Artículos de Opinión | Juan Torres López | 12-05-2013 |
Hace
ahora justamente 70 años un economista polaco muy importante, Michal Kalecki,
publicó un artículo (Aspectos políticos del pleno empleo) que me parece que
tiene una gran actualidad en nuestro tiempo y particularmente en un primero de
mayo como este.
Kalecki
partía de reconocer cuando lo escribía que una mayoría considerable de los
economistas opinaba que, aun en un sistema capitalista, el pleno empleo puede
alcanzarse mediante un programa de gastos del gobierno, siempre que haya un
plan suficiente para emplear toda la fuerza de trabajo existente y siempre que
puedan obtenerse dotaciones adecuadas de las materias primas extranjeras
necesarias a cambio de exportaciones.
Se
aceptaba, decía el economista polaco, que si el gobierno realiza inversión
pública (por ejemplo, si construye escuelas, hospitales y carreteras) o
subsidia el consumo masivo y si además este gasto se financia con préstamos y
no con impuestos, la demanda efectiva de bienes y servicios puede aumentarse
hasta un punto en que se logre el pleno empleo.
A
la objeción (que todavía se sigue planteando) de que eso podría crear
inflación, Kalecki respondía con total seguridad: la demanda efectiva creada
por el gobierno actúa como cualquier otro aumento de la demanda, por tanto, si
hay oferta abundante de mano de obra, planta y materias primas, el aumento de
la demanda se satisface con otro de la producción. Lo que significa que si la intervención
gubernamental trata de lograr el pleno empleo pero no llega a aumentar la
demanda efectiva más allá del nivel del pleno empleo, no hay por qué temer a la
inflación.
A
continuación, Kalecki señalaba que, a pesar de que esa tesis estaba bastante clara,
tenía oponentes, entre los cuales mencionaba a “expertos económicos
estrechamente conectados con la banca y la industria”, lo que le llevaba a
pensar que, a pesar de que los argumentos utilizados son económicos, “hay un
fondo político en la oposición a la doctrina del pleno empleo”.
Así,
recordaba en el artículo que “las grandes empresas se opusieron
sistemáticamente en la gran depresión de los años treinta a los experimentos
tendentes a aumentar el empleo mediante el gasto gubernamental en todos los países,
a excepción de la Alemania Nazi”. Igual que lo que ocurre en estos momentos en
Europa.
Kalecki
se preguntaba, tal y como deberíamos hacer ahora, por qué había esa oposición a
las políticas que podían aumentar el empleo, sobre todo, teniendo en cuenta que
“el aumento del producto y el empleo no beneficia sólo a los trabajadores, sino
también a los empresarios, porque sus ganancias aumentan”.
Si
los empresarios, decía Kalecki, suspiran por las ganancias que lleva consigo el
auge, ”¿por qué no aceptan gustosos el auge “artificial” que el gobierno puede
ofrecerles?”. O, como diríamos ahora: ¿por qué defienden las empresas políticas
de austeridad que recortan el empleo y sus beneficios, puesto que con ellas venden
menos?
Kalecki
dio tres posibles respuestas a esa pregunta capital.
La
primera tiene que ver con el hecho de que en un sistema de no intervención del
gobierno el nivel del empleo depende de la confianza de los capitalistas: si
ésta se deteriora, cae la inversión privada, lo que se traduce en una baja de
la producción y el empleo. Por tanto, decía Kalecki, sin intervención, los
capitalistas disponen de un poderoso control indirecto sobre la política
gubernamental: como todo lo que pueda incomodarles y deteriorar “su” confianza
debe evitarse para que no se provoquen crisis, resulta que los gobiernos deben
someterse constantemente a sus preferencias y dictados.
Sin
embargo, dice Kalecki, “en cuanto el gobierno aprenda el truco de aumentar el
empleo mediante sus propias compras, este poderoso instrumento de control
perderá su eficacia”.
Concluye
el economista polaco con una idea que es perfectamente aplicable a lo que viene
sucediendo en la actualidad: quienes defienden los intereses de las empresas y
se oponen a la intervención gubernamental deberán considerar como “peligrosos”
los déficit presupuestarios, pues estos son su instrumento principal para
llevarla a cabo. La función social de la doctrina de las “finanzas saneadas”
(de la estabilidad presupuestaria o de la austeridad, diríamos ahora) no es
otra, decía, que hacer que la confianza empresarial prevalezca como
determinante del nivel del empleo y de la bonanza económica.
Una
segunda resistencia de los capitalistas a la política gubernamental que crea
empleo proviene de que, cuando se lleva a cabo, se sienten doblemente
amenazados. Si se articula invirtiendo en productos que podría producir la
empresa privada creerán que el gobierno actúa como un competidor indeseable que
le roba negocio y beneficios, y se opondrán a ella. Y si la intervención se
realiza subsidiando compras se producirá una paradoja. En principio les vendría
muy bien a los capitalistas, porque así venderían lo que de otra forma se
quedaría sin vender. Pero se negarán a ello porque con dichos subsidios, dice
Kalecki, se pone en cuestión algo de la mayor importancia: “los principios
fundamentales de la ética capitalista requieren la máxima del ganarás el pan
con el sudor de tu frente, es decir, siempre que tengas medios privados”.
Pero
no paran aquí las cosas. Incluso si los capitalistas superasen estas dos
reacciones adversas, se enfrentarán a la política que puede conseguir el pleno
empleo por otra razón fundamental.
Si
el pleno empleo se alcanza, dice de nuevo Kalecki, el paro dejaría de ser un
medio de disciplinar a los trabajadores y de limitar su capacidad
reivindicativa: “La posición social del jefe se minaría y la seguridad en sí
misma y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentaría. Las huelgas
por aumentos de salarios y mejores condiciones de trabajo crearían tensión
política”.
A
partir de ahí el economista polaco desarrolla una idea fundamental, y que me
parece que tiene una vigencia plena en nuestros días: “Es cierto -escribía- que
las ganancias serían mayores bajo un régimen de pleno empleo (…). Pero los
dirigentes empresariales aprecian más la “disciplina en las fábricas” y la
“estabilidad política” que los beneficios. Su instinto de clase les dice que el
pleno empleo duradero es poco conveniente desde su punto de vista y que el
desempleo forma parte integral del sistema capitalista normal“.
Tras
una serie de reflexiones sobre los efectos cíclicos de estas reacciones ante la
política de creación de empleo Kalecki plantea otro asunto fundamental y que
también me parece de actualidad hoy día: una de las funciones importantes del
fascismo, tipificado por el sistema nazi, fue la eliminación de las objeciones
capitalistas al pleno empleo, porque en esos regímenes totalitarios la
maquinaria estatal se encuentra “bajo el control directo de una combinación de
las grandes empresas y los arribistas fascistas”. Entonces, la objeción al
gasto gubernamental en inversión pública o en consumo se supera concentrando el
gasto gubernamental en armamentos y la “disciplina en las fábricas” y la “estabilidad
política” bajo el pleno empleo se mantienen por el “nuevo orden” que va desde
la supresión de los sindicatos hasta el campo de concentración.
Por
eso, aunque Kalecki creía que es “sumamente improbable” que el capitalismo se
ajuste al pleno empleo como norma, me parece que de su análisis se puede
concluir que la lucha por el empleo pleno es fundamental, porque solo con él se
podrán empoderar lo suficiente los trabajadores y trabajadoras y también porque
es, al mismo tiempo, “una forma de prevención del retorno del fascismo”, en
palabras del economista polaco.
No
debemos olvidar, pues, lo importante que es avanzar en ese combate por el
empleo, conquistar uno a uno si hace falta cada puesto de trabajo y forzar
políticas orientadas a la plena ocupación en lugar de a imponer disciplina. Eso
sí, teniendo en cuenta que el aumento del empleo no puede darse a costa de un
crecimiento insostenible de la actividad, social y medioambientalmente
hablando, y que no se puede tener en cuenta solo el trabajo remunerado que se
traduce en empleos convencionales sino también el que no se remunera porque se
desenvuelve fuera de la órbita de los mercados. Un avance que solo se podrá
llevar a cabo si los trabajadores y trabajadoras se convierten en protagonistas
y dueños exclusivos de su propio destino como asalariados o asalariadas y como
ciudadanos o ciudadanas.

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