El mayor enemigo de
España, es bien sabido, se encuentra entre sus fervientes defensores. No es
nada nuevo.
nuevatribuna.es | José Manuel Rambla | 19
Septiembre 2013 - 17:58 h.
El
mayor enemigo de España no es la Pérfida Albión. Ni el libertinaje francés, ni
la traicionera Morería. Su mayor enemigo tampoco se halla en la melancolía
lusitana ni, por descontado, en los montañosos valles andorranos. No. El mayor
enemigo de España, es bien sabido, se encuentra entre sus fervientes
defensores. No es nada nuevo. De hecho, este es un país sumido desde siempre en
una crisis de identidad, en perpetua aspiración a llegar a ser. Más aún, es el
único país del mundo que, sin llegar a serlo en plenitud, ha sido capaz de
construirse un negativo de sí mismo, un otro lado del espejo sobre el que
proyectar todos los fantasmas que supuestamente le amenazan: la antiEspaña.
Cuando
el periodista Jay Allen preguntó a Franco si estaba dispuesto a fusilar a la
mitad de los españoles para salvar a España, el general -que afrontaba sus
primeros días de guerra- se limitó a subrayar con una sonrisa su voluntad de
conseguirlo “cueste lo que cueste”. Esa maliciosa sinceridad del carnicero
resultaría incomprensible sin esa tranquilidad espiritual que generaba la
creencia en la antiEspaña, ese ente maléfico sin otra misión que cuestionar las
supuestas esencias de la patria. El Caudillo por la gracia de algún mal dios,
logró con su crueldad perfilar los contornos más acabados del concepto.
Cuarenta años de nacionalcatolicismo se encargarían después de consolidar buena
parte del imaginario español sobre la base de aquella exclusión selectiva de
las gentes que habitaron las tierras españolas: rojos, separatistas, gitanos,
judeomasónicos, liberales, afrancesados, moriscos, sefardíes, musulmanes…
Es
así como este país no ha construido su memoria sobre clamores colectivos, sino
a partir de mayorías silenciadas o, en el mejor de los casos, silenciosas. Y
así parece que sus defensores se empeñan en seguir actuando hoy a la vista de
las reacciones frente a la llamada cuestión catalana y el referéndum
secesionista. Un órdago político para esta eterna España desvertebrada, al que
la caverna le gustaría responder con una nueva mayoría silenciada
(constitucionalmente, por supuesto), un toque a rebato que, en cualquier caso y
al menos por el momento, Mariano Rajoy parece poco dispuesto a escuchar. Frente
a esa postura, el presidente parece más inclinado en confiar en su loada y
resignada mayoría silenciosa, la que lleva años aplicándose en ejercitar el
difícil arte de comulgar con ruedas de molino, la misma que, como el peatón obediente
de Javier Cercas, sabe que su deber es detenerse sin cuestionar las ordenes
ante la rojiza y luminosa advertencia de los semáforos.
Por
su parte, la burguesía catalana comenzó a desinteresarse por España desde que
una lejana guerra en ultramar les dejó sin los mercados antillanos y filipinos
para sus tejidos. Luego Jordi Pujol aprendería a lidiar las sombras del caso
Banca Catalana enfundándose la barretina reivindicativa, una habilidad
heredada hoy por ArturMas en su complicado funambulismo para sortear el
desgaste de la crisis. La torpeza españolista se lo pondría fácil con su
mirar con desprecio una realidad cultural diferente, que no pretende
comprender y no siempre está dispuesta a tolerar desde que en 1640, en 1714 o
en 1939, Barcelona se convirtiera en “la más europea de nuestras villas pasada
a cuchillo”, como evocara Luis Martín-Santos en su relato de aquel otro Tiempo
de silencio. Como mucho, estuvo dispuesta a admitir un modelo autonómico
concebido como un café para todos que el tiempo confirmó como un relaxing
cup of café con leche aguado y descafeinado para las aspiraciones de
no pocos vascos y catalanes.
Con
todo, el gran terremoto que se esconde dentro de las movilizaciones
independentistas no afecta a los equilibrios tectónicos territoriales. Al fin y
al cabo, pocas cosas resultan tan mundanas y mudables en este mundo como las
fronteras. En realidad, su verdadero desafío está en plantearnos la posibilidad
de construir colectivamente un paisaje diferente. Y, sin embargo,
paradójicamente ese es al mismo tiempo el único reto capaz de salvar a España:
inventar otra nueva pero, eso sí, sin antiEspañas que la justifiquen. Afrontar
por primera vez la construcción de una identidad propia basada en la pluralidad
de las viejas Españas, integradora social y culturalmente, sin fosas en las
cunetas ni otros fantasmas acechantes en los rincones de la memoria.
Sin
esas nuevas Españas este país terminará tarde o temprano por perder el interés
hasta de los españoles, más allá de la pasión pasajera de algún partido de
fútbol. Por desgracia en este mundo en retirada que nos ha dejado en herencia
LehmanBrothers, tomar las riendas de nuestras vidas colectivas no resulta tarea
fácil. Ellos nos prefieren sumisos, callados, temerosos de que algún desliz o
una mala palabra obligue a la autoridad competente a transformar en silenciada
nuestra atávica vocación de mayoría silenciosa. Siempre obedientes y parados
ante ese semáforo perpetuamente en rojo que nos han instalado en el camino de
nuestro propio mañana.
Fuente:
http://www.nuevatribuna.es/

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