Durante largos años, hasta la muerte del tirano, mi vida
transcurrió rodeada de banderas que izábamos y arriábamos al calor de gloriosos
himnos fascistas.
nuevatribuna.es | Pedro Luis Angosto | 20
Septiembre 2013 - 17:44 h.
“Ahora
vendemos más fuera de España que en España…”. Artur Mas. Filósofo.
Durante
largos años, hasta la muerte del tirano, mi vida transcurrió rodeada de
banderas que izábamos y arriábamos al calor de gloriosos himnos fascistas.
Isabel y Fernando el espíritu impera moriremos besando la sagrada…, montañas
nevadas banderas al viento, prietas las filas y el chunda chunda, todas
cantadas con emoción, con la mirada limpia y clara, cara al sol. He de
reconocer que canté tantas veces aquellas canciones que todavía hoy recuerdo
sus letras por más que haya intentado olvidarlas. Sorprendente lo que ocurre
con los caprichos de la memoria y el adoctrinamiento: Olvido con enorme
facilidad cosas que me interesan muchísimo y retengo otras que me causan
sonrojo y aversión. Por eso, cuando estos días pasados he vuelto a ver la
proliferación de banderas por las calles y carreteras de Catalunya, cuando veo
que un pueblo supuestamente culto pone todas sus ilusiones y esperanzas en un
trapo amarillo con cuatro bandas rojas que hasta los Reyes Católicos fue sólo
un emblema heráldico de ciertos nobles de los reinos de Aragón, no puedo sentir
más que tristeza. Es cierto que las banderas son símbolos en los que se pueden
condensar anhelos populares, sentimientos compartidos e identidades, pero no es
menos verdad que cifrar la felicidad o la infelicidad individual o colectiva en
ellas denota un grado de inocencia difícilmente comprensible.
Opuesto
a la razón y a la igualdad entre los hombres que pregonaban ilustrados y
revolucionarios a finales del siglo XVIII, el clérigo y padre del nacionalismo
alemán Johann Gottfried von Herder, envuelto en una nostalgia historicista
paranoide –cualquiera tiempo pasado fue mejor…- otorgó a las naciones un
atributo del que carecen, el Volksgeist, algo muy parecido al alma, el espíritu
o el carácter, cuando a nuestro entender y hasta la fecha ha sido la oligarquía
dominante en cada periodo la que ha impuesto su forma de pensar y vivir al
resto conformando una serie de mitos, costumbres, leyendas y pasiones que poco
tienen y han tenido que ver con los problemas reales de las gentes que
habitaban un territorio y hablaban una misma lengua. Es maravilloso emocionarse
ante un poema de Verdaguer, Maragall, Espriu o Martí i Pol, estupendo sentirse
parte de una colectividad determinada ante un castellet o al vislumbrar
Montserrat, pero los problemas del pueblo catalán son el paro, el
empobrecimiento, la privatización de los servicios públicos esenciales, la
represión y la corrupción generalizada, y cifrar su solución en un cambio de
marco político que apenas supondría nada porque el poder seguiría en las mismas
manos, un síntoma de mesianismo y de inmadurez: Si se hace un cambio debe ser
para mejor, y quienes hasta ahora han gobernado Catalunya han demostrado
–incluyo a casi todos- tanto su incapacidad como una desaforado amor a la
tierra cifrado en su interés personal. Ya hemos citado otras veces el célebre
aserto del Dr. Johnson: “El patriotismo es el último refugio de los canallas”.
Después
de casi treinta y cinco años de gobiernos nacionalistas –lo han sido todos, por
supuesto los del tripartito también, es una sinfonía monocorde que no admite
disensos- podemos afirmar que Catalunya es más española que nunca, entendiendo
lo de español tal como lo ha entendido siempre la derecha cazurra y brutal que
heredamos del franquismo. Veamos.
Mientras
algunos nos escandalizábamos y protestamos dónde y cuándo podíamos, todo lo que
podíamos, contra el modelo Alcira que preconizaba el PP como alternativa
lucrativa a la Sanidad Pública, en Catalunya hacía años que estaban llevando a
cabo un silencioso plan para privatizar hospitales y externalizar servicios
sanitarios, hecho propiciado por la familia Pujol y su pupilo Artur Mas cuyo
Conselleiro de Sanidad hasta hace bien poco era Boi Ruiz, destacado dirigente
de la Unió Catalana d’Hospitals, uno de los mayores conglomerados sanitarios
privados del Estado. Sin hacer demasiado ruido y con la complicidad de una
ciudadanía conformista, el nacionalismo católico catalán ha logrado en ese
tiempo que más de la mitad de los niños catalanes estudien en colegios privados
concertados pertenecientes a órdenes religiosas, renovando y fortaleciendo de
ese modo el poder y la presencia de la iglesia católica en todos los ámbitos de
la vida catalana. Aunque parezca increíble, el turismo de sol y playa –de
escasísimo valor añadido- sigue siendo parte fundamental de la economía de
aquellas tierras, lo mismo que el conocido fenómeno del ladrillazo que, al
igual que en el resto de las comunidades con vistas al Mediterráneo, ha traído
la destrucción irreparable de buena parte del litoral. Desde el caso Banca
Catalana, en el que aparecía como figura estelar Jordi Pujol, la corrupción,
también como en el resto del Estado, se ha convertido en un sarcoma que corroe
las entrañas de las instituciones públicas. Pallerols, Alavedra, Casinos, los
hijos de Pujols llevando dinero de un lado para otro, el Sr. Millet y su
Palacio de la Música, cuya cristalera reprodujo en su lujosa mansión uno de los
implicados, en fin, un desmadre sin paliativos que ha logrado crear una red
clientelar tan opaca como poderosa ya que en ella además de empresas de ámbito
estatal, aparecen también el Barça –algo más que un club-, La Caixa, la otrora
franquista familia Carceller, dueña de cervezas Damm, Aguas de Barcelona, Gas
Natural y la madre que los parió, viviendo como sanguijuelas de un pueblo que
se desangra y languidece en espera del día prometido.
Por
si fuera poco todo esto, el nacionalismo catalán creó una policía de nuevo cuño
que podría haber sido ejemplar si se la hubiese preparado democráticamente para
servir al pueblo, pero que al no hacerse así es hoy, como en el resto del
Estado, un instrumento de fuerza al servicio de los poderosos, capaz de
reprimir con violencia extrema cualquier protesta por legítima que ésta
sea.
Con
esos mimbres, pocos cestos se pueden hacer, pero cada uno es libre de pensar y
hacer lo que le dejen pensar y hacer. Hoy –es la opinión de un
antinacionalista, de un internacionalista antifascista- goza de muchas menos
libertades un ciudadano de Jaén o Ciudad Real que uno de Girona capital, uno de
Hospitalet que un habitante de Sarriá. El problema que nos acucia a todos es
global, se llama explotación, acumulación de riquezas en pocas manos,
destrucción de derechos cívicos, corrupción, oligocracia, nepotismo,
empobrecimiento general, pero podemos seguir jugando a las banderas y a los
paraísos perdidos: No volverán, porque no existieron. Les dejo esta maravillosa
canción de Lluis Llach, a quien seguí durante muchísimos años más allá de mis
posibilidades, como algo muy mío.
Fuente:
http://www.nuevatribuna.es/
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