El fin del mundo
Artículos de
Opinión | Pedro Luna Antúnez | 13-12-2012 |
Recuerdo la
primera vez que escuché hablar a alguien en catalán. Corría el año 1981 y yo
estudiaba 3º de EGB en un colegio público de Hospitalet de Llobregat. El primer
día del curso se presentó una joven maestra con unas gafas enormes de cristal
redondo y empezó a dar la clase en catalán. Yo tenía ocho años y hasta entonces
nadie me había hablado en catalán. Aquel día apenas pude seguir el hilo de la
clase. Sin embargo, a las pocas semanas ya llamaba “senyoreta” a la maestra. No
fui el único en aprender catalán en la escuela. Para millones de catalanes como
yo, cuya lengua materna es el castellano, la escuela fue el vínculo gracias al
cual aprendimos la lengua del poeta Martí i Pol. Los idiomas se pueden aprender
en la escuela y en la calle. No fue mi caso. Yo, que crecí en un barrio
castellanohablante, sólo tuve la escuela. Es posible que me deje llevar por la
nostalgia hacia ese mundo de realismo mágico que es la infancia. Pero 31 años
después sólo tengo palabras de agradecimiento hacia la escuela de mi infancia y
hacia la “senyoreta” de las gafas grandes a quien jamás olvidaré.
No me
interesan conceptos como la soberanía o la identidad nacional. Sí me interesa
el entorno en el que vivo. La identidad me la dio el barrio en el que crecí y
el pueblo de Córdoba del que proceden mis padres. Es la misma identidad que
pueda sentir alguien que se haya criado en Vallecas y cuyos padres emigraron
desde Extremadura al Madrid de los años 60. No es un sentimiento identitario en
lo nacional sino en lo social. Son las clases sociales. Tan ignoradas como
desconocidas por nuestros políticos, incluyendo a algunos que dicen ser de
izquierdas. Quizás la ocurrencia de Paco Vázquez, alcalde socialista de
La Coruña entre 1983 y 2006, de comparar la inmersión lingüística en Cataluña
con la Alemania Nazi pueda quedar en un mero traspiés dialéctica debido al
desconocimiento de una realidad social determinada. Uno más de esos
apoltronados que tenemos por dirigentes. Pero cuando se afirma que “no hay
diferencia entre un judío perseguido por los nazis y un niño catalán castigado
por hablar español” se está evidenciando una indecencia moral y una indigencia
intelectual difícilmente asumibles.
En Paseos
con mi madre, Javier Pérez Andújar escribía que “antes de sentirse de ningún
país, patria o nación, pertenece a la internacional de los bloques”. Un
sentimiento similar sentirá David Reboredo, un extoxicómano gallego a
quien el gobierno ha denegado dos veces el indulto pese a estar plenamente
rehabilitado. David creció en el barrio obrero de El Calvario, en Vigo. Cayó en
las drogas en la década de los ochenta como otros tantos jóvenes de su
generación. Hace trece años emprendió un programa de desintoxicación pero entre
2006 y 2009 cometió algún que otro pequeño delito relacionado con el consumo de
drogas; le incautaron medio gramo de cocaína y fue condenado a siete años de
prisión. Su caso contrasta con la facilidad que han exhibido los gobiernos del
PSOE y del PP para indultar a estafadores y corruptos de guante blanco. La estadística
habla por sí sola: en España se han concedido desde 2000 un total de 226
indultos por delitos contra la administración pública. A modo de ejemplo, 25
indultos fueron por casos de prevaricación, 107 por malversación de fondos
públicos y 16 por cohecho. A David le engancharon con una papelina. No es una
cuestión de justicia sino de ricos y pobres.
“Crecimos en
el gueto del fin de la historia” escribe Silvia Nanclares, joven escritora de
Moratalaz, en El Sur: Instrucciones de uso. Moratalaz es un distrito de
Madrid delimitado por un enjambre de autopistas; la M-30 al oeste, la M-40 al
este, la A-3 al sur y la M-23 al norte. Las “ciudades dormitorio” son nuestra
identidad. Esa identidad que tan bien describe Silvia Nanclares: Hablo de
buzones idénticos con Gómez-García, González-Crespo, Jiménez-Blanco, de tardes
completas sentados en un bordillo, de motos robadas, de chabolas en badenes, de
casas prefabricadas donadas a gitanos, de vías muertas y charcos gigantes que,
como partículas de carbono 14, desmentían el placebo de la Ahistoria para
decirnos al oído: "Pues no, niños, lo que veis ahora no siempre fue
así". Hospitalet, El Calvario y Moratalaz son para algunos el fin del
mundo. Nuestros políticos, jueces o periodistas no crecieron en esos barrios y
ciudades, ni los conocen ni se esfuerzan lo más mínimo por echar un vistazo y
recorrer sus calles. Supongo que es más cómodo observar el mundo desde una
torre de marfil.
Fuente: http://www.tercerainformacion.es

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