La UE no está concebida para que uno lidere
y los demás le sigan, pero se están imponiendo estereotipos nacionales contra
los que hay que luchar y seguir trabajando por un continente fuerte y
competitivo
EDUARDO
ESTRADA
¿Cuál es la
situación actual en Europa? Han pasado tres años desde que se iniciase el
primer programa de ayudas a Grecia y cerca de tres meses desde que se aprobase
el de Chipre. Y el panorama es heterogéneo. Por un lado, el positivo, los
países en crisis de la eurozona muestran signos alentadores. Se están llevando
a cabo reformas en los mercados laborales y en los regímenes de seguridad
social, así como modernizando las Administraciones y los sistemas jurídicos y
fiscales, lo cual ya está dando resultado: la competitividad está aumentando,
los desequilibrios económicos se están reduciendo y se está recuperando la
confianza de los inversores.
Las mejoras
institucionales realizadas en Europa han incrementado nuestra probabilidad de
economizar considerablemente en el futuro. Ahora disponemos de normativas más
vinculantes, frenos a la deuda nacional y un potente mecanismo de resolución de
crisis que permite ganar tiempo para hacer reformas. Lo siguiente será crear
una unión bancaria que reduzca aún más los riesgos tanto para el sector
financiero como para los contribuyentes. El objetivo de nuestra regulación del
mercado financiero es que la responsabilidad por las pérdidas recaiga en
aquellos que previamente han tomado las arriesgadas decisiones de inversión. De
este modo, oportunidad y riesgo volverán a ir de la mano.
Sin embargo,
hay otro lado, el lado negativo: una gran incertidumbre entre nuestra población,
una juventud que en algunas regiones de Europa ve actualmente pocas
oportunidades y personas que pierden su trabajo porque la economía de su país
se encuentra en época de transición. Todo ello, acompañado de un debate sobre
la crisis a menudo caracterizado, lamentablemente, por las recriminaciones
recíprocas y la arrogancia mutua y en el que los estereotipos y prejuicios
nacionales que se creían superados hace tiempo vuelven a mostrar su peor cara.
A esto se
suman las contradicciones a la hora de valorar la política real: por ejemplo,
desde el exterior se solicita a Alemania que relaje su política de austeridad
supuestamente draconiana; no obstante, en la propia Alemania se acusa al
Gobierno de no ahorrar o de ahorrar demasiado poco. La verdad se encuentra en
el centro por una buena razón: nos afianzamos de forma adecuada, nos ganamos la
confianza y con ello preparamos el terreno para un crecimiento sostenido en
Alemania y en Europa.
Las
reformas que se están acometiendo no surten efecto de la noche a la mañana
La idea de
que alguien debe (o puede) liderar en Europa es errónea. Y la reticencia
alemana no tiene solo que ver con la culpabilidad histórica que arrastra su
pueblo. Se debe a que la extraordinaria entidad política llamada Europa no está
concebida para que uno lidere y los demás le sigan. Europa significa la
coexistencia en igualdad de derechos de sus Estados. Pero, al mismo tiempo,
Alemania siente que tiene una responsabilidad especial con respecto al camino
tomado de mutuo acuerdo para resolver la crisis de la zona euro. Asumimos esta
responsabilidad de liderazgo con la colaboración, especialmente, de nuestros
amigos franceses. Al igual que el resto de grandes y pequeños países de la
eurozona, somos conscientes de lo importante que es una estrecha colaboración
para resolver la crisis.
Desde el
comienzo de esta, los europeos hemos trazado juntos un camino que no solo tiene
como objetivo la consolidación fiscal tardía, sino, ante todo, la superación de
los desequilibrios económicos mediante el fortalecimiento de la competitividad
de todos los países miembros de la eurozona. Es por ello que los programas de
ajuste para los países afectados prevén reformas estructurales básicas cuyo
único objetivo es volver a la senda del crecimiento sostenido y, con ello,
alcanzar un bienestar duradero para todos. Unas finanzas públicas sólidas
fomentan la confianza, por lo que son algo totalmente necesario, aunque por sí
solo insuficiente para lograr un crecimiento sostenido. A esto deben añadirse
la reforma y modernización de nuestros mercados laborales y regímenes de
seguridad social, así como de las Administraciones y los sistemas jurídicos y
fiscales, con el fin de que Europa vuelva a ser una región altamente
competitiva que crezca de forma equilibrada. Se trata de crear unas condiciones
laborales y de vida para los ciudadanos europeos que no estén basadas en una
burbuja de crecimiento artificial, como ha sucedido otras veces en el pasado,
sino en un crecimiento sostenido.
Ahora bien,
estas reformas no surten efecto de la noche a la mañana. Nadie lo sabe mejor
que los alemanes. Ha sido necesario un tiempo doloroso para que Alemania pasase
de ser el hombre enfermo que era hace 10 años al actual motor de
crecimiento y anclaje de estabilidad de Europa. Nosotros mismos tuvimos una
altísima tasa de desempleo durante mucho tiempo después de iniciar las por
aquel entonces urgentes y necesarias reformas. Pero sin estas no puede haber
crecimiento sostenido. Los programas de recuperación económica basados en la
creación de nueva deuda pública solo aumentan la carga para nuestros hijos y
nietos sin producir un efecto a largo plazo.
Para crear
nuevos puestos de trabajo en Europa hacen falta empresas que ofrezcan productos
innovadores, atractivos y, por ende, demandados por los mercados. Y las
empresas europeas únicamente podrán ofrecer estos productos si el Estado les
proporciona el marco necesario para tener éxito en un mundo cada vez más
globalizado. Esto no solo es aplicable a las empresas alemanas, sino también a
las francesas, británicas, polacas, italianas, españolas, portuguesas o
griegas.
Por tanto,
es absurdo pensar que los alemanes quieren desempeñar un papel especial en
Europa. No, no queremos una Europa alemana. No exigimos a los demás que
vivan como nosotros. Este reproche no tiene sentido, como tampoco lo tienen los
estereotipos nacionales subyacentes. Los alemanes, ¿capitalistas tristes de
ética protestante? En Alemania, las regiones económicas con éxito son
católicas. Los italianos, ¿sólo dolce far niente? No solo las regiones
industriales del norte de Italia se sentirían ofendidas. Todo el norte de
Europa, ¿centrado en el mercado? Los Estados de bienestar del norte,
caracterizados por la solidaridad y la redistribución, no encajan en esta
caricatura. Los adeptos a los estereotipos deberían prestar atención a las
encuestas según las cuales una clara mayoría de ciudadanos, no solo del norte,
sino también del sur de Europa, abogan por reformas y por la reducción de la
deuda y del gasto público para superar la crisis.
¿Una Europa
alemana? Ni los propios alemanes tolerarían algo semejante. Los alemanes
más bien queremos ponernos al servicio de la recuperación económica de la
Comunidad Europea, sin que eso signifique debilitarnos nosotros mismos, pues
eso no beneficiaría a nadie en Europa. Queremos una Europa fuerte y
competitiva, una Europa en la que desarrollemos nuestra actividad económica de
forma razonable y en la que no acumulemos más deuda. Se trata de establecer
unas condiciones adecuadas para poder desarrollar nuestra actividad económica
en el marco de la competencia mundial y hacer frente a la evolución demográfica
que desafía a toda Europa. No son ideas alemanas, sino políticas
necesarias para asegurar nuestro futuro. Existe consenso europeo en cuanto a
las políticas de reforma y la consolidación para aumentar el crecimiento,
porque estas se basan en decisiones unánimes de los Estados miembros.
La confianza
de los inversores, las empresas y los consumidores, y con ello el crecimiento
sostenido, solo pueden lograrse mediante una sólida política presupuestaria y
unas buenas condiciones económicas. Todos los estudios internacionales así lo
confirman, de igual modo que el BCE, la Comisión Europea, la OCDE y el FMI,
encabezados, dicho sea de paso, por un italiano, un portugués, un mexicano y
una francesa respectivamente.
Y los
Gobiernos europeos también actúan siguiendo estas líneas. El modo en que los
países europeos con problemas están reformando sus mercados laborales y
regímenes de seguridad social, modernizando sus Administraciones y sistemas
jurídicos y fiscales, y consolidando sus presupuestos merece nuestro máximo
reconocimiento y todo nuestro respeto. Nuestra recompensa será convertirnos en
una Europa fuerte y competitiva.
Wolfgang
Schäuble es ministro
de Finanzas de Alemania.
Fuente: www.elpais.com

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