Publicado: 2012/09/09 de QK

[…] Odio a este puto país porque al cruzar los Pirineos la
caspa deja de ser un problema de higiene y se convierte en un signo de
identidad nacional. Odio a este puto país porque sus pueblos aún
martirizan a los animales,
alegando que taladrar la piel de un toro con un estoque o lanzar a una
cabra desde un campanario es arte y no tortura. Odio a este puto país
porque presume de unos
huevos de oro, pese a su
cobardía con las incontables víctimas de la rebelión de los generales en
1936. España es un gran cementerio bajo la luna, una
gigantesca fosa clandestina
donde aún se amontonan los restos de maestros, poetas, obreros,
campesinos, socialistas, anarquistas y comunistas, asesinados por luchar
contra terratenientes, señoritos, banqueros, curas y militares. Nada
augura que esos restos hallarán una digna sepultura o que el
espeluznante mausoleo de Cuelgamuros será dinamitado, corriendo la misma
suerte que los edificios y monumentos de la Alemania nazi y la Italia
fascista. Odio a este puto país porque es un Reino y no una República,
con
un idiota coronado que extermina elefantes, confraterniza con dictadores,
colecciona Ferraris
en mitad de una pavorosa crisis económica y rivaliza con su tatarabuela
Isabel II en promiscuidad, molicie, avaricia, oportunismo, populismo,
estulticia y arribismo.

[…] He nacido en este puto país, pero
no me emocionan las victorias de Fernando Alonso o Rafa Nadal, dos millonarios sin complejos que juegan con Hacienda al escondite inglés. Rafa Nadal es tan buen chico que recuerda a
Doris Day:
sonriente, educado, bobo, soso, lelo, acartonado, previsible. Si
hubiera trabajado en el Hollywood de los años 40, habría sido un
aburrido galán de serie B, incapaz de propinar un puñetazo creíble o de
recitar su diálogo, sin transmitir la sensación de ser el protagonista
de una función escolar, con el talento interpretativo de un chimpancé.
Fernando Alonso no parece un buen chico. Fernando Alonso tiene
aires de rufián
acostumbrado a matar las horas con un palillo de dientes en la boca y
una copa de anís en la mano. No hace falta mucha imaginación para
asignarle el papel de villano en una película de cine mudo o de hampón
en un entremés escenificado en una corrala atestada de busconas y
galeotes. Si se dejara crecer el bigote y una coleta, sería un aceptable
Fu Manchú, tejiendo planes maléficos para alimentar su megalomanía
hiperbólica.

[…] Odio a este puto país porque algunos de
sus grandes escritores han muerto en el exilio, la cárcel o asesinados por españolistas furibundos. Las imágenes de un
Antonio Machado enfermo y prematuramente envejecido agonizando en una modesta pensión de Colliure o de
Miguel Hernández
entregado a la Guardia Civil por la policía del infame Salazar siempre
nos recordarán la esencia de un país que ha maltratado a sus poetas y
nunca ha tolerado a sus disidentes. Ser heterodoxo en España significa
vivir con un pie en la horca. El asesinato de
García Lorca
refleja ese odio atávico que siempre ha caracterizado a un país áspero y
huraño. La brutal paliza que tres falangistas le propinaron al cantante
de copla
Miguel de Molina por ser homosexual y
republicano aún inspira a los matones que apalean a inmigrantes, “rojos y
maricones”, abusando de sus músculos de gimnasio y del calor de la
manada, que les garantiza un victoria fácil sobre un rival indefenso y
con miedo a recurrir a una policía aficionada a los mamporros y a la
presunción de veracidad, una pirueta jurídica que atribuye a los agentes una infalibilidad sobrenatural.

[…] Odio a este puto país porque ha asimilado el dogma de la no violencia, olvidando que
las grandes transformaciones sociales siempre se han producido con estallidos revolucionarios.
Conviene recordar que la heroica defensa de Madrid durante 1936, la
revolución de Asturias en 1934 o la Semana Trágica de Barcelona en 1909
no se hicieron con manifestaciones pacíficas, sino con dinamita, fusiles
y cócteles Molotov. Odio a este puto país porque llama terroristas a
los autores de los atentados contra Melitón Manzanas y Carrero Blanco.
Melitón Manzanas era un brutal torturador que había perfeccionado sus técnicas de interrogatorio con la Gestapo durante la ocupación de Francia.
Carrero Blanco era el gorila del régimen franquista, la quintaesencia de una dictadura responsable de un genocidio. Sólo en la postguerra
se fusiló a 192.000 personas en los diferentes campos de concentración levantados para descabezar cualquier forma de resistencia u oposición.

Odio a este puto país porque ya no lee a sus clásicos.
Luis Cernuda describió el alma española como “
una meseta ardiente y andrajosa” que adquirió “
una gloria monstruosa” sometiendo a otros pueblos con su “
sinrazón congénita”.
Valle-Inclán escribió que “
en España el trabajo y la inteligencia siempre han sido menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero”. Por eso, hay que eviscerar a los patronos y exhibir sus entrañas negras. “
Todos los días una patrono muerto, a veces dos… –apunta Max Estrella en
Luces de bohemia (1924)–.
Eso consuela”. Y añade algo más adelante, comentando la infame
ley de fugas aplicada a los anarquistas: “
La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza”.

[…] Valle-Inclán soñó con una
guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. Su afilado cartabón sería la espada de Teseo decapitando a explotadores, represores, escritorzuelos y usureros.
No puede existir misericordia para los que conspiran contra la sanidad, la escuela y el pan de las familias.
Si ese sueño se realiza, si las calles se llenan de banderas rojas y
tricolores y se hace justicia con los verdugos de la clase trabajadora,
ser español ya no estará asociado a las procesiones de Semana Santa y a
la cabra de la Legión, sino a una
insurrección que hizo rodar cabezas,
sin avergonzarse de imitar el color de la aurora, convirtiendo las
calles en ríos de sangre y el hotel Ritz en el cuartel general de las
milicias revolucionarias.
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