miércoles, 15 de mayo de 2013

GANARSE A LA BASE, GANARSE A LAS MASAS (y II)



Un aniversario realista del 15M
Por Manuel Navarrete - Canarias-semanal.org
Coincidiendo con el segundo aniversario del 15M nuestro colaborador Manuel Navarrete realiza un lúcido balance de lo que ha significado este movimiento, haciendo hincapié en lo que hoy se podría hacer para organizar - con una perspectiva recolucionaria - la justa indignación popular. ¿"Da la impresión - afirma Navarrete - de que el 15 M, que sirvió para poner debates sobre la mesa, ha agotado su ciclo. Lo que no quiere decir que no haya que seguir participando en las asambleas barriales y populares que se han generado, aunque pronto será será demasiado tarde para aprovechar la oportunidad de convertir estos espacios en algo realmente peligroso para la oligaquía. Pero, ¿cómo hacerlo?". Para facilitar su lectura hemos dividido el trabajo en dos partes, la segunda de las cuales le ofrecemos a continuación (...).


       Una de las primeras cosas que debemos comprender es que si te pliegas al atraso ideológico general, no eres vanguardia; pero  que si te encierras en una habitación por pureza, tampoco. Sólo quien está entre la gente puede ser vanguardia de la gente. Y para conectar con la gente, en la etapa actual hace falta, como hemos dicho, un programa de mínimos. Un programa que conecte con las necesidades reales e inmediatas del pueblo, sin abstracciones. Un programa que no sea el programa completo comunista (el socialismo). Sino constituido por puntos que, como los propuestos por Sarasa, ofrezcan alternativas al sufrimiento real y concreto de la población, como escalón para conectar con la misma y, en un trabajo político progresivo, ir generando fuerza revolucionaria.
        En este programa de mínimos anti-crisis, anti-deuda no debe, como hemos adelantado, reflejarse el programa completo comunista (aunque sí se debe introducir una semilla que permita más adelante hacerlo germinar). Una vez más, hay que distinguir las organizaciones de cuadros y las organizaciones de masas. Quiero que mi organización de cuadros defienda a Cuba y Venezuela, aparte de a las FARC, los naxalitas y otros grupos que no pueden decirse; que denuncie las maniobras imperialistas en Libia y Siria, defienda el derecho de autodeterminación y luche consecuentemente contra el patriarcado, por poner más ejemplos.
         Pero no es táctico llevar a los barrios y las asambleas populares todos los puntos del programa de mi organización de cuadros. Es más, precisamente porque queremos que esos puntos sean asumidos por el movimiento de masas algún día, no debemos llevarlos desde el primer día. Así no es posible ganarse a la gente, sino sólo espantarla. Debemos llevar aquellos puntos que, tácticamente, teniendo en cuenta cuál es la contradicción principal hoy en día, enlacen con las necesidades más acuciantes en este contexto de crisis económica, enfrentando la política de recortes causada por la necesidad de pagar la deuda externa.
      Esos puntos son inasumibles para el oportunismo, centrado en "echar al PP" o "reformar la ley electoral", encerrado dentro de los límites de la protesta inconsecuente, pues el oportunismo está firmemente comprometido con el proyecto imperialista de la UE y la tan criticada política del PP, o la del PSOE en el anterior gobierno, no es más que una imposición europea. Por tanto, si el movimiento popular hace suyos estos puntos, el oportunismo se verá desenmascarado y desbancado. Eso abrirá la posibilidad de que las posiciones consecuentes (es decir, las comunistas, pues, pese a quien pese, los comunistas han protagonizado todas las revoluciones sociales importantes desde 1789 hasta hoy) se verán reforzadas y tomarán el control del movimiento popular. Y entonces será el momento de ampliar ese programa y hablar de Cuba, de la autodeterminación, del patriarcado. En una palabra: del socialismo.
       Necesitamos, pues, partir de una lógica de lo concreto (a la vez que, desde la estructura de cuadros, se continúan trabajando también los contenidos propios del plano superior). Incluso cuando se vayan introduciendo, habrá que saber cómo hacerlo, tener pedagogía. Por ejemplificar, un programa de mínimos, en sus desarrollos progresivos, no hablará del objetivo estratégico que es el "fin del patriarcado", sino de medidas de conciliación de la maternidad y la vida laboral. No hablará de algo tan genérico como el "rechazo de la especulación inmobiliaria", sino que propondría la prohibición de los desahucios y expropiación de las viviendas vacías. Y así sucesivamente.
Ganarse el derecho a ser escuchados
      Pero ni siquiera contar con un programa adecuado es suficiente. Lo primero para que la gente te escuche es ganarte su respeto. Y eso no se hace publicando artículos por internet, ni sacando documentos perfectos. Ni siquiera organizando debates o repartiendo panfletos. Quienes lo centran todo en organizar el mejor cortejo de manifestaciones a las que sólo va la vanguardia no se han enterado de nada.
        Con quien hay que trabajar es con el pueblo. Al pueblo jamás se lo desprecia; si no ha reaccionado de manera más contundente, la culpa es exclusivamente nuestra. Y no somos propietarios de su atención por definición. Para ganarnos su respeto, para ganarnos el derecho a ser escuchados, debemos ayudar al pueblo. Organizar comedores populares, clases particulares gratuitas. Recolectar ropa usada para quien la necesite. Arreglarle un enchufue a quien lo necesite. Solucionar sus problemas reales, ligando esto a un discurso político que vaya más allá del mero "asistencialismo".
        Porque, ante todo, insistamos en algo: el futuro referente político debe desarrollarse con la gente, con el pueblo, con los que todavía no están organizados. No entre organizaciones, sectas y sopas de siglas (aunque, por supuesto, las organizaciones de cuadros son necesarias y, es más, sin ellas no hay movimiento popular serio). No es el momento de crear otro chiringuito pilotado por ninguna organización en particular, como el FOPS o los CUO que propone el PCPE.
   No hace falta un "frente obrero por el socialismo". Primero porque el frente popular del que hablamos no debe estar exclusivamente constituido por la clase obrera en su sentido tradicional, sino que deben sumarse al mismo todos los sectores populares (profesionales, funcionarios, parados, estudiantes, jubilados, autónomos) afectados por la política de recortes al servicio de la oligarquía financiera europea. Y segundo porque no es todavía el momento de crear un frente para luchar por el socialismo, sino un referente político anti-crisis o (valga la redundancia) anti-deuda; un programa de mínimos, democrático.
       Y es que ser revolucionario no implica estar contra las reformas. Implica concebir, como diría Luxemburgo contra Bernstein, las reformas como medios, nunca como fines. Que rechacemos el reformismo no significa que debamos prescindir de toda táctica y de toda inteligencia política, negándonos a hablar en otros términos que no sean "socialismo, socialismo, socialismo". ¿Y nuestra táctica de masas? Algún día tiene que comprenderse: nuestro estrategia es subir la escalera, pero nuestra táctica es subir el siguiente escalón.
Oportunismo y sectarismo
         Hay que huir del oportunismo, tan habitual en los partidos trotskistas, disueltos en las "mareas ciudadanas" y que, con su discurso exclusivamente centrado en "echar al gobierno" (como la "Corriente Roja" actual, posterior al robo de su sigla), acaban por hacerle el juego a la Cumbre Social orquestada por el PSOE y, por lo tanto, al bipartidismo, reforzando los intereses de la clase dominante. Cayendo asimismo en el pacifismo contrarrevolucionario; mitificando el sindicalismo pese a sus límites evidentes. Despreciando el papel de las capas no ligadas al sector industrial, pese a ser minoritario en nuestro marco de actuación real y pese a que, a lo largo de la historia, todas las revoluciones socialistas las haya protagonizado el campesinado alzado en armas (incluso la rusa, habida cuenta de que el campesinado constituía el 80% del Ejército Rojo).
     Las recientes declaraciones de Miguel Urbán, líder de Izquierda Anticapitalista, lo dicen todo: "queremos unificar el sentimiento de que es necesario echar a esta gente. Se les puede echar desde el parlamento, con las armas o con los votos. Como con uno no podemos y con las armas no queremos, habrá que echarlos con los votos". Entre lo que Izquierda Anticapitalista "no puede" hacer y lo que "no quiere" hacer, parece quedar sólo una sola opción para ellos: volver a entrar en IU, mediante la creación de una candidatura unitaria con IU para las próximas elecciones, de la que habla Urbán en dichas declaraciones. Los hijos pródigos vuelven, y para semejante viaje no hacían falta tantas alforjas. Pues, si algo aprendimos en estos años es que el pequeño no puede "fusionarse" al grande, sino, en todo caso, dejarse absorber por él.
   No tiene empacho este oportunismo, incluida IU, en dejarse seducir por el discurso socialdemócrata neokeynesiano. Nosotros, desde luego flexibles en el plano de construcción entre las masas, creemos que dicha flexibilidad tiene límites. Un límite evidente sería el principio del internacionalismo proletario. Y, dado que los socialdemócratas plantean financiar su proyecto reformista a través del cobro de impuestos a las superganancias que las multinacionales, así como las redes bancarias, obtienen mediante la sobreexplotación de las mayorías sociales y los trabajadores del Tercer Mundo, sería una incoherencia apoyarlos, incluso aunque se hiciera como "mal menor".
       Pero hay que huir también del sectarismo, propio de otro tipo de sectas dogmáticas, cuya actitud ante el surgimiento de las movilizaciones populares del 15 M, o de las convocatorias históricas para rodear el parlamento burgués, fue recurrir al purismo facilón o incluso a la conspiranoia. Limitándose en buena medida al estudio y el trabajo "de monasterio", cuando sólo en estrecha relación con los movimientos reales de la clase y el pueblo se puede teorizar correctamente, pues la teoría es práctica concentrada. Haciendo desfiles teatreros que se convierten en un cachondeo generalizado y, precisamente, impiden la acumulación de fuerzas necesaria para que algún día puedan crearse milicias que desfilen de verdad. Ya no es el fantasma del comunismo lo que recorre Europa, sino que un grupo de fantasmas lo que recorre el movimiento comunista. Insistiendo en el folklore soviético, como si Stalin y sus citas pudieran venir aquí a hacernos la revolución.
      La precipitada salida de la UJC-M y de los CJC de Castilla La Mancha del PCPE son sólo síntomas de esto. Pero si estos "destacamentos" salen del PCPE pero siguen presos de la misma lógica, no habremos avanzado nada.
Dualidad organizativa
 Como dice Vicente Sarasa en el artículo reseñado, "la fórmula que en el marco de Red Roja estamos sintetizando para afrontar dicha contradictoria tarea estratégica es la dualidad organizativa, que distingue el plano de "acumulación de comunistas" del de la "acumulación entre la gente". La consideramos la base para inmunizamos contra la tendencia a rebajar nuestros planteamientos de principio generales, a largo plazo, en aras de acumular "más gente" aquí y ahora. A la vez, nos permite afrontar sin complejos y de forma flexible la tarea de encontrar en el marco concreto en que nos situamos las fórmulas políticas y organizativas que hagan avanzar lo máximo posible un movimiento político-práctico real de las masas que vaya en contra objetivamente de los intereses del enemigo de clase, del sistema capitalista, por tanto, que trabaje por la revolución. Y ello, a pesar de las "defectuosas" proclamas y límites de todo tipo que pueda portar ese movimiento práctico".
       Máximo rigor en el interior, máxima flexibilidad en el exterior. Pero sin reforzar jamás las estrategias del bipartidismo (como la Cumbre Social orquestada por el PSOE y sus sindicatos verticales) o la explotación de los hermanos proletarios de otras naciones empobrecidas (como sucede con el proyecto del "Estado del Bienestar"). Más detalladamente: un programa de máximos socialista para la organización comunista (cosa de la que carece el PCE), combinado con un programa de mínimos democráticos para los frentes de masas (cosa de la que carecen tanto el oportunismo como el sectarismo de la izquierda extraparlamentaria).
     Pero nos referimos a un programa de mínimos que sea coherente con el programa de máximos y que, al exigir medidas imposibles de satisfacer por el sistema (e imposibles de aceptar por el PSOE e incluso por IU, dados sus compromisos políticos e intereses creados), facilite la acumulación de fuerzas, desenmascarando simultáneamente a los oportunistas que hasta ahora han venido actuando como diques de contención. Sólo esa fórmula nos parece capaz de generar fuerza popular.
     Vayamos concluyendo, no sin antes recordar que, evidentemente, hay algo más, aparte del programa unitario, que se echa en falta en los movimientos populares actualmente existentes: la estructura organizativa adecuada para hacer cumplir cualquier eventual programa que se consensúe (e incluso para poder consensuarlo). Porque no será con el mantra del "horizontalismo", sin adecuados mecanismos de delegación, rendición de cuentas, centralización, voto ponderado y representación democrática, como se haga avanzar el proceso. Y porque, en ausencia de una dirección elegida y respaldada democráticamente, se impone "la ley del que tiene más tiempo libre", que no suele ser precisamente el trabajador...
      La táctica trazada, desde luego, no parece fácil de generalizar. Son demasiados años haciendo lo contrario. Pero si, como decimos siempre, la izquierda está mal, ya es hora de que salgamos de la rueda de ratón y hagamos algo por cambiarla realmente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario