Publicado
el 12 mayo, 2013 por Juan
Carlos Monedero
(Capítulo 9 del libro: Dormíamos y despertamos: el 15M y la
reinvención de la democracia, Madrid, Nueva Utopía, 2012)
¿Quién define a un
movimiento que celebra su aniversario no cuando corresponde sino cuando
decide que le hace falta? ¿Quién se atreve a definir la libertad? ¿Quién
acierta a decir en qué lugar del río —en la fuente, en el mar, en el cauce, en
los afluentes—, está su esencia? ¿Quién pone nombres a lo material sin querer
quedarse con ello? ¿Quién encierra con palabras una manera de hacer las cosas
que nadie puede robar pero que cualquiera puede apropiarse de ella? ¿Quién que
no haya reído con el 15M puede explicarlo? ¿Quién al que el 15M haya hecho
llorar puede desenredarlo?
El 15M es un hecho: gente que acampó en la ciudad,
primero en la Puerta del Sol, luego en todas las plazas de España, para mostrar
su descontento con los políticos, con su gestión de una economía impune servida
por matones financieros. Como hecho real novedoso, nacido de coordenadas
novedosas, es heterogéneo, plural, contradictorio, abierto. Como la vida cuando
no se la quiere leer ni con categorías de hormiga soldado ni desde el pétalo
flotante de una margarita de plástico.
— ¿Pero acaso es posible definir el 15M? Se
sabe que quien pregunta ya conoce la mitad de la respuesta…
El 15M
es una pancarta ingenua y desconcertante en su sencillez. Que decía, como lo
dice un niño o un joven, que el rey estaba desnudo, que los cortesanos
trabajaban para potencias extranjeras y que al dragón lo alimentaban los mismos
que mandaban a héroes a matarlo. Una pancarta que también, como en el barrio y
menos ingenua, decía: “¿qué te crees, que soy gilipollas?” o, llegado, el caso
“que te he dicho que no me toques. Y a mi amigo tampoco”. El 15M es una
metáfora. La del desencanto ante el incumplimiento de todas las promesas que
construían la legitimidad de nuestra sociedad. El 15M es la expresión del fin de los
consensos sociales de una Transición que hay que contar, de otra manera, a los
padres. Del consenso acerca de la propia Transición, leída ahora como una
transacción. Donde se presentó con colores pastel lo vulgar y se ocultó, con
premeditación, el verdadero ADN republicano de la democracia; fin del consenso
acerca del bipartidismo, juego entre dos grandes corporaciones políticas más
parecidas que diferentes; fin del consenso acerca de la aceptación de las
desigualdades sociales siempre que caigan migajas de la mesa de los ricos; fin
del consenso acerca de la bondad de las instituciones, empezando por la
monarquía católica, apostólica, romana y dolosa, siguiendo por los Parlamentos,
pasando por los partidos políticos y terminando con los jueces. Fin del
consenso que asumía que lo que decían los medios de comunicación era verdad,
incluido que no estábamos maduros para cambiar nuestra Constitución o para
cuestionar “a los expertos”. Fin del consenso subordinado acerca de la
sabiduría democrática de una Europa que entiende mejor que nosotros lo que nos
conviene. Fin del consenso franquista del “no metas en política”, del consenso
de la Transición del “quédate en el desencanto que mientras yo gobierno”, del
consenso de la democracia del “ya somos europeos así que las cosas ni se
cambian ni se mejoran”. En definitiva, el fin del consenso sobre la pasividad
que sembró el consenso.
El 15M es una
pregunta. Con dos interlocutores. La democracia representativa que no
representa al demos que lleva en el nombre, y la economía capitalista que hace
de los seres humanos mercancías y material de derribo o acopio de los grandes
capitales. Una pregunta que dice: ¿por qué no servís a quien debéis servir?
Como pregunta, no se acaba hasta que sea respondida. El 15M es un gran impacto
que se opone a la doctrina del choque.
-Hmmm… demasiadas cosas….
El 15M es una corriente de información que
genera la politización de una sociedad que se creía satisfecha. Politizar es inyectar
conflicto. Una sociedad politizada es una sociedad que recupera la voluntad de
enfrentamiento. El 15M es una corriente de información que se convierte en la
palanca para identificar los conflictos de nuestra sociedad.
El 15M es barrer la historia a contrapelo
para que salten las briznas escondidas en la alfombra. El 15M es una bofetada
indignada, llena de razón, en la cara dura de las principales instituciones del
país. Las que habían dejado de ocuparse de los intereses colectivos y andaban
enredadas en un orden del día autorreferenciado. Las que justificaban su labor
saturada de viajes, dietas, ocio, comisiones absurdas, falsas preocupaciones y
cosmética mercadotécnica. A veces también en burdeles y en cacerías. Nunca en
un andamio. El 15M es un cruce de caminos entre los que querían pedir a los
políticos que estuvieran a la altura y los que sabían que no podían estar a la
altura, entre los que llevan lustros luchando por una sociedad más digna y los
que con la crisis empezaron a preguntarse por los descosidos de las sociedades
occidentales, entre los que sabían de los parches cosidos con la piel del Sur
de todo el planeta y los que empezaron a darse cuenta de que la piel de los
próximos cinturones iba a ser la suya. Y que estar en Europa ya no era un
salvoconducto.
El 15M es la declaración alegre de que el
ratoncito Pérez no existe, de que los reyes son los padres y de que los hijos
van a tener difícil repetir las mentiras de sus progenitores. Por eso, el 15M
es la antesala de la desobediencia, que vendrá cuando los cuentos,
desenmascarados, dejen de hacer gracia y no sirvan para conciliar el sueño.
El 15M es una amable película de zombies
que saca afuera y cuelga de los tendederos de las plazas las vísceras
derramadas de muertos vivientes que adelantan los brazos hacia las víctimas.
Que saca a la luz todo lo que debía estar escondido para que el asco no
permitiera que el sistema se desplomara. Una pantalla callejera donde se ven
los intestinos colgando de esos aterradores cadáveres insaciables que quieren
terminar de devorarnos. Con un casting
de probados profesionales: políticos, banqueros, técnicos internacionales,
académicos, actores principales de una película de terror donde se camean a sí
mismos logrando un terror más real de lo pensable.
El 15M es un aprender de política sobre la
marcha, que experimenta sobre su propia inexperiencia los egos, las camarillas,
la manipulación, los picos de oro, los intereses de grupos consistentes, las
envidias, los celos, los diferentes tiempos libres de la gente, los humores
variables, el alcohol y los porros, a los anarquistas y su autoritarismo
horizontal, a los comunistas y su autoritarismo vertical, a los falangistas y
su autoritarismo autoritario, a los inmigrantes desesperanzados, a los sin
techo, a los borrachines sin fondo. Experimentar también la desesperación, el
hastío, los expertos que han leído todo, los ignorantes que no quieren leer,
los que se repiten, los que nunca hablan, los frikis, los partidos de fútbol
desertizadores, otra vez los frikis, y también y contra todo pronóstico, como
una vacuna imperecedera, la lucha compartida, la inteligencia colectiva, la
complementariedad, solidaridades y amistades que nunca nadie había pronosticado
y que tenían que ver con adaptarse al ritmo de los más rezagados.
-¿No será que
no sabes de qué hablas?
El 15M es el optimismo de la ilusión
compartida, que estalla cuando se piensa que todo lo que nos hace mejores es
posible porque decenas de miles también están de acuerdo.
El 15M es una bebida energizante que da
coraje para decirle a los poderosos que nos hemos quedado con su cara sólo
porque ellos se han quedado con nuestra cartera. Y que la queremos de vuelta. Y
que no les tenemos miedo. El 15M es la resaca de toda una generación que empezó
a despertarse de una borrachera donde todo se podía comprar, donde el sur no
era sino un lugar de vacaciones, la universidad un salvoconducto para un
salario alto, el ladrillo una tarjeta bancaria de barro, el medio ambiente una
mercancía, el futuro un enorme y surtido supermercado, la política un voto cada
cuatro años y los políticos unos empleados a usar y despreciar a los que
pagábamos y tolerábamos, los hijos una proyección optimista de nosotros mismos,
la televisión una excusa para sentirnos mejores, Europa una oficina aburrida
que brindaba seguridad, África y las catástrofes una ocasión puntual para
sentirnos solidarios con muy poco y el dinero un pasaporte para la felicidad.
El 15M es una llamada a la puerta a las
dos de la madrugada y contar con que no sea el lechero porque no son horas. Es
saber que es verdad que es madrugada pero que no hay puerta porque estás
durmiendo en una plaza en una tienda de campaña. Y te ríes y vuelves a
dormirte.
El 15M es la mano izquierda invisible que
une la espontaneidad de la multitud cuando en vez de guiarse por el egoísmo lo
hace por la generosidad y envuelve a la sociedad de virtudes públicas.
El 15M es un silencioso guardián del fuego
de la indignación que abre huecos en edificios imponentes ungidos por el
tiempo, el dinero, las leyes y el dios único y verdadero. Un hueco por donde se
cuela el viento que aviva las brasas y funde los cimientos. El 15M es un mural
con un mensaje que sólo se desvela cuando se terminan de colgar todas las
reivindicaciones. El cuaderno de quejas de los que aun no sabiendo lo que
quieren saben perfectamente lo que no quieren.
El 15M es resultado del reflejo de la
lógica del mecanismo de la multiplicidad de la conspiración de las expresiones
de los conflictos de las relaciones de la repetición de los intereses de la
recurrencia de los efectos de, y por fin ya voy entendiéndolo, la lucha de
clases. La lucha de clases. Esa que, como dijo una de las principales fortunas
del mundo, van ganando, con diferencia, ellos. Las principales fortunas del
mundo.
El 15M es una red que se tensa, sin
previsión posible, en diferentes lugares, haciendo que los nudos se inclinen
cada vez hacia un lugar. Luego, cuando la tensión desaparece, recupera la
horizontalidad y todos vuelven a mirarse a los ojos. Tiene todas las ventajas
de la red (flexibilidad, compromiso, extensión), y también todos sus problemas.
Los mismos nudos que trenzan tantas responsabilidades son los que construyen
los huecos por donde se escapan pequeños tesoros importantes o se abren sin
consistencia para dejar paso a los hambrientos tiburones.
El 15M es una gran conversación, donde la
gramática del movimiento se escribe en cada diálogo. Una conversación donde
hablan los nativos de la generación perdida —con máster y sin noticia de la
política—, con los nativos de las mil revueltas perdidas; hablan los paisanos
del perro y de la flauta con los politizados del antiguo paraíso de la fábrica,
el empleo fijo y la pensión; hablan los que han vivido en sus hijos su mundo
anhelado y los vástagos a los que les han cambiado las preguntas cuando apenas
estaban empezando a pensar si no habría que cambiar las respuestas.
-¿Vas a
seguir? Dale, dale…
El 15M es una caja de herramientas, donde
hay un martillo que rompe la pasividad de la democracia satisfecha, un
destornillador que afloja los andamios de la democracia de baja intensidad, una
llave inglesa que, como no podía ser de otra manera, dice #spanish
revolution. No menos es una jornada de puertas abiertas de la democracia
real, una vitrina donde lo invisible se hace visible, una sección de delicatessen
de un supermercado social donde el dolor particular de colectivos
escondidos se ofrece para ser compartido por gourmets de la democracia.
El 15M es un blog con un marco pero sin un dueño, una referencia
abierta, en construcción, donde se intuye lo que cabe y lo que no cabe, una
escritura, línea a línea encaminada a un fin pero carente de un faro inmóvil en
la costa, una “selección de contenidos” que recupera la desobediencia civil,
esa que escribe con diferentes manos “no soy violento”, esa que escribe con
diferentes manos “no quiero volarlo todo”, que escribe “tan solo, de momento,
quiero recuperar lo bueno que tuvimos”, hasta que se vaya dando cuenta de que
no es posible y que tiene que atreverse a crecer. Un aire de familia que escribe
con diferentes manos “no voy a convertirme, pese a vuestras provocaciones en
uno de vosotros”. Pero que sabe, con Gandhi, que la violencia más infame es la
del que no hace nada para defender a un compañero.
El 15M es la invitación a entender que una
buena parte de los agravios están conectados. Es una “sintonía sobrevenida
entre sujetos”, es el salón de costura de los vínculos escondidos que
sospechábamos. Es la posibilidad de pensar que le puedes decir al Ministro:
“está usted despedido”, que le puedes decir a tu jefe: “si no viene a la
huelga, no venga a trabajar el viernes”; que le puedes decir al profesor: “no
tiene ni idea de lo que está contando”, que le puedes decir al policía
“circule, que me estoy manifestando”.
El 15M es un coitus interruptus que
va de la pasión del primer encuentro al miedo en la mañana de descubrir al
otro, del impulso inicial que llevó a arrancar la ropa del amado, a la
prudencia de preocuparse sobre las obligaciones que se asumirán después del
sueño, del deslumbramiento de la primera mirada al escrutinio de las verdaderas
intenciones, de un encuentro fortuito, sin compromisos, urgente y nocturno, a
las reticencias de una relación de más largo aliento, con más cargas, menos
frívola y más llena de proyecto a largo plazo. Es la alegría de quien,
impaciente, cree haber logrado huir y tiene espasmos de alegría y quien después
de haber sorteado las paredes de la celda se encuentra delante otro muro más
alto y sólido que el que ha dejado atrás.
El 15M es un desorden del orden, que ordena
al tiempo que desordena. Por eso mismo es un desorden amable con el orden y es
un orden amable con el desorden. Esto no es un juego de palabras hueco. Las
instituciones existentes hacen las paredes y luego llenan la sociedad de
agujeros. Por ahí se coló el 15M. Por el agujero del propio sistema. El 15M se
sirve de todo aquello del orden existente que le permite tomar impulso. Y desde
el sistema hace fuerza para dar el salto. Puede ser condescendiente con el
diferente porque no enmienda a nadie a la totalidad. Invita a peleas concretas.
Desconecta lo que impide nuevas conexiones. En vez de cavar trincheras hace
pasos endebles con maderas de los contenedores. Vive en los intersticios y le
da pánico construir demasiado pronto nuevos cimientos. Desespera a los que ven
el conjunto, a los que quieren instalar guillotinas en las plazas porque saben
perfectamente quiénes son los culpables, a los mellados y tuertos del ojo por
ojo y diente por diente. Tiene sus plazos y lo único que negocia es una
metodología que dice: “espera, vamos a hablarlo más despacio”.
El 15M es un espejismo que aísla del mundo
estructuralmente violento que habita fuera de su burbuja. Un espejismo que se
puede tocar cada vez que tocas a los demás que viven en el oasis. Una casa de
los padres sin horario ni reconvenciones. Una carpa de circo donde se
representa la función que cada cual imagina. Una escuela de arte popular donde
puedes atreverte de nuevo a coger los pinceles y los lápices de colores. Una
reconstrucción de la realidad donde lo feo queda fuera o le has puesto un
cartel que dice “realidad desagradable”. Una experiencia de la que se vuelve
con una mirada de asco hacia el desierto del mundo real.
-¿Y aún te
parece que faltan cosas?
El 15M es partícula cuando los partidos se
ven en la obligación de hablar de él, cuandolos medios intentan definirlo,
cuando los científicos sociales le ponen sus electrodos para convertirlo en
estadística y regresiones; pero es onda cuando nadie lo mira, cuando,invisible
para los que sólo ven unidades, se desliza por una dimensión que aún no hemos
explorado lo suficiente. El 15M es la partícula que desafía a las partículas
políticas de la democracia representativa y es la onda, el flujo que atiende a
lo común que permite nuestra existencia, el aire, el lenguaje, el arte, las
calles, el alimento y el agua. Es valor de cambio para huir de la
individualidad del mercado liberal y valor de uso para reencontrar la comunidad
que sabe que el todo es más que la suma de las partes. Es una dinámica para
contar un escenario que se relataba desde una cámara fija.
El 15M es la continuidad recurrentemente
dormida y recurrentemente renacida del “No se puede servir a dos señores” de
Jesucristo, el “Pienso que las entidades bancarias son más peligrosas para
nuestras libertades que todos los ejércitos listos para el combate” de
Jefferson, el “¿Qué es robar un banco en comparación con fundarlo?” de Bertold
Brecht, el “debajo de los adoquines está la playa” del mayo del 68 y que llega
a hoy para decir con menos brillantez pero con más contundencia: “no es una
crisis: es una estafa”.
El 15M es una cosa en Madrid y otra en
Valencia, una en Getafe y otra en Marinaleda, una en Santiago y otra en
Badajoz, una en Sevilla y otra en Cádiz. No es igual en Bilbao que en
Barcelona. En Sant Boix que en Almansa. Es una en Burgos y otra en Guadalajara.
Una en Ciudad Rodrigo y otra en Santa
Margalida. El 15M toma sus contornos de lo que había antes del movimiento. Si
hay mucha representación crítica con el sistema (es el caso del país vasco), el
15M se diluye o se concentra en las carencias de lo que existe (por ejemplo,
insistiendo en la necesidad de respuestas no violentas al sistema). Si hay
poca, el 15M se acrecienta, con las dificultades que significa cubrir tantos
frentes (¡Cómo no llenar el 15M de comisiones y subcomisiones cuando hay tantas
vías de agua en el barco!).
El 15M se articula también en virtud de
las fuerzas de cada ciudad y de cada pueblo, de los grupos que lo sostienen, de
los que se quedan y de los que se van. De la capacidad de los grupos existentes
de hacerse con el movimiento y de la capacidad de los grupos emergentes de
mantener la independencia. Si todavía en muchos lugares de España hay rescoldos
asociativos vinculados al paso por allí de un cura dinamizador, la existencia
del 15M, en cualquier caso, cubre ese espacio desaparecido.
El 15M es el espejo que no te permite
hacer lo que normalmente haces porque nadie te está viendo. Es el “mamá estoy
en esta plaza haciendo lo que me has enseñado”. Es tu conciencia dormida. Es la
mentira que dinamita la complacencia de creer que si a los cuarenta años ya no
tienes corazón es porque tienes cabeza. Es la pregunta repetida de “¿dónde está
todo aquello en lo que alguna vez creíste?
El 15M es un sentimiento a la búsqueda de
una idea. O muchos sentimientos a la búsqueda de muchas ideas. Pero el
sentimiento, que es lo difícil, ya está ahí. El sentimiento de gente que no
sabía que era clase obrera y se lo anunciaron de golpe, el de gente que lo
sabía y se lo volvieron a recordar, el de gente que trabaja precaria y
necesitaba decir que ni su trabajo ni su salario ni sus expectativas pueden
compararse con las de sus mayores.
-¡Ve
terminando por favor!
El 15M ha sido una ventana al escepticismo
en el tiempo de las verdades inconmovibles, hijas del cacareado “fin de la
historia”; ha sido una gramática parda que ha permitido darle la vuelta a las
frases hechas del supuesto “único mundo posible”; ha sido el deja vú de
los que habían sido víctimas de la abolición de la memoria.
El 15M es la caracola que te da derecho a
hablar en El señor de las moscas; es la lanza de Don Quijote contra los molinos de viento y el bálsamo contra los dolores de
cada fracaso; es el mensaje de Craxio a Espartaco cuando le dice al oído
que una vez acabó con amos y soldados, fue libre y vivió en comuna; es el
detective loco del Misterio de la cripta embrujada que no para de hablar
y hablar porque no quiere volver al manicomio; es el movimiento perpetuo del
conejo de Alicia y es quien le quita el hacha a la reina de corazones
para que deje de cortar cabezas; es el hambre de autenticidad de Ulises que le
invita a seguir su Odisea renunciando al olvido feliz de la isla de
Calypso; también el coraje y la astucia para derrotar al gigante Polifemo y a
los mediocres burócratas que gobiernan Itaca; es la lámpara de Aladino que
cuando se la acaricia sale un genio; es una carta traducida del chino en Seda,
la carta que debiera escribir Madame Bovary en vez de quitarse la vida, las
miles de cartas pidiendo ayuda que leyó Bartleby el escribiente y
que nunca llegaron a sus destinatarios; es el poema del Cartero de Neruda que
usa quien lo necesita y es el violín rojo, el Winchester 73 o el viejo traje
que ruedan y ruedan quedándose un rato en cada necesidad; es el Sur rodeado de
mares y un tatuaje para no olvidar las promesas de amor que no terminan de ser
convincentes; es ropa tendida en los alambres que rodean los barracones de
Auschwitz y te obliga preguntarte Si esto es un hombre. Es
el rumor que permite seguir con vida en los campos de concentración de Vida
y destino y son Luces de bohemia, el vía crucis de Max Estrella, la
verdad deformada en callejones mentirosos y también la deformada verdad ante
las mentiras de la prensa canalla, la autenticidad de un anarquista al que le
aplican la ley de fugas y la de una prostituta adolescente que huele a nardos.
Es la ira ante los mercaderes de Venecia y la posibilidad de justicia
colectiva en una Fuenteovejuna antineoliberal. Es cada una de las ciudades
invisibles que narró Marco Polo a Gengis Kahn y cada uno de los cuentos
que inventó Sehrezade para salvar la vida. Y sólo por eso, por que es cada una
de las calles de cada una de las ciudades y cada una de las historias de cada
noche, ayuda a diferenciar lo que es infierno de lo que no es infierno. Es, en
definitiva, el nombre escondido de las Historias de Terramar que
da poder a quien lo conoce y miedo a quien no se atreve a nombrarlo. Pero
también, en su multiplicidad, es un poema dadaísta que sólo entiende
quien lo ha hecho, es la mujer que se arroja con sus libros al fuego en Farenheit
451, es el agente Smiley que derrota a su archienemigo Karla usando
las mismas armas (y la misma indignidad que le justificaba como diferente); es Wilson
cayendo víctima del gran hermano al que ha ayudado y de la neolengua que ha
utilizado. Es Zapata, ya Presidente, preguntándole a un campesino
rebelde e irreverente por su nombre para ponerlo en una lista negra. Es la
pureza de Hamlet que le lleva a la locura o la intransigencia de Bernarda
Alba que lleva al suicidio de su hija. Es la Malinche traduciéndole
al imperialista Cortés para hacer comprensible su lenguaje y que termina
traicionando a su propio pueblo. Es el mal cura que reza un réquiem por un
campesino español al que ha traicionado y es el capitán Achab que arrastra
a toda su tripulación al abismo porque quiere acabar con Moby Dick, la
ballena asesina. La lista la puede completar cada interrogado. Porque la vida
también se parece al arte. Y porque el 15M, que ya tiene los actores, aún tiene
pendiente su propio guión, sus directores, la estructura de su novela y el plan
de rodaje de su roadmovie. Mientras, a su alrededor, se cae el mundo y
la vieja Europa de las clases medias vuelve a los escenarios de los años
treinta que hicieron a Hemingway poner a tocar sin pausa las campanas y a
Thomas Mann subir a la montaña mágica. A no ser que el 15M, único héroe con
fuerza de esta triste historia, se arme del valor que aún anda esperándole y
convierta su pregunta en un proyecto de respuesta que empiece a andar cuando
los viejos actores apenas pueden sostener sus muletas.
Fuente: www.publico.es

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