Más de 3.000 hectáreas de la Serra do Eixo fueron devoradas por el negocio de la losa en medio siglo
Rio Casaio en Carballeda de
Valdeorras / NACHO GÓMEZ
El frenesí
minero al que se ha subido la Xunta y que ha activado todas las alarmas, no es
nuevo. En Valdeorras llevan medio siglo horadando montañas a las que solo se va
a propósito. Más de 30 kilómetros cuadrados de la Serra do Eixo languidecen
convertidos en descomunales escombreras de 400 metros altura. Las explotaciones
que exprimen las entrañas de los montes para extraer pizarra ocupan una
superficie en la que cabría tres veces la ciudad de Vigo. Y la agresión al medio
ambiente es tan mayúscula que incluso han desaparecido cauces de ríos. El agua
se ha esfumado en tres kilómetros del Valborrás, en dos del San Xil y en medio
más del Casaio. No queda ni gota en varios tramos de estos ríos que hace medio
siglo surcaban valles salpicados de robles hasta desembocar en el Sil, 19
kilómetros abajo.
El daño es
irrecuperable. La vida animal ha desaparecido y los cauces han sido desviados y
entubados en conducciones de hormigón y hierro oxidado que serpentean las
montañas de escombros. El agua discurre por suelos artificiales tan corroídos
que en algún tramo se aprecian los forjados de hierro empleados en la
construcción de los tubos artificiales. Un agua de todo menos incolora. Las
empresas utilizan los ríos como desagües a los que vierten residuos que los
tiñen de gris, azul o naranja. Incluso algunas rocas han mudado su color hasta
tal punto que aparentan haber sido rociadas con azufre.
Embalse a 400 metros de la
desembocaura del Sil / NACHO GÓMEZ
Los últimos
dos kilómetros del río San Xil han sido desviados a través de conductos
oxidados. El cauce natural está ocupado por una enorme mina a cielo abierto que
ha devorado la mitad del monte y el agua discurre entubada artificialmente por
un lateral de la explotación. La naturaleza se empeña en seguir su curso y en
varias zonas de la excavación se aprecian grandes surgencias y filtraciones. El
San Xil reaparece de la nada en los últimos metros del primitivo cauce. Justo
al lado, la transmutada confluencia del Valborrás y el San Xil destapa una
aleación de aguas grises y ferruginosas que discurren por el Casaio hasta un
embalse a 400 metros de la desembocadura en el Sil, donde el agua estancada
muda a tonos verdes y azules eléctricos.
Pero el
destrozo no parece suficiente y los empresarios reclaman más. Hace un año
planteaban al presidente de la Confederación Hidrográfica del Miño-Sil,
Francisco Marín, “desviar más cauces para acoger escombros”. Y según un
portavoz, Marín “se mostró receptivo” a la idea. La patronal de los pizarreros
gallegos ha declinado realizar declaraciones y derivan cualquier consulta a la
confederación, que matiza que “habrá que estudiar caso por caso, valorando la
afección medioambiental”. Fuentes del sector aseguran desconocer la existencia
de tramos secos y defienden los desvíos porque “cumplen la normativa exigida
para depositar escombros junto a las zonas de extracción”. La opacidad que
rodea los vertidos es casi tan oscura como la pizarra. Resulta imposible
acceder a información actualizada, pero un documento interno de la
Confederación del Norte detallaba hace tres lustros cómo 28 pizarreras vertían
sin control 450.000 metros cúbicos al año de residuos industriales al Casaio
solo en el municipio de Carballeda.
Canalización río Casaio / NACHO
GÓMEZ
Las canteras
lo avasallan todo. Una pared de escombros de 300 metros de altura amenaza con
engullir la capilla de San Cosme. Los restos que las excavadoras vierten sin
control ladera abajo están a solo 15 metros de la puerta del templo y el 10 de
septiembre los vecinos de la aldea de Casoio celebrarán una romería a la que ya
no va casi nadie. “Antes iba gente de varios pueblos y todos comíamos junto al
río. Ahora somos cuatro gatos porque no queremos tragar polvo toda la tarde”
afirma una vecina en la puerta del bar. Los que la rodean asienten con la
cabeza. En la zona, otras dos capillas con actividad sobreviven en medio de los
cascotes.
Tras cinco
décadas, todos han aprendido a vivir rodeados de camiones, vertederos, aguas
contaminadas y un molesto polvo gris que lo cubre todo. Un polvo que impregna
casas, árboles, vías y huertas. Cualquier cosa situada al aire libre no
superaría la prueba del algodón. Todos miden sus palabras al milímetro cuando
se les pregunta por el destrozo. “Si vais buscando el río, poco vais a ver
porque ya no queda nada. Hay que trabajar en algo” exclama una vecina. “Comencé
a trabajar en los setenta en las pizarreras y recuerdo bien las bandadas de
pájaros. Ahora no se ven” asiente su marido. La mayoría aquí tienen relación
con la pizarra.
A Casaio de
Suso, una aldea sin cartel enclavada en una escarpada ladera junto una cantera,
se llega a duras penas por una pista a medio asfaltar. Se intuye vida humana
gracias a la ropa tendida y tapada por un plástico en el patio de una casa. Al
pararse no se oye nada propio de un pueblo de montaña. No hay pájaros, animales
domésticos, chicharras o insecto alguno. Solo se escucha el rugir de máquinas
picando piedra. Por los 18 kilómetros de carretera que recorren el valle hasta
esta aldea únicamente circulan camiones con grandes bloques, todoterrenos con
logotipos de empresa, autobuses y furgonetas cargados de empleados y algún que
otro turismo de alta gama con los cristales tintados. Por aquí ni patrulla la
Guardia Civil.
Los
intereses cruzados torpedean casi cualquier actuación a favor del medio
ambiente debido al impacto económico generado por las canteras. En 2002, la
Xunta inició la tramitación del Plan de Ordenación de Recursos Naturales de
Pena Trevinca. Once años después no ha sido aprobado y en esta longeva travesía
administrativa, la empresa Pizarras San Gil llegó a presentar un recurso
contencioso-administrativo (desestimado por el TSXG) en el que acusaba a este
plan de ser "un claro ejemplo de visión estrecha y fanática por la
conservación a toda costa".
Valdeorras
produce actualmente la mitad de la pizarra que consume el planeta. Las
canteras, ubicadas en su mayoría en suelo rústico de protección forestal, solo
aprovechan un 4% del material que extraen y cada año acumulan millones de
toneladas de residuos. La Sociedade Galega de Historia Natural (SGHN) denuncia
que 12 hectáreas protegidas por un LIC (lugar de importancia comunitaria) y una
ZEPA (zona de especial protección de aves) han sido destruidas. Esta asociación
ha reclamado en varias ocasiones ante la Consellería de Medio Ambiente que
"cese la destrucción y se reponga la legalidad". Nunca ha obtenido
respuesta. La última demanda fue presentada hace nueve meses y la
administración tampoco contestó. Ahora apuntan hacia la UE. La SGHN reclamó la
semana pasada al comisario europeo de Medio Ambiente, Janez Potocnik, que
sancione al Gobierno gallego por el incumplimiento de cuatro directivas que
regulan la conservación de hábitats, aves, agua y acceso público a la
información medioambiental. Las minas saltan incluso límites. En Castilla y
León otros 15 kilómetros cuadrados han sido convertidos en escombreras que
siguen casi al milímetro la raya imaginaria que separa ambas comunidades.
La Ley del Suelo de 2002 colocó a
estas canteras al margen de la legalidad, así que a partir de 2007 se llevó a
cabo un proceso de legalización masiva mediante la Ley de Ordenación de la
Minería impulsada por el bipartito. En 2008, el entonces líder de la oposición,
Alberto Núñez Feijóo, propuso "legalizar de golpe todas las pizarreras
para generar confianza en el sector". Posteriormente, sucesivas
resoluciones de la Xunta y el Ayuntamiento de Carballeda regularizaron 60
explotaciones en este municipio gobernado por el PP. Y eso a pesar de que la
mayoría incumplen el pacto ambiental que obliga a restituir los terrenos
invadidos y que resulta muy beneficioso para las empresas, ya que el 80% de la
actuación se paga con fondos públicos.
Fuente: www.elpais.com



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