaciar, pues como expusieron públicamente las
autoridades del viejo régimen, tan sagrada es la tierra como el agua
para enterrar a los muertos. Eso sí, después de que los equipos de
submarinistas se retirasen, esas mismas autoridades decretaron prohibir la
pesca en el lago.
La rotura de
la presa, colmada por las abundantes lluvias invernales, se debió a fallos en
la construcción y a la mala calidad de los materiales empleados. Los propios vecinos del pueblo
eran conscientes de la chapuza, pues se percibían filtraciones de agua de hasta
10 centímetros. Todo ello trajo consigo el estruendo que se dejó oír aquella
gélida noche en que el termómetro marcaba 18 grados bajo cero. Más de ocho
millones de metros cúbicos de agua se deslizaron como una ruidosa tronada por
un desnivel de casi 400 metros, arrasando sobre todo la parte izquierda del
pueblo -situado a ocho kilómetros- bajo una ola de nueve metros de altura,
cargada de barro, hielo y rocas. Quienes conozcan la zona y hayan observado la
placidez de las noches de estío y la sonoridad que tienen en el valle las
esquilas del ganado, se podrán imaginar el estruendo de aquel montaraz tsunami,
así como lo repentino e intenso del pánico que asaltaría el sueño del
vecindario para convertirlo en la más inusitada y atroz de las pesadillas.
Y después, la emigración y la pesadilla pegada a la
memoria
Ángel, que
tenía once años entonces, me cuenta in situ que perdió trece familiares esa
noche y que él se salvó porque no durmió con el resto de sus primos en la casa
de la abuela. "En aquellos años no se gastaban psicólogos, así que los que
éramos chavales hemos tenido que vivir para siempre con el recuerdo muy vivo de
aquella desgracia, bien pegado a la memoria. Mi mujer todavía tiene pesadillas
por las noches y debo despertarla. Nunca olvidaré el aspecto del pueblo a la
mañana siguiente, con los cadáveres flotando en el agua o tirados por cualquier
parte. Hubo vecinos que se salvaron por subir a la espadaña de la iglesia.
Murieron más mujeres y niños que hombres porque muchos hombres trabajaban de
aquella en Galicia"
Los nombres
femeninos, en efecto, son mayoría en la lista inscrita en el modesto monumento
que recuerda el hecho, situado frente al mismo cañón del río Tera por donde les
llegó la muerte. La empresa Moncabril fue condenada a pagar casi 20 millones
de pesetas para indemnizar a las víctimas, pero muchas de esas indemnizaciones
no se hicieron efectivas por la desaparición en el lago de la mayor parte de
los fallecidos. Las que se entregaron se establecieron según un baremo que
valoraba a los hombres en 95.000 pesetas, a las mujeres en 80.000 y a los niños
en 25.000. Al director, dos ingenieros y un perito de la citada empresa se les
condenó a un año de cárcel, pero tras recurrir fueron absueltos.
El viejo régimen hizo construir un nuevo pueblo,
cercano al arrasado, al que puso por nombre Ribadelago de Franco, en
agradecimiento al dictador, y que se supone debe llamarse ya oficialmente
Ribadelago Nuevo, tal como figura en el rótulo de la carretera.
Su trazado
urbano y tipo de construcción prefabricada responden con sus casas blancas y
sus patios encalados al de cualquier pueblecito andaluz. Levantado en una zona
donde no da el sol en invierno, y teniendo en cuenta las bajas temperaturas de
la montaña, es lógico que una parte de la población haya retornado al viejo
emplazamiento.
Por un Museo de la Memoria en Ribadelago
Acuciados
por la desolación y la atroz vivencia sobrevenidas, buena parte del vecindario
de Ribadelago se vio obligado a emigrar a otros puntos del país, como la
familia de Ángel que lo hizo al País Vasco. "Si esto de Ribadelago hubiese
ocurrido en otro lugar de España -nada le digo si hubiera sido en Euskadi o
Cataluña-, se recordaría mucho más, pero Zamora sigue siendo la provincia
del olvido, antes y ahora, antes porque callábamos por fuerza y ahora
porque los políticos no cumplen lo que prometen y la gente no se lo
exige".
Se había
pensado en un Museo de la Memoria de Ribadelago, coincidiendo con los cincuenta
años de la catástrofe. Para ello, la Asociación Hijos de Ribadelago dispone de
un buen material documental que ya ha sido expuesto en varias ciudades del
país. Tal museo, que debería haber sido inaugurado el año pasado, sería un
homenaje a las víctimas y podría atraer a muchos visitantes de la zona, sigue
pendiente. El alcalde pedáneo del pueblo, Alfredo Puente, recuerda que hasta
vino el anterior delegado del Gobierno en Castilla y León hace un par de años
para revisar el lugar donde se iba a montar, dado que el viejo albergue de la
localidad fue cedido por la Diputación de Zamora al Gobierno anterior y este lo
cedió a su vez al municipio con ese fin.
Mientras eso
no ocurra, solo un pequeño y artesanal panel, en el centro de Interpretación
del Monasterio de San Martín de Castañeda, informa al visitante del
Parque Natural del Lago de Sanabria de lo que ocurrió aquella fría noche de
enero de 1959 en la vecina localidad sanabresa. En ese centro están las
fotografías que tanto conmovieron a la opinión pública en su día, entre ellas
la de la familia de Felipe el Ciego (Felipe San Román), que gracias a la ayuda
de su mujer pudo salir con su bebé de catorce meses por un agujero abierto en
la techumbre de pizarra, algo que la madre no pudo lograr. Es muy probable que
esa fotografía haya inspirado el cartel del film de Mario Camus Los
santos inocentes (1984). Más todavía que los desheredados
personajes de la novela de Miguel Delibes, las víctimas de Ribadelago tienen
bien merecido ese título. Rescatar su memoria sería como aliviar en parte el
peso del olvido en que quedaron sumergidos, bajo las profundas aguas del lago,
más de un centenar de cadáveres.
Fuente: www.publico.es



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