¿Cataluña dual?
Artículos de
Opinión | Diego Jiménez García | 06-12-2012 |
Con una
sonora pitada fue recibida la llegada del rey Juan Carlos I en el palco
presidencial del estadio olímpico de Montjuic, el 25 de julio de 1992, en la
ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos ‘Barcelona 92’. No era la primera
vez que los Borbones españoles eran cuestionados en Cataluña. El pueblo llano
tiene memoria histórica. Y el catalán no puede desprenderse de la carga
emocional que conllevan ciertos hechos del pasado. Aun alejados en el tiempo,
aún resuenan en las calles de la ciudad condal los ecos de aquel fuego de
artillería con que el mariscal James Fitz-James, duque de Berwick, castigó a la
ciudad a partir de la madrugada del 11 de septiembre de 1714. Rendida el día 13
de ese mes, los Decretos de la Nueva Planta, impuestos por la vencedora
monarquía borbónica, desposeyeron a Cataluña de sus fueros, e impusieron el
español como la única lengua oficial. Cataluña, a juicio del primer Borbón,
Felipe V, era merecedora de tal castigo por el hecho de no haberse plegado a
sus designios y por haber apoyado al candidato austriaco, el Archiduque Carlos,
en aquella Guerra de Sucesión a la Corona de España a la que puso fin el
Tratado de Utrecht (1713).
Un nuevo
bombardeo de Barcelona, esta vez ordenado por el general Espartero, se produjo
el día 3 de diciembre de 1842. El regente aplacó, con sangre y fuego, la
rebelión de la ciudad provocada por la crisis del sector algodonero y la firma
de un acuerdo de librecambio con Inglaterra que perjudicaba a la industria
textil catalana. La justificación de este hecho de fuerza vino acompañada de su
frase: “A Barcelona hay que bombardearla al menos una vez cada 50 años".
Ni que decir
tiene que durante el franquismo Cataluña no corrió mejor suerte, como le
ocurrió al resto de españoles. Hay, pues, motivos históricos suficientes como
para que el pueblo catalán se haya venido sintiendo agraviado respecto del
centralismo de Madrid, por lo que un notable sector de la sociedad catalana
abraza las tesis soberanistas. Pero, dicho esto, es innegable que lo peculiar
del soberanismo catalán del siglo XXI es que parte de las reivindicaciones
segregacionistas están siendo esgrimidas por una coalición, CIU, que representa
sobre todo a la burguesía catalana y se presenta como heredera del espíritu que
impregnó el inicial nacionalismo catalanista de las Bases de Manresa de 1892
impulsadas por Enric Prat de la Riba, pero muy alejado entonces de veleidades
secesionistas.
A la hora de
redactar estas líneas, siguen las difíciles negociaciones tendentes a conformar
una mayoría estable de Gobierno en Cataluña tras las elecciones del pasado día
25 de noviembre. Voces interesadas deslegitiman la pretensión soberanista que
sustentó la campaña electoral de algunas formaciones políticas. Pero la
consulta, aunque se ha desinflado un tanto a la luz de los resultados
electorales, no está descartada, en la medida en que, de renunciar a ella, CiU
quedaría condenada políticamente ante muchos de sus partidarios que apuestan
por la autodeterminación catalana.
Pero no
puede atribuirse en exclusiva la burguesía catalana la bandera soberanista. En
las pasadas elecciones ha sido perfectamente constatable que el voto
nacionalista ha sufrido también un importante corrimiento hacia la izquierda,
hacia las fuerzas que se oponen al proyecto de saqueo impuesto por el FMI y
Berlín. Los votos y escaños que pierde CiU se trasvasan mayoritariamente hacia
Esquerra Republicana de Catalunya. Y emerge con fuerza, con tres escaños, la
Candidatura d’Unitat Popular (CUP), una fuerza independentista con un programa
de redistribución de la riqueza y opuesto frontalmente a los dictados de Merkel
y Bruselas. No es tan clara, pues, la insistente afirmación de que estas
elecciones nos han dejado una Cataluña dual. Recordemos que las fuerzas que
sustentan a los gobiernos encargados de ejecutar los recortes y ajustes en
Madrid o en Barcelona (CiU y PP) pierden 11 escaños, sumando un total de 1
millón 583 mil votos, mientras que, por el contrario, las fuerzas
parlamentarias que se oponen a ellos suman 1 millón 653 mil, ganando más de 600
mil votos.
En Cataluña,
pues, parece que, a la luz de los resultados electorales, podría empezar a
consolidarse un amplio frente de izquierdas entre las fuerzas que realmente se
oponen a los recortes sociales, y para las cuales la marcha hacia la
independencia debería ser, dada la situación actual, una cuestión secundaria.
La dificultad puede estar en que en ese proceso de sumar y acumular fuerzas
parece descolgarse ERC, obcecada en persistir en una consulta soberanista que
le arroja, inevitablemente, en manos de CiU. Pero, insisto, el nuevo mapa
político surgido de los pasados comicios está bastante alejado de lo que ha venido
denominándose una Cataluña dividida (dual).

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