El robo educativo o el esperpento ilustrado
Artículos de
Opinión | Jorge Alcázar * | 03-12-2012 |
¿Cuáles son
las causas que impulsan a un país a tirar por la borda una de sus inversiones
más enérgica y contundente? Este podría ser el comienzo de una buena novela del
género negro, mas no se trata de ninguna ficción, si no de una realidad
lacerante que acontece hoy día en nuestro país.
Pertenezco a
una generación que, a diferencia de las anteriores generaciones en España, ha
podido disfrutar de una educación pública, accesible y, en mayor o menor
medida, de calidad. Ahora que tan en boga se ha puesto el acoso y derribo del
modelo educativo público, sus carencias y defectos y su utilidad y viabilidad,
entiendo que debiéramos, como ciudadanos, reflexionar acerca de este mismo
modelo que ha posibilitado la formación en muchos aspectos de millones de
españoles en los últimos treinta años.
Actualmente,
decenas de miles de jóvenes de este país tienen que hacer las maletas para
buscar trabajo y futuro en el extranjero. Jóvenes que, en la inmensa mayoría de
casos, deben acreditar una formación superior para poder optar a un puesto de
trabajo y un porvenir que se les niegan en España, y que han sido formados de
acuerdo a este modelo educativo tan públicamente ultrajado. Nuestros
inmigrantes -quién iba decir hasta hace poco que volveríamos a hacer las
maletas- no son como aquellos del “vente pa’ Alemania Pepe”; pertenecen a eso
que se llama mano de obra cualificada, habiendo sido formados al abrigo de un
sistema educativo público y universal.
La inversión
en materia educativa es cuestión obligada en cualquier país que pretenda
desarrollarse en todos los ámbitos, desde el económico al social, pasando por
cualquier otro intermedio. Y España, durante estos últimos treinta años hizo la
suya, con todas las objeciones que se le puedan y deban poner. Mas es un hecho
el señalado arriba. Exportamos esa mano de obra cualificada. No es una cuestión
baladí hablar en estos términos, pues lo que a lo mejor descuidamos son los
términos económicos en los que dicha inversión ha sido efectuada.
Según datos
del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (que tendrá que ver la velocidad
con el tocino), el erario público invierte por alumno y curso escolar en la
etapa de Infantil 4.826 euros, 7.045 euros en la de Secundaria, 7.716 euros en
Ciclos Formativos y 10.020 euros en la etapa universitaria. No hay que ser un
lince en Matemáticas para calcular que cuando un joven español acaba su
formación en la universidad, como españoles y contribuyentes, hemos invertido
en la educación y formación del mismo la nada despreciable cifra de más de
120.000 euros, mientras que si se trata de una formación en Ciclos, la
inversión es de cerca de 90.000 euros. Como se señala arriba, todo este monto
no es más que la inversión que como estado hemos hecho. Pero, ¿inversión para
qué? o mejor dicho ¿para quiénes?
No existen
datos oficiales al respecto, me imagino que con el fin de evitar la alarma y
vergüenza patria, pero se calcula según Adecco y Fenac, que el número de
jóvenes españoles que nos abandonó entre el 2008 y el 2011 fue de 300.000.
Siguiendo con la aritmética, el formar toda esa masa de jóvenes huérfanos de
futuro en su tierra nos ha costado, como estado, en términos actuales y
haciendo una media del coste por universitario y el coste por graduado en
ciclos, -pues sin uno u otro título no se puede ir actualmente ni al bar de la
esquina y menos a Alemania, por poner un ejemplo y sin que parezca tendencioso-
31.500 millones de euros.
La cifra
anterior no sólo debería levantar ampollas, pues como está el patio
convendremos todos en que no es “pecata minuta”. También debería hacernos
reflexionar sobre cuál es la responsabilidad que nuestros gestores –la clase
política dirigente española de los últimos años- tienen en este dislate, en
esta dilapidación de recursos, talento, inversión, ilusión, etc. Al drama
humano que supone la inmigración, hay que añadir el drama económico que ponen
de manifiesto estas cifras. Y si a todo esto añadimos las reiteradas bajadas
salariales y la pérdida de derechos laborales, que repercuten negativamente en
la inversión hecha en formación, pues a peores salarios, menores cotizaciones y
por tanto menores ingresos públicos en materia tributaria, las cuestiones que
se desprenden son ¿en aras de qué o de quiénes se ha actuado con tal
proceder para llegar a estos términos? ¿Qué o quiénes están detrás de tales
desmanes? Realmente, ¿quiénes van a ver el rédito de esta inversión?
Parece claro
a tenor de lo expuesto, que la inmensa mayoría de ciudadanos de nuestro bendito
país no van a participar de los beneficios de tal inversión. Los unos han
sufrido, están sufriendo o sufrirán (la canciller Angela Merkel ha anunciado la
necesidad de cubrir 800.000 puestos de trabajo cualificados) el drama del
exilio laboral; los otros, los que nos quedamos, sufriremos, invariablemente,
el drama de este éxodo por ver como una generación perdida sale por la puerta
de atrás del coladero nacional, y junto a ella y en el lugar en que nuestros
compatriotas de antaño llevaban los chorizos y butifarras, nuestros ahorros e
inversión de unos pocos de años, botín para unos cuantos de ahora.
* Miembro
del Colectivo Prometeo y del Frente Cívico

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