Artículos de
Opinión | Roberto Savio | 19-05-2013 |
La Unión
Europea (UE) ha advertido a sus ciudadanos que tendrán que afrontar más
penurias económicas. Según el informe publicado el 3 de mayo, la Comisión
Europea prevé que el deterioro económico en la región continuará hasta el 2015.
Y concluye, como todos los estudios de ese tipo, que después llegará la
recuperación.
Se estima
que el desempleo en la eurozona ascenderá a 12,2 % este año, superando al 11,4
% del año pasado. En España, este indicador aumentará a 27%, en Portugal a 18,9
%, y en Grecia, después de tres años de brutal sufrimiento, el desempleo
alcanzará también la cifra de 27 %.
Esta
tendencia será devastadora para los jóvenes. Se calcula que en España el
desempleo juvenil llegará a 52 %. Estamos despojando de futuro a toda una
generación.
La misma
tendencia se está presentando en los países ricos del norte de Europa. En
Alemania se prevé un crecimiento económico de solo 0,4 % en este año, y desde
Austria hasta Holanda el panorama apunta al declive.
La crisis
está socavando las bases de la identidad europea. Tras la Segunda Guerra
Mundial, los europeos han podido contar con una red de seguridad social que
protegía a los menos afortunados, sostenía a los desocupados hasta que pudieran
volver al trabajo y resguardaba su dignidad. Era un sueño muy diferente del
sueño estadounidense, de aspirar a escalar la cima del estatus económico y
social mediante el esfuerzo individual, sin intromisión del Estado.
Ahora, la
austeridad está acabando con la red de protección social y el sueño europeo se
está desvaneciendo, ya que en opinión de la mayor parte de los economistas, no
hay manera de que la economía incentive a muchas personas.
Mientras
Estados Unidos y Japón han optado por la vía del estímulo económico y aplican
ingentes expansiones monetarias que ya están mostrando algunos buenos
resultados, Europa ha emprendido el camino inverso: eliminar el déficit
presupuestario a toda costa, mediante la drástica reducción del gasto público y
el aumento de impuestos. Y pese a la evidencia de su fracaso, esa política
permanece intacta.
Durante la
visita que realizó el recién electo primer ministro de Italia, Enrico Letta, a
Berlín el 30 de abril, la canciller alemana Angela Merkel sostuvo: "Creo
que la consolidación presupuestaria se asocia ahora de manera interesante con
la palabra austeridad, que fuera de ese marco no se usa en Alemania. Ni
siquiera conocíamos esta palabra antes de la crisis". Y su calvinista
ministro de Finanzas Wolfgang Schauble se hizo eco al afirmar: "El
crecimiento y la austeridad son perfectamente compatibles".
Aparte de
perder su brillo, la Unión Europea está alimentando un sentimiento de rencor en
aumento.
En consecuencia,
está creciendo el resentimiento en la ciudadanía. El mismo día que la Comisión
Europea difundió su informe, en Gran Bretaña el partido anti-europeísta UKIP se
anotó una victoria al obtener el 25 % en las elecciones locales.
Partidos de
la misma orientación están proliferando en los demás países, desde Bélgica
hasta Holanda, desde Austria hasta Finlandia. Y en Alemania, por primera vez un
partido que postula el abandono del euro (Alternativa para Alemania) se
presentará en las elecciones de septiembre próximo.
La falta de
líderes capaces está minando las bases de la UE. En España, el jefe del
Gobierno Mariano Rajoy goza de una holgada mayoría parlamentaria, pero la
protesta popular se manifiesta a diario en las plazas de todo el país.
También el
presidente de Francia, François Hollande, cuenta con una sólida mayoría
parlamentaria, pero su grado de popularidad ha bajado a un 25 %. La situación
de Portugal es prácticamente idéntica, mientras que en Grecia el partido
anti-europeísta Syriza es el segundo del país y en Italia el nuevo gobierno
tiene un futuro incierto, con un primer ministro joven para una vieja política.
Italia es un
caso especial de carencia crónica de sincronía con Europa. El fin de la Guerra
Fría conllevó la desaparición de los modernos partidos políticos italianos, el
Partido Comunista y el Partido Demócrata Cristiano, y la creación de un nuevo
sistema del que emergió Silvio Berlusconi, el hombre más rico de ese país y
dueño de un poderoso imperio mediático, que fundó su propio partido para
escapar de problemas económicos y legales personales.
Logró
convertirse en un hábil político y desde entonces, Italia ha quedado dividida
entre seguidores y opositores de Berlusconi, grupo que reúne a toda la
centroizquierda e izquierda italianas.
Un caso muy
diferente a otros partidos europeos de izquierda tales como el Partido
Laborista del Reino Unido, los socialdemócratas de Alemania y el Partido
Socialista de Francia, que surgieron en el periodo anterior a la Guerra Fría y
no fueron creados para contrarrestar el partido de una sola persona, como el
Pueblo de la Libertad, de Berlusconi.
De esta
anomalía ha nacido otra anomalía, el Movimiento 5 Estrellas, fundado por Beppe
Grillo, un actor cómico transformado en un político adverso al sistema político
vigente y al euro. Una y otra fuerzas están fuera de sintonía con Europa, y es
un hecho que mientras Berlusconi no se retire, Italia continuará dividida y las
elecciones no darán resultados conclusivos.
El centro
del debate italiano seguirá huérfano de una agenda política real. Los
argentinos son seguramente quienes mejor podrán entender esto, pues su país
todavía continúa polarizado entre el peronismo y el anti-peronismo.
El anuncio
del Gobierno de Suiza, que a partir de ahora su mercado de trabajo no está abierto
a los ciudadanos europeos, quienes deberán solicitar un permiso, se ha
convertido en un símbolo paradigmático que muestra el deterioro de la imagen de
la UE.
Entretanto,
los alemanes están convencidos de que no deben poner sus billeteras a disposición
de los europeos del sur que trabajan menos, que evaden el pago de impuestos,
que gastan más de lo que pueden y que, en vez de tragarse la amarga medicina de
la austeridad, esperan que los contribuyentes los rescaten. Algo muy diferente
a la vieja generación de líderes alemanes proeuropeos, tales como Helmut Kohl y
Helmut Schmidt, cuyas conductas siempre fueron las de inculcar a los alemanes
el valor de Europa.
Sin embargo,
un estudio realizado el año pasado por el Kiel Institute for the World Economy
reveló que en el 2011 Alemania ahorró el equivalente a 11 100 millones de
dólares, gracias a que el costo del crédito es mucho más bajo que en Europa
meridional. Y según un estudio realizado por la fundación Bertelsmann, la
salida del euro le costaría a Alemania el equivalente a unos 1,6 billones de
dólares en un periodo de trece años, con una disminución promedio de 0.5 por
ciento del PIB entre el 2013 y el 2025.
Toda Europa
está pendiente de las elecciones alemanas en septiembre próximo, cuando se verá
si la primera ministra Angela Merkel continúa en el poder, lo que es probable,
y si mantendrá o modificará su rígida postura en pro de una austeridad que está
postrando a Europa.
¿Cambiará
entonces la posición que Merkel mantiene contra todos, incluido el Fondo
Monetario Internacional, que condena los excesos de austeridad? Nadie lo sabe,
pero muchos lo desean.
Pero el
mundo no se detendrá a la espera de que Europa resuelva sus contradicciones. Un
estudio del Consejo Nacional de Inteligencia de Estados Unidos ha estimado que
la participación de Estados Unidos, Europa y Japón en la producción mundial
descenderá del actual 56 % a 26 % en el 2030. Estas proyecciones podrían
adelantarse si, como es probable, se ahonda el deterioro europeo.
Entretanto,
se registra el dato que en el 2008, China desplazó a los Estados Unidos como el
país con mayores cuentas de ahorro en el mundo, a punto de superar a Europa. El
pronóstico es que en el 2020, los activos financieros de los mercados
emergentes podrán hasta duplicarse o estar muy cerca de ello y si el deterioro
europeo continúa, estas proyecciones podrían anticiparse.
El tiempo no
juega a favor de Europa.

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