La Justicia
argentina ha arrojado un jarro de agua fría sobre la losa de impunidad de los
crímenes del Franquismo en la que se cimentó la transición española.
nuevatribuna.es
| Maite Ubiria | Responsable de internacional de Sortu | 20 Septiembre 2013 -
18:29 h.
La
Justicia argentina ha arrojado un jarro de agua fría sobre la losa de impunidad
de los crímenes del Franquismo en la que se cimentó la transición española.
La
decisión de la magistrada María Servini de Ubria de lanzar una orden de captura
internacional con fines indagatorios para aclarar las graves acusaciones que
pesan sobre cuatro funcionarios policiales franquistas ha arrojado una luz de
esperanza para los ciudadanos que impulsan la querella en el origen de este
mandato de detención.
La
juez argentina quiere interrogar a esos cuatro agentes que, pese a estar
acusado de graves delitos, nunca se han visto especialmente incomodados por la
democrática justicia española.
El
silencio y el olvido fueron la argamasa empleada para dar forma a una
transición que permitió a estos y otros muchos servidores de la dictadura
reinsertarse plenos de derechos cuando no de privilegios en el nuevo orden
político.
Con
esos mimbres se tejió un cesto de impunidad que impidió hacer justicia y honrar
la memoria de quienes fueron engullidos por la sed de venganza de la dictadura.
Y con el paso del tiempo. O mejor dicho, sin que pasara demasiado tiempo, ese
cesto se fue llenando de nuevas y graves violaciones de derechos humanos.
No
hubo ruptura democrática, sino continuidad en todo tipo de prácticas. Así lo
atesora el censo de personas torturadas sobre el que trabaja Euskal Memoria y
de acuerdo al cual no menos de 10.000 ciudadanos-as vascos-as han padecido
tortura en los últimos 50 años.
Una
parte de ese mapa del sufrimiento quedo hoy un poco más al descubierto gracias
a la Justicia argentina y a la labor de sensibilización previa que han realizado
en ese país golpeado a su vez por la dictadura para que se haga la luz sobre
las víctimas del Franquismo.
Y
ello no ha sido labor fácil. Porque durante años, la “modélica transición”
española ha exportado sus virtudes a países desgarrados por el zarpazo del
genocidio, como Chile y Argentina.
Los
esperanzadores cambios políticos abiertos en ese continente han permitido echar
marcha atrás en leyes de punto final y, con décadas de retraso, han permitido
sentar en el banquillo a algunos de los responsables de los crímenes de las
dictaduras latinoamericanas.
La
“marca España” ha perdido fuerza también en esta cuestión y su receta de
“libertad sin ira” ha sido rechazada por unos gobernantes que han atendido por
fin al grito de justicia de los desaparecidos, muertos y torturados en la larga
noche del terror de la dictadura.
España
se queda con su modelo de impunidad, que ha echado tierra sobre las fosas
comunes, y con su elogio permanente al terrorismo de estado, vía la pervivencia
de los monumentos, símbolos y actos de homenaje al Franquismo -el último a la
División Azul que combatió por Hitler-.
Quienes
vieron en la Ley de Memoria Histórica de Zapatero un avance hoy deben
constatar, como lo ha hecho la juez argentina, que no hay tribunal español
dispuesto a juzgar los crímenes de la dictadura. Las causas han ido decayendo y
con ellas las esperanzas de las víctimas.
Huyendo
del Franquismo, miles de ciudadanos de los pueblos del Estado, también de
Euskal Herria, cruzaron el océano. Y hoy sus herederos vuelven a surcar ese mar
a la búsqueda de justicia.
Todos
cuantos han puesto palos en las ruedas de la juez son los grandes damnificados
de esta decisión que debiera enrojecer las mejillas de jueces y fiscales.
También de no pocos políticos que han animado a poner trabas para que no
prospere esta causa. Y que, a buen seguro, postularán la insumisión ante
ésta y otras diligencias que tenga a bien emprender la magistrada.
Desde
los Pactos de la Moncloa y hasta nuestros días, ese sistema de impunidad se ha
visto reforzado por la actitud de una clase política más interesada en
construir su estatus que en responder a la obligación moral de saldar las
cuentas con el pasado no con afán de venganza sino con un sentido de la
justicia que, entre otras cosas, habría lanzado un mensaje claro de no
repetición a quienes han vestido el mismo o parecido uniforme que los cuatro
perseguidos por la juez.
La
decisión de la juez ha permitido que, siquiera por esta vez, los amigos de los
perseguidos se hayan acostado con un atisbo de esperanza. No son los únicos.
También una sonrisa ha aflorado en los rostros de los torturados tras la muerte
de Franco.
Hoy
es un buen día para que quienes reclaman “una lectura crítica del pasado”,
siempre al mismo destinatario, reflexionen sobre la responsabilidad mayor de
garantizar que la impunidad y el olvide no sepulte a las víctimas de la
tortura.
Fuente:
http://www.nuevatribuna.es/

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