21septiembre 2013
Antoni Aguiló
Filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra
Filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra
Decía Gramsci que “la
crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no
puede nacer: en este interregno se manifiestan los fenómenos morbosos más
variados”. La cita no puede ser más apropiada para los tiempos que corren. Nos
encontramos en una época convulsa e incierta en la que lo nuevo no acaba de
nacer y lo viejo no termina de morir; una época de partos y defunciones en la que
convivimos con los fenómenos morbosos a los que se refiere Gramsci.
Uno de ellos es la
presencia del bipartidismo zombi: un sistema político donde los dos grandes
partidos que durante décadas se han alternado en el poder, a pesar de su
abrumadora pérdida de legitimidad ante la ciudadanía, subsisten como muertos
vivos, de ahí la metáfora del zombi, que remite, como afirma Ulrich Beck, a
“conceptos que han muerto, pero que siguen rigiendo nuestro pensamiento y
nuestra acción”. Venimos registrando el agotamiento del bipartidismo como
mecanismo de gestión de la democracia española, el desplome progresivo del PP y
del PSOE como eficientes máquinas electorales y las grietas abiertas en la
cultura de la Transición, el marco cultural y político que hasta la irrupción
de los movimientos que corean el “no nos representan” se mantuvo prácticamente
incólume y bloqueó cualquier contestación social. He aquí los gérmenes del
nuevo mundo que no acaba de nacer.
No obstante, el actual
bipartidismo se ha convertido en una institución zombi que pulula sin dar
solución a los problemas a los que se enfrenta, conduce a una situación de
bloqueo institucional que impide el éxito de cualquier intento renovador y
tiende obstinadamente a imponer fórmulas mediante pactos oligárquicos entre las
élites en el poder que reproducen sus condiciones de dominación. Lo hace con
reformas interesadas de la ley electoral que merman la proporcionalidad, la
representatividad plural e incrementan las barreras electorales, así como
beneficiándose del apoyo propagandístico de los medios de comunicación, de la
abstención y de los ciudadanos que no modifican el sentido de su voto.
El último coletazo del
bipartidismo zombi lo ha dado recientemente el presidente del PP y del Gobierno
balear, José Ramón Bauzá, quien ha anunciado un “ERE” en el Parlamento
autonómico de 18 diputados, que pasaría de 59 a 41. Aunque Bauzá no ha sido el
primero de los populares en anunciar recortes de parlamentarios. Antes que él
lo hicieron Ignacio González en Madrid, María Dolores de Cospedal en
Castilla-La Mancha, Núñez Feijóo en Galicia y Alberto Fabra en la Comunidad
Valenciana. En Madrid, la propuesta del Partido Popular pasa por reducir de 129
a 65 el número de diputados de la Asamblea. La misma finalidad perseguida por
Cospedal en las Cortes manchegas, donde la horquilla se situaría entre 25 y 35
diputados, mientras que en Galicia el propósito es reducir el Parlamento de 75
a 61 escaños. Fabra, por su parte, baraja eliminar 20 de los 99 diputados de
las Corts. Son medidas en sintonía con la reducción del 30% de regidores
prevista por la contestada reforma de la Administración local del Gobierno
anunciada en 2012.
Ante el descrédito
creciente del bipartidismo, el PP quiere aparentar con la retórica de la de
austeridad y la eficacia preocupación por la regeneración de la maltrecha
democracia representativa. Sin embargo, el juego regeneracionista es otra
estrategia más para reforzar a los partidos mayoritarios con argumentos
demagógicos, ignorando el hartazgo de la gente con una democracia electoral de
baja intensidad tutelada por un bipartidismo formado por partidos que imponen
su voluntad al electorado, y a pesar de los cuales, apenas hay elección, pues
funcionan como la cara bifronte de un sistema político contra el que se estrella
el derecho a voto.
Reforzar la democracia
y generar confianza entre la ciudadanía requiere, entre otras cuestiones,
desaprender las formas habituales de domesticación política liberal
(parlamentarismo, bipartidismo, representación, partidos políticos, etc.)
presentadas como las únicas legítimas para dotarse de nuevos y complementarios
instrumentos democráticos. En este sentido, desmantelar la herencia del
bipartidismo que se resiste a morir y crear instituciones que posibiliten la
articulación entre democracia representativa y democracia participativa es
fundamental. Atravesamos un periodo de lucidez democrática expresada en calles
y plazas que puede ayudar a diagnosticar y curar las patologías de una falsa y
decadente democracia representativa frente al auge de nuevas formas de hacer
política.
Fuente: www.publico.es

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