Artículos de
Opinión | Carlos Taibo | 16-05-2013 |
Me piden
que, ahora que se cumple el segundo aniversario del 15-M, asuma un ejercicio de
consideración crítica, no simplemente elogiosa, de lo que aquél ha supuesto.
Antes de hacerlo dejaré claro, aun con todo, que no tengo dudas en lo hace a
las virtudes del movimiento del 15 de mayo: ha permitido forjar una identidad contestataria
que faltaba, ha proporcionado un saludabilísmo espacio de reencuentro de muchas
gentes, ha reabierto con fortuna debates que parecían definitivamente
clausurados, ha dado alas a movimientos que bien que las necesitaban y, en fin,
y por encima de todo, ha hecho posible que muchas gentes descubran que pueden
hacer cosas que hace un par de años hubiesen resultado impensables. Con estos
antecedentes confesaré que no acierto a entender qué ganaríamos si el 15-M
desapareciese, al tiempo que puedo imaginar sin problemas las pérdidas,
ingentes, que de ello se derivarían. Si, al cabo, no dispusiésemos del
movimiento, tendríamos que crear algo parecido.
Una vez
sentado lo anterior, asumo de buen grado, con todo, la tarea que se me
encomienda. Y lo primero que se me ocurre anotar es un argumento que en cierto
sentido nace de la comparación del 15-M con los movimientos antiglobalización
que lo antecedieron en el tiempo. Alguna vez se ha dicho que los movimientos
de los indignados —nada me gusta el término pero lo dejaré ahí— constituyen
un intento de adaptación del mundo antiglobalización al nuevo escenario
perfilado, a partir de 2007, por la crisis. Aunque la idea creo tiene su
fundamento, me interesa ahora escarbar en una diferencia fundamental entre una
y otra realidad. Si a menudo se ha sugerido con criterio que en el Norte rico
los movimientos antiglobalización reclamaron en esencia derechos para otros
—para los habitantes de los países del Sur y para los integrantes de las
generaciones venideras—, parece que esa dimensión es más débil, en cambio, en
la realidad cotidiana del 15-M, una instancia mucho más aferrada a lo más
próximo, al Estado-nación y, en último término, a lo local. Si este apegamiento
a lo más cercano es una virtud, no deja de acarrear un problema obvio: cuando
muchos hemos peleado para que el movimiento asumiese de pleno la lucha
feminista, los retos que se derivan de la conciencia de lo que significan la
crisis ecológica y el colapso, o, en suma, las necesidades que surgen de una
solidaridad innegociable con muchas de las gentes que habitan el Sur del
planeta, más bien parece que el 15-M no ha estado a la altura. Matizaré lo que
acabo de decir: no se trata, desde mi punto de vista, de que las activistas del
movimiento no compartan esos objetivos. Se trata de que la biología del 15-M
remite de forma directa a lo más cercano —al paro y a los desahucios, para
entendernos— y no está adecuadamente engrasada para encarar lo más lejano, en
el tiempo o en el espacio. Algo tendremos que hacer para salir de este
atolladero.
Formularé
una segunda idea, que en este caso sugiere que hay ámbitos importantes en los
que el 15-M, o no ha resuelto convincentemente la cuestión correspondiente o,
simplemente, no ha conseguido expandirse en terrenos que a muchas nos parecen
importantes. Si ejemplo de lo primero lo siguen siendo las controversias que
suscita la relación de aquél con el mundo del trabajo —tiempo habrá para
hincarle el diente a tan compleja cuestión—, ilustración de lo segundo lo es la
precaria presencia del 15-M en el mundo rural, y ello pese a que uno de los
proyectos centrales avalados por el movimiento —la construcción de espacios de
autonomía en los que, sin aguardar nada de nuestros gobernantes, apliquemos
reglas del juego diferentes— remite en muy buena medida, por lógica, a ese
mundo.
Me permito
agregar una última observación: el 15-M tiene que esforzarse para clarificar
qué es lo que quiere ser. Aunque la presencia al respecto de percepciones
distintas, todas legítimas, no deja de tener su lado saludable, me limito a
enunciar en este caso una convicción personal: con la que está cayendo, no
entiendo que el 15-M pueda ser otra cosa que una instancia que en todos los
órdenes de la vida plantee el horizonte de la asamblea, de la autogestión y de la
desmercantilización para hacer frente a la barbarie capitalista desde la
perspectiva de la lucha antipatriarcal, de la defensa de los derechos de los
integrantes de las generaciones venideras y de la solidaridad con los
desheredados del planeta. Y que lo haga en colaboración estrecha con todas
aquellas instancias que están inmersas en la misma tarea.

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