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Opinión | Pura María García | 15-05-2013 |
Releo
decenas de artículos y reseñas sobre la que llamaron dama de hierro y, además
de recordar datos, hechos y, lo que es más significativo, las terribles
consecuencias que tuvo su política, acuden a mi mente dos preguntas, dos
comparaciones. Leo la información sobre el ampuloso funeral de estado y toda la
parafernalia, muy British, que se propaga, como un virus mediático, no solo al
territorio que le mantuvo en el poder como líder del partido conservador
británico, sino a Europa y más allá de Europa. De repente, una vez más, la
consciencia crítica global parece bloquearse ante la muerte y termina por
ceder, rendirse, y dulcificar la realidad pasada. La memoria colectiva se
convierte en un paréntesis amnésico y parece que ya nadie recuerde los efectos
letales de las decisiones de alguien que llevo a la muerte y a la miseria a un
gran número de personas, soldados y muertos en la guerra de las Maldivas y
mineros humillados. Nadie parece recordar su prepotencia, el estilo dictatorial
con el que se atrevía a dar por cerrada una decisión con máximas del todo
insultantes para el diálogo y la lógica como «Un mundo sin armas nucleares
sería menos estable y más peligroso para todos nosotros», «Vale la pena conocer
al enemigo, entre otras cosas, por la posibilidad de que algún día se convierta
en un amigo». Pienso en la muerte de Chávez y en como, por el contrario, era
“políticamente necesaria” la demonización del líder bolivariano. Es, una vez
más, el mundo al revés y los medios, por supuesto, contribuyen a esta voltereta
absurda por la que lo dañino se ensalza, porque tras él hay intereses políticos
y económicos, y lo positivo, lo peligroso, se maquilla con mentiras e
información tergiversada para que los espectadores sociales, nosotros,
permanezcamos dormidos, y fácilmente manipulables, por supuesto. Esta es la
primera pregunta que me hago: ¿qué extraño mecanismo nos contagia de ese volteo
de la realidad con el que estamos perpetuando este mundo al revés?
La segunda
cuestión hace referencia a la memoria colectiva, que debía ser un diapasón que
nos permitiera afinar nuestra visión e interpretación de la realidad para
mejorarla, no para descender aún más en el profundo pozo en que se está
convirtiendo, especialmente en los últimos años ¿Qué ha sido de ella? ¿A qué ha
quedado reducida esa capacidad para analizar con perspectiva el pasado,
sembrarlo de dudas destinadas a propiciar, por el camino de la reflexión
social, sobre hechos y sus consecuencias, la proximidad de la certeza?
¿Por qué no
recordamos que la dama de hierro destruyó de cuajo el consenso político que se
había alcanzado en gran Bretaña en las décadas de la postguerra? ¿Qué nos hace
olvidar que se encargó, mostrando una prepotencia irrepetible, de destruir
literalmente los centros industriales, del norte de Inglaterra, de Escocia y
Gales?
Con sus
estrategias políticas, totalmente autoritarias, se empeñó en construir un
cuerpo ideológico que pudiera acuñarse con su apellido, claro síntoma de su ego
desmesurado, Thatcherism, una corriente que, sin embargo,
quedaba más cerca de ser como un movimiento bolchevique, un baile acompasado a
los pasos letales dados por su gran amigo, e impresentable mandatario
americano, Ronald Reagan.
Sin remilgos
enunciaba frecuentemente una de sus máximas: hay que aplastar a la oposición y
negociar con quien sea para ganar, coherente planteamiento con su actitud
respecto a dictadores, mercenarios y empresarios, como Pinochet, con los que
negociaba bastante más, y con más flexibilidad, que lo hacía con los
representantes de su país que le contradecían en lo más mínimo. Enarboló una
falsa bandera, espiritualmente perfecta para su marketing político, la bandera
de la responsabilidad, la familia, los “valores” puros, la criminalización de los
malos, presos republicanos y un etc. que escondía, en realidad, una megalomanía
y su habilidad para realizar transacciones económicas que le dejaron pingües
beneficios, a escondidas, como las que realizó con el dictador de Chile, de
quien copio las dudosamente eficaces teorías económicas que le llevarían a esa
obsesión suya por la privatización.
Entre los
logros de esta “dama” está haber destruido los sindicatos, a quienes consideraba una amenaza
letal para el capitalismo que no debía permitirse. Se empeñó, y lo logró, en
aumentar los privilegios de los ricos y hundir a la clase obrera; se opuso
activamente a que se llevaran a la práctica las sanciones económicas contra el
régimen del apartheid de Sudáfrica, una manera de apoyar al régimen de
Pretoria, en coherencia con su visión de la diferencia entre clases, su
tendencia xenófoba y, lo que constituyó las verdadera razón de su postura, su
obsesión por sacar beneficios económicos con las situaciones de guerra. Como
colofón a sus discursos sobre la supremacía del individuo, el beneficio
individual, sobre la colectividad, se logró legalizar la venta de las casas
municipales para favorecer que los especuladores, los individuos que sí
importan, se enriquecieran con especulaciones sobre bienes que eran en realidad
comunitarios, municipales. El incremento de indigentes fue un detalle nimio que
no llegó a importarle mucho, obviamente, aunque basta tener en cuenta que a su
llegada al poder, el índice de pobreza era del 13,4 % y cuando dejó su cargo
había ascendido hasta alcanzar un terrible 22%. Afirmó que Nelson Mandela era
un terrorista y que Pinochet era el blanco de desmesurados e injustificados
ataques. Con el dictador entabló maravillosas relaciones, que
sospechosamente, y según consta en archivos desclasificados, se relacionaban
con la compra-venta de armamento: desde que se levantó el embargo en 1980 hasta
fines de abril de 1982, Chile le había comprado armamento al Reino Unido por
valor de 21 millones de libras, que equivaldrían a unos 110 millones hoy (cerca
de 160 millones de dólares).Buques, aviones, cañones y equipos de comunicación
fueron algunos de los productos vendidos en transacciones secretas.
En fin, la
que fue llamada por la URSS la dama de hierro, por su fobia hacia el
socialismo, a poco que se buceé sobre su vida y hechos políticos, se convierte,
más que en dama, en esclava de su ideología obsehttp://lamoscaroja.wordpress.com/20...siva, en
destructora de buena parte de los avances y progresos que habían sido logrados
antes de su llegada al poder y, curiosamente, en precursora de esa política
económica ideada por unos pocos para hundirnos y que se resume en una de las
máximas de la dama de metal: «La economía es el método. La finalidad es cambiar
el corazón y el alma ».
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