La
verdad es que me estaba preguntando que coños pintaba yo allí, acusado de ser
comunista, cuando todos sabían, incluidos los de Solvay y las autoridades
presentes, que mi único pecado era ser el hijo póstumo de un socialista que
marchó a la Guerra y no volvió nunca más.
nuevatribuna.es | Javier López | 20
Septiembre 2013 - 16:56 h.
Foto: Asamblea de mineros del Archivo Fotográfico Minero de
CCOO.
Como
tantas noches, me encontraba revisando los correos electrónicos, las cartas,
los documentos, que habían llegado a lo largo del día. Una tarea que es
imposible de realizar en el fragor de la actividad cotidiana y que se acumula,
la mayor parte de las veces, para ese momento de la noche en el que el silencio
se apodera de la casa y puedes sentarte un momento tranquilo. Horas robadas al
sueño, a la lectura, a la escritura...
Esa
noche me detuve en un correo enviado por la Fundación Juan Muñiz Zapico de
CCOO Asturias. Una Fundación que lleva el nombre de uno de los encausados
en el Proceso 1001 por formar parte de la dirección clandestina de las
CCOO, reunida en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón y detenida en
junio de 1972.
El
juicio dio comienzo en diciembre de 1973. El mismo día en el que se produjo el
asesinato de Carrero Blanco, lo cual termino dando lugar a unas condenas
desproporcionadas, de decenas de años de cárcel, si tenemos en cuenta que el
único delito cometido por aquellos hombres era el de pertenecer a una
organización sindical que luchaba pacíficamente por los derechos de las
personas trabajadoras.
Juan
Muñiz Zapico, terminó muriendo trágicamente, años después, en un accidente
de tráfico y los compañeros y compañeras de Asturias decidieron dar su nombre a
una Fundación que, entre otras muchas actividades, convoca un premio anual de
microrrelatos mineros, que lleva el nombre de otro líder sindical, Manuel
Nevado Madrid, cordobés de nacimiento y asturiano de adopción, que trabajó
en el Pozo María Luisa y que se convirtió en el líder sindical minero. Es
precisamente a esos hombres y mujeres de la minería a los que rinde tributo
este concurso literario.
Tenía
la convocatoria del concurso entre las manos. Me asaltó la idea de escribir
sobre aquella reunión en la mina de la Camocha, en la que una Comisión Obrera
de los trabajadores en huelga, se las veía con los representantes de la empresa
Solvay y con los del Gobernador Civil. Lo que no tenía era tiempo. Pero era un
microrrelato y después de despachar el resto de documentos, me puse a escribir
de un tirón este relato, intentando ponerme en la piel del único de los cinco
miembros de la comisión obrera del que no conocemos el nombre.
No
sé si, la de la Camocha, fue de verdad la primera de las Comisiones
Obreras que los trabajadores creaban y disolvían, ante cualquier conflicto en
las minas, las empresas industriales, o los tajos de la construcción, hasta que
se fueron creando Comisiones Obreras más estables, para coordinarlas después y
dar origen a una fuerza sindical que, a principios de los sesenta, ganaba las
elecciones sindicales en el sindicato vertical franquista. El hecho es que esta
Comisión Obrera se crea en 1957, el año de mi nacimiento y me resulta, tal vez
por ello, más mítica y cercana.
Mandé
el relato y a los pocos meses recibí una comunicación de que el jurado había
decidido conceder a mi relato una Mención especial al Testimonio Histórico,
por lo cual sería publicado en el libro del IX Concurso de Microrrelatos
mineros. Hoy tengo entre mis manos el libro. Como bien sabemos la mayoría
de los que alguna vez nos hemos adentrado en la narración, o la poesía, no hay
mejor premio que ver publicado aquello que has escrito.
Gracias,
por tanto, a la Fundación Juan Muñiz Zapico, por este hermoso regalo, que ahora
dejo, a su vez, en vuestras manos, por si pudiera suscitar vuestro agrado,
interés y disfrute, en una de esas noches en las que, arrancando tiempo al
sueño, decidí dedicar un par de minutos a la lectura.
EL
DIVISIONARIO
La
verdad es que me estaba preguntando que coños pintaba yo allí, acusado de ser
comunista, cuando todos sabían, incluidos los de Solvay y las autoridades
presentes, que mi único pecado era ser el hijo póstumo de un socialista que
marchó a la Guerra y no volvió nunca más.
Las
cosas se nos estaban yendo de las manos. Los representantes del Gobernador
Civil no estaban allí por casualidad. Oviedo no está lejos, pero en
la parroquia de la Vega no los habíamos visto nunca. Tras nueve días de
huelga, estaba claro que preparaban una escabechina y qué mejor que estos cinco
cabecillas que se hacen llamar Comisión y actúan en comandita.
En
mala hora me había dejado embaucar por Casimiro, tras escuchar al
piquito de oro de Galache y las bravuconadas de Terneiro, que
para colmo era gallego y falangista. Aunque el verdadero culpable de todo
era yo. Mira que le di vueltas. Fue la amistad con el Quicu la
que terminó de decidirme. Era mi amigo, de la JOC y picábamos codo con codo.
Ahora
nos acusaban de comunistas, o sea, lo peor de lo peor. Estábamos jodidos,
bien jodidos.
Fue
entonces cuando, sin previo aviso, en mitad de la reunión Terneiro se
desabrochó la camisa y comenzó a señalar una por una sus cicatrices mientras
gritaba que a un hombre que había luchado en el frente ruso junto a los nazis,
a un divisionario, no había otro hombre con cojones de llamarle comunista.
Ahí
cambiaron las tornas. Los de Solvay y los del Gobierno Civil se
intercambiaban miradas desconcertadas. Alguien pidió disculpas, rogó
serenidad y empezamos a hablar de los silicóticos, de los destajos, de las
galerías inundadas. Casimiro Bayón sonreía. Mi padre, también
sonreía. Seguro que sonreía.
Fuente:
http://www.nuevatribuna.es/

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