Artículos de Opinión | José Haro Hernández | 13-05-2013 |
En
la inteligente e hilarante película de la Monty Python La vida de Brian,
unos activistas del llamado Frente Popular de Judea se tropiezan con otros
tantos del Frente Popular del Pueblo Judaico cuando ambos grupos pretendían
secuestrar, desconociendo mutuamente sus comunes intenciones, a la mujer de
Pilatos. Se enzarzan entonces en una discusión sobre a quién se le ocurrió
primero la idea del secuestro, así como en una serie de reproches sobre la
originalidad de las propuestas
programáticas de cada cual, olvidándose por
completo no sólo de sus amplias coincidencias, sino de quién es su enemigo
común: los romanos. Viene esto a cuento del artículo que publicara en estas
páginas el coordinador de opinión de este periódico titulado Que viene la
izquierda, cuyo desarrollo argumental no comparto en su totalidad, pero sí
la idea de fondo que transmite: el sectarismo como un mal extendido en la
izquierda que ha dificultado históricamente el triunfo de ésta. Sectarismo que,
a mi entender, bebe en tres fuentes. En primer lugar, en la del dogmatismo.
Efectivamente, ha formado parte de las señas de identidad de algunas
organizaciones de izquierda considerarse depositarias de las esencias
ideológicas trasmitidas por los padres teóricos y fundadores, de manera que
toda aquella persona u organización que pretendiera honestamente abrazar la
causa de la emancipación de los oprimidos ya sabía a qué puerta llamar, la
única que permitía el acceso a la verdad revelada. En este sentido, tales
organizaciones han funcionado como iglesias, con papas, obispos y sacerdotes,
todo ello con la finalidad de preservar el dogma de cualquier contaminación
extraña, de manera que otros colectivos emancipatorios quedaban relegados a la
condición de herejes situados fuera de las fronteras propias, las cuales
servían como muros de contención que preservaban la pureza interna frente a
injerencias indeseadas.
El
oportunismo acomodaticio viene siendo la segunda de las lacras. En este caso,
los aparatos de las organizaciones han generado intereses concretos vinculados
a inercias y servidumbres institucionales y orgánicas, sustentadas en intereses
materiales cortoplacistas, que han desarrollado una ideología posibilista
justificatoria de un statu quo que garantiza la preservación y reproducción de
dichos aparatos. Esta posición impide a la izquierda configurarse como
alternativa a este estado de cosas y la convierte en soporte, en última
instancia de carácter decisivo, del sistema capitalista. En este contexto, lo
que entendemos como apego al sillón y fidelidad servil a la cúpula (entre otras
cosas porque no se tiene otra forma de vida) se disfraza de pragmatismo útil,
cuyo recorrido el paso del tiempo revela como demasiado corto y estéril.
Finalmente,
no podemos obviar la cuestión del personalismo. En la izquierda esto ha pesado
más que en la derecha, donde los intereses que se defienden cohesionan al
personal, prietas las filas, en torno al líder. En el mundo progresista se
tiende a que el número de generales supere al de tropas. Cada líder más o menos
carismático ha contribuido a montar su propio chiringuito, cuyas diferencias
con el de los otros líderes, programáticamente hablando, son mínimas. No se
confrontan, pues, proyectos difererentes, sobre todo a corto plazo, sino
simplemente egos, que atomizan, fracturan y dividen. Obviamente, hay una
conexión entre los tres aspectos reseñados, de manera que su coexistencia, en
distintas proporciones, en colectivos y personas de la izquierda, está detrás
de ese sectarismo paralizante que impide el avance de aquélla. Pero con todo,
soy optimista. Estoy convencido de que esas puertas abiertas que Ángel Montiel
cita en su artículo van a ser en realidad giratorias, de modo que partidos,
movimientos y plataformas van a terminar encontrándose en un programa realista
pero radicalmente transformador, como exigen estos tiempos, y en un modelo de
organización asambleario que recoja la pluralidad de la izquierda. La tarea que
ésta tiene por delante (nada menos que sustituir el actual régimen político en
tanto que corrupto, oligárquico y sometido al exterior) así lo exige. Millones
de damnificados por las actuales políticas empiezan a reclamar un tiempo nuevo.
Y éste vendrá con la izquierda.

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